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domingo, septiembre 20, 2020

Así funciona la maquinaria de la pesca ilegal en Malpelo

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Cada año en el mundo pescan en promedio 100 millones de tiburones. Los sobreexplotan por sus aletas, apetecidas en Asia. Un kilo puede costar $1000 dólares. Aquello ha atraído a pescadores ilegales a un santuario del Valle: Malpelo. Por ello, desde 2018, un catamarán que nació de la idea de una buzo caleña y financiado por un conservacionista africano, recorre la isla las 24 horas para proteger su riqueza. Crónica de quijotes en el mar.

Esta es la historia de un barco. Un catamarán, modelo 91, de propulsión a vela, para ser exactos. Así ahorra combustible. También cuenta con dos motores de 80 caballos de fuerza en caso de que deba hacer recorridos más rápidos.

Esta es la historia de un barco. Un catamarán, modelo 91, de propulsión a vela, para ser exactos. Así ahorra combustible. También cuenta con dos motores de 80 caballos de fuerza en caso de que deba hacer recorridos más rápidos.

Durante la mayor parte del año permanece en un único punto del globo terráqueo: la isla de Malpelo, a 270 millas náuticas de Buenaventura, en el Pacífico. La tripulación vive dentro del catamarán, que cuenta con cuatro habitaciones con baño, páneles solares, comunicaciones satelitales, las máximas comodidades. No hay otra alternativa. No hay playa dónde bajarse. Malpelo es una gran roca de origen volcánico formada hace 20 millones de años. Alrededor solo hay mar.

El barco, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia, se llama ‘Silky’. Traduce ‘sedoso’. Es una de las tantas especies de tiburones que permanecen en Malpelo. Una de las tantas apetecidas por los pescadores ilegales. El ‘Silky’ hace rondas diarias para avistar a esos pescadores y alertar a la Armada.


Somos como vigías – dice con acento caribe Argemiro Barbosa Luna, el capitán de esta embarcación que surgió tras una de esas ideas locas que a veces se hacen realidad. La idea fue de la instructora de buceo caleña Érika López.

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Se llama ‘aleteo’. Es una modalidad de pesca que consiste en capturar a los tiburones, cortarles las aletas, y lanzarlos de nuevo al océano.


Es como si te tiraran al mar sin piernas y sin brazos. Terminas ahogado. Para respirar, los tiburones necesitan nadar – dice el biólogo Diego Cardeñosa, director de la fundación Colombia Azul, un bogotano que no tiene idea de por qué, desde niño, y en una ciudad tan lejos del mar como la capital, se sintió atraído por los tiburones. Su mamá todavía guarda los dibujos de estos peces cartilaginosos que Diego hacía cuando tenía 4 ó 5 años.

El ‘aleteo’, continúa, era una práctica común en las décadas de los 80 y 90 y, pese a las regulaciones, aún se mantiene. Si los pescadores lanzan el tiburón vivo al océano después de cortarle las aletas es para maximizar el espacio. Lo que ocupa un tiburón lo utilizan para transportar cientos de aletas, tan solicitadas en el mercado asiático, sobre todo en Hong Kong y China.

Dependiendo de la especie, un kilo de aleta de tiburón puede costar 1000 dólares. Un plato de sopa de aleta, 200 dólares. El aspecto es similar a una sopa de fideos, solo que lo que parecen fideos son las fibras del cartílago del esqueleto de la aleta. En la sopa, es decir, la aleta se desmenuza; casi desaparece.

El plato es tan apetecible en Asia por estatus social. Quien pide una sopa de aleta de tiburón es considerado distinguido. No es como se cree en este lado del mundo: que la consumen por ser afrodisiaca o porque cura enfermedades como el cáncer. Lo uno y lo otro es falso.


