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domingo, enero 24, 2021

Amparo Grisales en vestido de baño | Entretenimiento

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Considerada como una de las mujeres más bellas del país, esa etiqueta sigue colgando del cuello de Amparo Grisales sin fecha de caducidad. Musa de directores, escritores y artistas, defiende un concepto de belleza evolutivo que no se fundamenta en los años ni en los rasgos de la persona, sino en la experiencia de vida para verla desde otra perspectiva.


¿Quién es capaz, al entrar en una habitación, de parar el tiempo? ¿De aceptar papeles retadores siendo muy joven y protagonizar escenas polémicas que pasaron a la historia de la televisión colombiana? ¿De ser un símbolo nacional de belleza atemporal? ¿De formar parte una y otra vez de la lista de las mujeres más sensuales? Únicamente ella. Solo cuando se quita las gafas de sol y saluda con su voz ronca, la actriz le da permiso al reloj para volver a andar. Tiene una naturalidad sin filtros, a medio camino entre una Venus de Botticelli y una diva del neorrealismo italiano. “La sensualidad se respira en el aire, donde los cuerpos hablan sin palabras. Por eso, lo que te hace sexi al llegar a la madurez son las experiencias por las que has pasado. Lo demás es irrelevante. Las imperfecciones no deben asustarnos”, asegura.
Es la diva de la televisión, de las telenovelas, de las películas y ahora la jurado que todo el mundo quiere ver en el reality de más audiencia: Yo me llamo. “Quiero experimentar y estoy lista para encarar el reto actoral que se me presente”, asegura. Amparo Grisales no es de esas mujeres a las que se les imponga un epíteto estético en función de su fecha de nacimiento. Es cierto que su genética es agradecida, pero realmente lo más importante es su forma de entender qué es bello y qué no y cuán efímero es ese concepto desde el prisma clásico. “Creo que la belleza biológica evoluciona con los años y nos da la posibilidad de mirar la vida desde otra perspectiva”, comenta.  Por eso hoy, aunque es fácil de averiguar, este artículo no va a señalar cuántos años cumplió. Porque un ejemplo de belleza evolutiva como ella no parte de su certificado de nacimiento, sino de su estilo de vida y su concepto de bienestar.


¿Cómo te sorprendió el confinamiento?
Pues la verdad nos estábamos preparando todos para ir al Festival de Cine de Cartagena, fue justo esa semana, y se canceló todo. El caso es que no entré en pánico, pero sí me parecía que la pandemia ya era una cosa a nivel global y junto a mis cuatro hermanas nos fuimos para El Peñón, a la casa de Patricia. Lo primero que eché en el carro fue el gimnasio, muchos libros y música y me quedé cuatro meses allá con mis hermanas; nos fue superbién, gracias a Dios.
¿Qué tal es volver a vivir esa cotidianidad en familia?
Fue un tiempo muy espiritual, divino y el momento para que cada una se reencontrara con su yo interior, porque desde pequeñas no convivíamos de esta forma. Nos hizo mucha falta mi mamá, la pensábamos todos los días, pero la tuvimos siempre con nosotros, la sentíamos, su presencia nos acompañaba. Ella adoraba esa casa, es más, en un momento mi hermana quería venderla y mi mamá no la dejó, le dijo que ese iba a ser el sitio de reencuentro de nosotras; ella disfrutaba mucho de esta lugar y de su naturaleza.
La sentiste cerquita. Seguro su energía estaba con ustedes, sus cuatro hijas reunidas, y en un lugar que ella adoraba…
Lo veo así porque su energía estaba muy presente… Mi mamá también llegaba a visitarnos de muchas formas. La historia es que ella tenía una planta que adoraba y había un colibrí que siempre llegaba a esas flores y mi mamá decía que el colibrí traía los mensajes de las personas que no estaban físicamente; yo cada vez más me siento más conectada con el cosmos, sentía con mucha fuerza esa energía de mi madre.

¿Qué fue lo que más disfrutaste es estos meses?
En lo personal, tuve una compenetración muy fuerte con el entorno, a tal grado que las libélulas venían a acompañarme, y es en serio… Cuando ponía la música para hacer ejercicio, llegaban a danzar sobre mí… Un día estaba meditando y una de ellas se posó en mis labios… Yo me pegué un susto espantoso, pero claro, sentí que me besó… fue una cosa increíble. Yo no entreno con música electrónica ni con reguetón; yo hago ejercicio con música del cosmos, unos sonidos maravillosos que me conectan con la naturaleza y terminé volviéndome cada vez más amante de la música. Disfruté la música de artistas como Amethystium, Chris Spheeris, Craig Armstrong, Michael Hoppé, Sarah McLachlan y Stephan Micus, entre otros. La verdad es que mis hermanas no me creían el cuento de las libélulas hasta que se los comprobé y les mostré cómo llegaban a danzar sobre la piscina y me acompañaban mientras entrenaba. Entendí que todos somos Uno con la Madre Tierra.
También tuviste un trabajo de introspección… ¿Qué descubriste en todo ese proceso?
El ejercicio tanto físico, como mental y espiritual tiene que ser de disciplina, de voluntad y realmente de entrega. No es que un día medite y vuelva a hacerlo en un año. El cuerpo, la mente y el espíritu se tienen que ejercitar a diario; esa conexión tiene que ser 24/7. Tienes que observarte desde afuera y es importante hacerlo con la palabra y el pensamiento… Esa introspección mía viene de tiempo atrás, solo que las cosas exteriores del mundo a veces te distraen y a veces te desconectas de tu yo interior y de tu yo superior, que es la Divinidad. Con este confinamiento y con la cantidad de tiempo que tenía pude observarme más desde afuera y darle mucho conocimiento a la mente. Cuando aprendes a conocer tu cuerpo tanto física como espiritualmente, logras la conexión con el cordón dorado.
 





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