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jueves, octubre 29, 2020

‘Difícil encontrar una industria que no utilice la ciencia mercenaria’

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La adicción a los fármacos derivados de los opioides, la obesidad y el cambio climático tienen en común no solo el ser amenazas para la humanidad, sino también que detrás de cada una de ellas hay un contingente de científicos, cuya misión es poner en duda lo que otros científicos han concluido sobre sus causas y consecuencias.

Y no es que en la ciencia no haya lugar a contradicciones, el problema es que hay científicos que venden sus ideas al mejor postor y ayudan a poderosas compañías a hacer mucho dinero. Ese es el fenómeno que explora el epidemiólogo David Michaels en su nuevo libro El triunfo de la duda: dinero sucio y la ciencia del engaño.

En esta entrevista, Michaels revela cómo las industrias del petróleo, los opioides, las bebidas azucaradas, el licor y muchas otras se han apoyado de ‘ciencia mercenaria’ para engañar al público, poniendo en riesgo la salud de millones de personas.

En su libro usted habla de la ‘ciencia mercenaria’, ¿qué es?

Es ciencia producida para satisfacer una necesidad comercial, ganar un caso legal o convencer a una agencia gubernamental de no proteger al público de un producto dañino para la salud. Es ciencia fabricada con base en ideas u objetivos mercenarios, con el propósito de influenciar las políticas públicas generalmente a favor de una mala causa.

¿Qué ejemplos conoce?

La industria del tabaco, por ejemplo, contrató a científicos para refutar las investigaciones de otros científicos, fabricaron estudios y los presentaron en la Corte (de Estados Unidos) con el fin de convencer al gobierno de no tomar medidas para que la gente dejase de fumar.

De manera similar, crearon estudios y pagaron a científicos para que comparecieran ante el tribunal cuando los fumadores que afirmaban que su cáncer de pulmón era causado por el tabaco demandaban a las compañías tabacaleras. Luego, muchos de esos mismos científicos pasaron a trabajar para diferentes empresas, por ejemplo, para empresas químicas.

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Las empresas de metales fabricaban un producto que enfermaba a los trabajadores y al público

Las empresas de metales fabricaban un producto que enfermaba a los trabajadores y al público. Y cuando las agencias, como la agencia gubernamental que solía dirigir la administración de seguridad y salud ocupacional, intentaban proteger a los trabajadores, los fabricantes aparecían con los científicos diciendo: “No, los estudios no son claros”, o “tenemos un estudio que dice lo contrario”. Y eso, por supuesto, hace que sea muy difícil proteger a las personas de esas amenazas.

¿Hay algún perfil psicológico de estos científicos que le venden sus ideas al mejor postor?

Había un famoso escritor estadounidense, Upton Sinclair, de principios del siglo XX, que dijo que es muy difícil convencer a un hombre de un hecho cuando su salario depende de no creer en ese hecho. Creo que eso es lo que ocurre con los que fabrican y recurren a la ciencia mercenaria, desde una perspectiva psicológica.

La gente me pregunta frecuentemente: “¿cómo pueden dormir en las noches los ejecutivos de las compañías que fabrican productos que contienen asbesto?”. Yo pienso que duermen perfectamente bien, porque se han convencido a sí mismos de que sus productos no le hacen daño a la gente. Una vez que te paga una fuente, da forma a tu forma de pensar sobre la ciencia, y esa relación financiera cambia tu trabajo, cambia tu relación con tus estudios y terminas abogando por posiciones.

Acaba de mencionar a la industria del tabaco y el asbesto, ¿qué otros ejemplos puede dar?

Lo más decepcionante para mí cuando estaba investigando para este libro fue descubrir la amplia gama de empresas que hacen esto, incluidas algunas que realmente tienen muy buena reputación. Hay una multinacional que fabrica, entre muchos otros productos, polvos para bebés. Recientemente han anunciado que sacarán el producto del mercado estadounidense y canadiense, pero creo que seguirán vendiéndolo en Latinoamérica.

El producto está hecho con talco y el talco está contaminado con asbestos. Y ha habido varios momentos en los últimos 30 o 40 años en los que el gobierno de los Estados Unidos ha tratado de etiquetar ese producto como que contiene asbesto y, por lo tanto, causa cáncer. Pero ahí estaba esta empresa muy respetada contratando a los mismos expertos que trabajan para el tabaco para convencer al gobierno de que no hiciera eso.

De hecho, en el libro hablo de los memorandos que se encontraron en la firma y la asociación comercial que dicen: “crearemos confusión (…) para asegurarnos de que estos científicos del gobierno no digan que este producto causa cáncer”.

La industria del licor hace lo mismo para minimizar los efectos negativos del alcohol. La industria de químicos también. Esta estrategia es tan popular que es difícil encontrar una industria que no la utilice.

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Los fabricantes de opioides, por ejemplo, promovieron estudios sin ningún valor científico que decían que estos fármacos no eran adictivos. Y cuando científicos gubernamentales hacían estudios demostrando que estos fármacos sí eran muy adictivos, la industria de los opioides contradecía a estos científicos y decía: “No, no. Eso no es cierto”.

Además de Estados Unidos, ¿dónde más ha visto la implementación de estas estrategias?