A finales de los 90 comenzó a disminuir a nivel mundial el ‘aleteo’ porque varios países – entre ellos Colombia – elaboraron leyes contra esta práctica. Ahora los pescadores tienen que llegar al puerto con el tiburón completo. Sin embargo, el ‘aleteo’ todavía existe, sobre todo en la pesca ilegal. Y, pese a las leyes, la mortalidad de tiburones por pesca no disminuyó. Por el contrario, como debían traer el tiburón entero, los pescadores comenzaron a vender la carne, que suplió la demanda mundial de proteína barata – continúa el biólogo Diego Cardeñosa.

Los modelos estadísticos optimistas indican que al año se pescan unos 63 millones de tiburones. Otros modelos calculan que la pesca ascendería a 263 millones. El consenso es que, en promedio, se capturan 100 millones de tiburones anuales, una cifra tan alta como la fortuna que mueve: un billón de dólares cada 365 días.

Aquello ya está teniendo consecuencias. Un estudio publicado por la revista Nature reveló un sorprendente declive en el número de tiburones de arrecife, “con estos depredadores funcionalmente extintos en casi el 20% de los sitios analizados”.


El problema es la sobre explotación en la pesca de tiburones. No se trata de dejar de pescar, porque de esto dependen muchas comunidades. El 50 o el 60% de la población depende del mar como fuente de proteína. Pero el mundo ideal sería uno donde la pesca se haga de manera responsable, donde se respetara las áreas protegidas en las que los peces se reproducen, así como las cuotas de pesca. Sin embargo, estamos lejos de lograrlo – asegura Diego.

Una de las áreas protegidas donde más pescan a los tiburones de manera ilegal está relativamente cerca de Cali: Malpelo. Se estima que unos 5.000 tiburones son capturados allí cada año. Por eso, zarpó el ‘Silky’.

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En 1995 Malpelo fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). Allí, se calcula, cada año capturan unos 5.000 tiburones.
Foto: Tomás Kotouc.

En teoría, nadie debería pescar en Malpelo. En 1995 fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). En 2006 la Unesco declaró a la isla Patrimonio Natural de la Humanidad. La zona es tan inhóspita para el ser humano, que es el refugio perfecto para los animales. No solo en el agua.

El profesor Mateo López, director del Programa de Biología de la Universidad Javeriana de Cali, y quien en los últimos 17 años se ha dedicado a estudiar a Malpelo, explica que la biodiversidad terrestre de la isla, si bien no es tan rica como la de una selva húmeda en el Chocó, tiene una buena cantidad de especies endémicas, es decir que no existen en ninguna otra parte del mundo.


Hemos encontrado tres especies de lagartos, una de cangrejo, dos de caracoles terrestres, dos grillos, un cucarrón y una cochinilla, que no existen en ningún otro lugar. Además Malpelo es el hogar donde anidan seis especies de aves marinas, y ello constituye la colonia de anidación de aves marinas más grande de Colombia. También es el hogar de muchas especies de líquenes, algunos de los cuales no hemos encontrado en territorio continental colombiano, y al menos unos 80 invertebrados que seguimos estudiando. El mar circundante, y el balance entre los organismos que los tiburones ayudan a mantener, son cruciales para esta flora y fauna terrestre de Malpelo. Un desbalance pondría en peligro la subsistencia de este santuario. De ahí que la pesca ilegal sea una amenaza – dice el profesor López.

Sin embargo, hasta Malpelo llegan buques para pescar a gran escala. Parte del problema es que la isla es tan remota – desde Buenaventura se puede tardar hasta 60 horas – que para hacer rentable tal travesía la pesca debe ser en cantidades generosas, y ojalá de aletas de tiburón.


El precio de las aletas es tan alto que justifica – financieramente- el viaje, además porque es pesca robada, por la que no se está pagando ningún impuesto – agrega el profesor López.

En los monitoreos de los mercados de aletas de tiburón que ha realizado el biólogo Diego Cardeñosa, se encontró que el tiburón martillo, junto al tiburón sedoso, dos de las especies más frecuentes en Malpelo, son también la segunda y la cuarta especie más común en las tiendas de aletas de Hong Kong. Algo similar ocurre en China.

