Con sus puños, tal y como se ganó el pan diario durante su vida, el pugilista san andresano Nelson Manchego convirtió un edificio abandonado sobre la Avenida Newball, una de las más turísticas de la isla, en el gimnasio donde hoy entrenan 32 niños y jóvenes, promesas del deporte de las narices chatas.
Un edificio de cinco plantas en obra negra, uno de esos elefantes blancos abandonados por el estado después de una inversión millonaria, era el refugio de habitantes de calle, y…