También he visto esto en Suramérica, en torno al etiquetado nutricional cuando los gobiernos han tratado de imponer requisitos a las empresas que venden productos alimenticios para los niños llenos de azúcar.

Cuando intentaron decirlo, “debes etiquetar esto con su contenido de azúcar”, por ejemplo, las compañías probaron estos mismos argumentos y afirmaron, basados en algo de la misma ciencia, “no, no es necesario que hagamos eso”. Es una estrategia global, y es una estrategia global porque funciona.

¿Y qué pasa con la ciencia engañosa en otras áreas?

La Liga Nacional de Fútbol de EE. UU. y el Fútbol de EE. UU. utilizan la misma estrategia de manera trágica. Hubo informes en la década de 1990 que mostraban que los jugadores de fútbol, después de recibir múltiples golpes en la cabeza, estaban desarrollando una terrible enfermedad neurológica que cambiaba su comportamiento. Y algunos, incluso, murieron muy jóvenes.

Y mientras esto sucedía hubo informes que decían que los golpes en la cabeza estaban causando enfermedades neurológicas, pero la Liga Nacional de Fútbol contrató a un grupo de médicos y científicos que pasaron 10 años pretendiendo hacer estudios y diciendo que no encontraban relación entre el fútbol y la enfermedad neurológica.

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Otra de las industrias que usted ha estudiado es la del petróleo…

La quema de petróleo causa todo tipo de problemas ambientales y de salud pública; el más evidente, por supuesto, es el cambio climático. Pero la industria petrolera le ha pagado a un pequeño grupo de científicos cuestionables para afirmar que hay dudas sobre los modelos que pronostican el cambio climático que ya estamos viviendo.

Como la industria petrolera podía promover a estos supuestos científicos, pagarles a centros de investigación para hacer que su trabajo se viera legítimo y ponerlos en televisión, tuvieron mucho éxito en convencer a una parte de la población estadounidense de que el cambio climático es una farsa. Esto incluye a políticos del partido Republicano que necesitaban creer que el cambio climático es una farsa, pues reciben muchísimo dinero de las empresas petroleras.

Y no se trata solamente del cambio climático, sino de los contaminantes que vemos en Estados Unidos y en toda América Latina que provienen de los autos y de las refinerías petroleras. La industria petrolera ha contratado a las mismas compañías para que inventen estudios afirmando que no hay motivos para reducir las emisiones de estos contaminantes, aunque sabemos que con reducirlas podríamos extender la expectativa de vida de decenas de miles de personas en todo el hemisferio.

Esto viene sucediendo desde hace muchos años ¿Por qué no ha sido contenido? ¿Por qué no se ha logrado parar?

Tenemos un sistema que les da a los científicos mucha credibilidad, y tenemos la idea de que la ciencia nos da respuestas muy claras. Pero cuando se trata de la salud humana, también se trata de enunciados de probabilidad. Nunca estamos absolutamente seguros.
Por supuesto, la regla fundamental en salud pública, y ciertamente en la salud pública liderada por el gobierno, es proteger al público sobre la base de la mejor evidencia disponible. Pero deja a la industria libre para hacer su propia ciencia, para decirle lo que quieren, y debido a que tienen tanto dinero y tanto poder, pueden elevar esta mala ciencia, esta ciencia mercenaria, a niveles iguales de la ciencia real. Por eso, el gobierno nunca ha intervenido para controlarlos.

Vimos lo que sucedía con el tabaco, y luego lo vimos con los cigarrillos electrónicos. Ahora no sabemos qué tienen los cigarrillos electrónicos, cuáles son los efectos a largo plazo de los cigarrillos electrónicos. Ciertamente son mejores que los cigarrillos combustibles -el cigarrillo al que se le prende fuego para ser fumado- pero no tenemos datos en este momento sobre cuáles son los efectos a largo plazo de llevar este vapor a los pulmones y retenerlo. Sin embargo, a la industria se le permite vender este producto sin que entendamos cuáles serán los efectos a largo plazo. Y eso es porque tenemos, de alguna manera, un modelo que es útil en la justicia penal, pero que estamos usando en la salud pública. En justicia penal decimos que la persona acusada es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Entonces, permitimos que eso suceda con exposiciones tóxicas, con químicos, con ciertos productos alimenticios con los que decimos, está bien, póngalos en el mercado. Y luego, solo si demostramos que es peligroso, lo sacamos del mercado. No deberíamos tener esta presunción de inocencia.

¿Qué puede hacer un consumidor para protegerse de estos científicos mercenarios?

Esto es algo que tiene que hacer el gobierno y la sociedad tiene que exigirlo.
Cuando un consumidor compra champú no se puede esperar que revise la lista de químicos que contiene el producto y determine cuáles son peligrosos. Eso le toca al gobierno. Lo que nosotros debemos hacer es exigirle al gobierno que nos proteja, que revise esos químicos y se asegure de que no lleguen al medio ambiente.

También debemos exigir que la ciencia que se usa para determinar si un producto es seguro sea independiente. Los fabricantes de productos no pueden controlar el resultado. No deberían escoger a los científicos. No deberían escoger los métodos, pues eso es lo que nos ha metido en este lío.

MOISÉS NAÍM 
Especial para EL TIEMPO

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