***

Érika López se escucha preocupada. Dice que su perra tiene una enfermedad producto de la picadura de una garrapata. La entrevista debe hacerse otro día. Ese otro día me dirá que es animalista, una “enamorada y una enferma por los animales”, lo que significa sufrir todo el tiempo. Érika siempre detendrá su carro si ve un perro herido. Jamás se le ocurriría aplastar una cucaracha.

Junto a su hermano – el profesor Mateo López – sintieron desde niños una fascinación extraña por el mar. Vivían en Cali, estudiaban en el colegio Alemán, el océano era una cosa distante, hasta que lo entendieron hace unos años.


Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia y su proyecto ‘Silky’.
Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia y su proyecto ‘Silky’.

Su abuela paterna, María Luisa, es de la provincia de Tierra del Fuego, en Chile. E investigando el pasado familiar, sus ancestros resultaron ser piratas de la Patagonia. Fue cuando Érika y Mateo entendieron el origen de aquella fascinación por el mar que les parecía tan absurda pero inevitable.

Mateo se hizo biólogo. Erika, aunque es ingeniera agrónoma, estudió buceo comercial en Estados Unidos. Ahora es instructora con licencia para máximas profundidades.

La historia de lo que pasó después es larga, pero el resumen dice que Érika viajó a Panamá, comenzó a trabajar como instructora de buceo en el barco Yemayá, que hacía expediciones para turistas en la isla de Coiba y en Malpelo, y fue cuando descubrió la problemática: los barcos pesqueros que recorrían el santuario mientras ella guiaba a los turistas en sus inmersiones.


En el Yemayá trabajé durante 5 años. Y en medio de ese trabajo comencé a ver de cerca el problema de la pesca ilegal. Como animalista, no tardé en ponerme eufórica con el asunto. Como guía del barco Yemayá, cuando veía pesca ilegal, le ordenaba al capitán perseguir a esos pescadores y los sacábamos, cuando no estaba cerca la Armada. O alertaba sobre su presencia. Era algo muy frecuente. Me ofrecí después como voluntaria en Malpelo. Fui la primera en ser aceptada como voluntaria. Hasta que Parques Nacionales me contrató para hacer control y vigilancia.

Pero en algún momento Érika debía regresar. No es posible una vida perpetua en el mar, sin ver a su familia; sin ver a su hija. Además, se paga mejor en los barcos de turistas que quieren hacer buceo que en Parques Nacionales.

Érika volvió al Yemayá y en una de las nuevas expediciones a Malpelo hablaba sobre el problema de la pesca ilegal. Los pescadores tenían lanchas y barcos rápidos que, si no eran detectados a tiempo, no alcanzaban a ser interceptados por las patrullas de la Armada.


¡Necesitamos un barco permanente en Malpelo, uno de propulsión a vela, para que sea económico, y hacer rondas y ser plataforma y apoyo de Parques Nacionales! – dijo molesta. Era un grito desesperado. Una idea loca, también.

A su lado estaba Jacob Griffiths, un muchacho en bermudas quien practicaba buceo aquel día y que, palabras más, palabras menos, le dijo: “yo te doy el barco”. Érika guardó silencio. Como intentando descifrar si era una broma. Jacob no se reía.

***

Jacob Griffiths nació en la isla Mauricio, océano Índico, al este de Madagascar, en África. A pesar de que es conocida como una isla paradisíaca, sus ecosistemas están muy deteriorados. Aquello, dice Jacob, le ha enseñado a valorar los pocos lugares vírgenes que aún quedan en la Tierra.

En Mauricio, solo el 2% de la cubierta forestal permanece saludable. El 98% ha sido destruido para dar lugar a la agricultura. Bajo el agua, las cosas no están mucho mejor.


