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Edgar Allan Poe, entre la poesía y el terror

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A pesar de haber sido mejor leído como narrador, su prestigio de poeta nunca ha decaído en estos ciento setenta y más años que van transcurridos desde el día de su muerte.

Sus versos, como sus teorías poéticas, influenciaron el simbolismo francés (Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé, Paul Valéry) y anunciaron la modernidad, así la crítica y la farándula hayan dedicado más tiempo y espacio a indagar en su adhesión al alcohol o los incidentes de sus relaciones con su madre, madrastra y esposa, víctimas de la tuberculosis.

Pero, qué duda cabe, es uno de los artífices de la edad democrática, y su poesía, ficciones y conjeturas tendrán lectores y estudiosos mientras el mundo exista.

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Como Darwin o Lincoln, supo equilibrar sus habilidades en el uso de metros y rimas con una deslumbrante imaginación que creó, desde la hipocondría de sus soledades, con la ayuda de la cosmología, criptografía, el ocultismo, satanismo y mesmerismo, que como lenguajes para entender lo inexplicable de la existencia inventaron los románticos, los librepensadores, los subversivos ideológicos de un siglo dominado todavía por las supersticiones y doctrinas perversas de las religiones del cristianismo.

Edgar Allan Poe (1809-1849) fue hijo de una actriz inglesa abandonada por su marido, madre de tres niños, que, al morir a los veinticuatro, fueron repartidos entre varias familias, una de ellas la de John Allan, un rico comerciante de tabaco, lápidas y esclavos de Richmond en la Virginia del profundo sur americano, que recogieron al poeta, quien crecería rodeado de negros, marineros, leyendas ultramarinas y africanas.

Cumplidos los 6 años lo llevaron a un pueblo escocés donde había nacido su padrino, y luego pasó un año en Londres, en un internado donde aprendió francés y latín. De regreso en Richmond, se enamoró furiosamente de una señora que lo doblaba en edad.

Luego y antes de ingresar a la universidad se lió con una joven del vecindario, de quien se alejó para dedicarse al juego y la bebida mientras leía y traducía a los clásicos, intoxicándose además de historia social y natural, matemáticas, astronomía y novela.
Abandonado por su padrastro, e incapaz de sostenerse por sí solo, ingresó al ejército con nombre falso, el mismo año que publicó sus primeros poemas, casi todos escritos antes de los catorce. Su madrastra moriría poco después, pero con la ayuda del viudo ingresó a West Point, donde fue acusado de abandono del servicio y desobediencia, haciéndose expulsar de la academia militar.

Ese mismo mes publicó en Nueva York su tercer libro de poemas, pagado con los dineros que le habían obsequiado sus compañeros de armas, abandonando la escritura de poesía por razones exclusivamente pecuniarias.

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A mediados de 1835 casó con su prima Virginia Clemm, de 13 años. Fue así como llegó al periodismo, acicateado, además, por las penurias de la crisis económica del llamado Pánico de 1837.

Cinco años más tarde, mientras cantaba acompañándose del arpa, de la boca de la adolescente saldrían coágulos de sangre. Durante una docena de años Poe mantuvo su familia escribiendo reseñas, cuentos, ensayos y poemas para una variedad de revistas y anuarios, o trabajando como editor de periódicos.

El cuervo, el más conocido de sus poemas, fue publicado el 29 de enero de 1845. Nueve dólares recibió por ello. Virginia moriría el 30 de enero de 1847, en una casita que está todavía en el Bronx neoyorquino.

Sin poder recuperarse de la pérdida, trató de encontrar alivio en otras mujeres, pero las relaciones fracasaron por causa de su errática conducta, incluso trató de casarse de nuevo con un viejo amor, pero lo cierto es que fue encontrado, el 3 de octubre de 1849, víctima de un delirio alucinante, en una calle de Baltimore, ciudad donde murió en el Washington College Hospital, cinco días más tarde, a las 5:00 de la madrugada.