Las regulaciones imponen tamaños mínimos para la malla de alambre en las trampas de peces para permitir que los peces jóvenes escapen. Pero, tanto esta como muchas otras normas, no se respeta. El resultado es una laguna que se está vaciando muy rápido. Ser testigo de esta tragedia ha dado forma a mi deseo de proteger las partes del océano que aún están intactas – reitera Jacob.

Por eso, cuando escuchó a Érika hablar sobre lo que está ocurriendo en Malpelo con la pesca ilegal, prestó mucha atención. Era como si estuviera hablando de su propia isla.


Fui a Malpelo por primera vez en 2014 y me impresionó. Los bancos de peces y tiburones fueron las más grandes que he visto, y por un amplio margen. Y eso que he buceado en muchos lugares. Pero Malpelo era otra cosa. Cuando fui en 2014 no había barcos de pesca ilegal y había un barco de la guardia, El Sula, que patrullaba constantemente. Los tribunales en Colombia parecían tomar los delitos de pesca ilegal muy en serio. A menudo confiscaban botes y encarcelaban a sus tripulaciones. Cuando regresé, en 2015, con Érika, la patrulla utilizada por la Armada ya no estaba operativa y los controles eran esporádicos. Como consecuencia, los barcos de pesca ilegal regresaron. Vimos barcos ilegales que pescaban con impunidad casi todos los días. ¡Fue una tragedia!

Después de bucear, Érika y Jacob comenzaron a pensar en el catamarán para hacer monitoreos en Malpelo al que llamarían ‘Silky’, como los tiburones que los acompañaron esa mañana.

Jacob telefoneó a sus padres, apasionados por la conservación (tienen dos fundaciones dedicadas a la protección de los bosques en Mauricio y Madagascar), les contó la idea de contar con una especie de patrulla civil alrededor de Malpelo, un catamarán que funcionara como plataforma desde la cual se pudieran lanzar patrullas livianas para llevar a cabo los monitoreos, y sus padres lo apoyaron. Los Griffiths donaron seis millones de dólares para comprar el barco. Era 2015.

Después de tres años acuerdos legales, encontrando el bote adecuado ( fue adquirido en ST. Agustin, Estados Unidos), y contratando la tripulación, el proyecto comenzó en mayo de 2018.

***


La tripulación de ‘El Silky’:  Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventura, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero.
La tripulación de ‘El Silky’: Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventura, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero.»

Al capitán de el ‘Silky’, Argemiro Barbosa, le pregunto si pasar casi todo el año en medio del mar, viendo todos los días una gran roca, no es aburrido. Él se sonríe. Dice que para quien no esté acostumbrado, la vida en Malpelo efectivamente es dura. En su caso el mar ha sido su ambiente natural desde siempre.

Además en Malpelo todo el tiempo hay trabajo por hacer. Al año, explica, desde el ‘Silky’ avistan entre 80 y 100 embarcaciones de pesca ilegales. La mayoría portan banderas ecuatorianas y costarricenses. Desde el barco, los funcionarios de Parques Nacionales les hacen llamados preventivos para que se retiren. En caso de que no lo hagan, alertan a la Armada, que en 2019 reportó 27 capturas por pesca ilegal, solo en Malpelo. Entre enero y julio de 2020 van nueve.

Aunque hay otros logros de el ‘Silky’ que no son tan fáciles de cuantificar. Como los tiburones que rescatan de las redes y líneas que dejan por ahí los pescadores ilegales. La tripulación del catamarán, una vez rescata a los peces, destruye las trampas.

El trabajo a la larga es ese: cansar a los pescadores al denunciarlos ante las autoridades, o al destruirles las líneas de pesca, lo que de paso les implica pérdidas de dinero considerables. El capitán Argemiro Barbosa Luna lo explica de otra manera, como si se tratara de una advertencia para esos pescadores (y las mafias que hay detrás).


Somos los ojos de Malpelo.




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