Nunca se supo cómo había llegado a ese estado ni por qué vestía ropas que no eran las suyas: un raído sombrero de paja, unos pantalones que no eran de su talla, un abrigo viejo, sin chaleco ni corbata y el bastón que había tomado en el consultorio del médico que le había visto en Richmond el 26 de setiembre, cuando sintió que tenía fiebre alta.

El mismo día de su muerte, uno que lo envidiaba, puso una esquela en The New York Tribune anunciando su muerte. Luego, de manera inexplicable, terminó siendo su albacea literario y el autor de la más infamante de las biografías del poeta, donde aparece como el depravado, pervertido y loco que nunca fue.

Parece que, en medio de su angustia, se había prestado, esos dos últimos días, como lacayo para fines electorales, a quienes cambiaban de ropas tantas veces como querían que votara indistintamente y a quienes emborrachaban en una suerte de corralas o alberges antes de cada voto.

Hoy podemos suponer que de no haberse visto obligado a mantener una familia, en medio de los incidentes de su vida y las crisis de su tiempo, Poe se hubiese dedicado, casi que en exclusivo a la poesía. Al menos eso deja entender en el prólogo que puso a la segunda edición de El cuervo, donde dice que “en circunstancias más felices, hubiera sido mi terreno predilecto”.

Sus principales poemas están manchados de un peculiar tono taciturno, una suerte de queja por el amor y la belleza perdidos y por una enfermiza preocupación con
la muerte

Por eso fue en su juventud y cercano a la hora de la muerte cuando escribió sus más notables poemas. Haciendo honor al fervor de su siglo por la ciencia, creyó que la poesía era resultado de un trabajo de joyero, cuando no de relojero. Un acto premeditado.

Sin embargo, y habiendo practicado su doctrina con tanto énfasis como para hacer decir a muchos que sus rimas y metros eran una suerte de tortura china, el tiempo ha depurado las asperezas de su música y va dejando lentamente el amargo sabor de las derrotas que todo artista encuentra en la búsqueda de la belleza. Y acertó al decir que ni la poesía didáctica, ni la alegórica ni la que busca la verdad es el poema.

No obstante, fueron la pasión y la melancolía, que tampoco admitió como gestoras, las musas de sus grandes composiciones, retocadas, eso sí, en la frialdad de los inviernos de su ardiente alma.

Sus principales poemas están manchados de un peculiar tono taciturno, una suerte de queja por el amor y la belleza perdidas y por una enfermiza preocupación con la muerte, en particular de bellas y jóvenes mujeres (To Helen, Annabel Lee, Eulalie, To One in Paradise). Tanto en su poesía, como en su prosa, quien narra o canta habla en primera persona, Poe mismo. Una obra que, como todas las grandes, se nutre de las experiencias del autor.

Todo ello, cruzado por una mueca mordaz, cuando no virulenta, sobre la vida misma. Una poesía “profunda y reverberante como el sueño, misteriosa y perfecta como el cristal”, según Baudelaire.

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Así fue leído y admirado por los poetas malditos y por nuestros hermanos modernistas, para quienes sigue siendo el arquetipo del poeta. Así lo vio Rubén Darío, así el propio Borges, así José Asunción Silva, en cuyo único gran poema retumba el norteamericano.
Así ha sido celebrado por los grandes poetas de nuestro tiempo. Para Borges:

Pompas del mármol, negra anatomía
que ultrajan los gusanos sepulcrales,
del triunfo de la muerte los glaciales
símbolos congregó. No los temía.
Temía la otra sombra, la amorosa,
las comunes venturas de la gente;
no lo cegó el metal resplandeciente,
ni el mármol sepulcral sino la rosa.
Como del otro lado del espejo,
se entregó solitario, a su complejo
destino de inventor de pesadillas.
Quizá, del otro lado de la muerte,
siga erigiendo solitario y fuerte
espléndidas y atroces
maravillas.

HAROLD ALVARADO TENORIO
Para EL TIEMPO

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