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El niño ambientalista que no juega a ser grande

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El niño ambientalista que no juega a ser grande
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Francisco no es un niño que juega a ser grande.
Es un niño con pensamientos grandes.

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Francisco no es un político. Cómo serlo, si acaba de cumplir 11 años. Pero habla sobre las fallidas políticas ambientales y sociales del país. Con megáfono y sin megáfono.

En las redes sociales, donde abundan sus discursos sobre la urgencia de salvar el planeta, hay muchos que le piden que crezca rápido porque quieren que sea presidente de Colombia. Otros lo critican, lo atacan.

(Lea también: El niño orador que descrestó al Congreso)

Su nombre completo es Francisco Javier Vera Manzanares y el pasado 18 de julio cumplió 11 años. Vive en Villeta (Cundinamarca) con su mamá y su abuela en una casa rodeada de árboles y pajaritos. Tiene un perrito criollo que se llama Pinky y un gato que se llama Foucault, como el célebre filósofo francés. “Mi mamá quiso ponerle Habermas —como el célebre filósofo alemán—, o Pinky Habermas, pero solo reaccionaba cuando lo llamaban así: Pinky”.

El gato negro, Foucault, era de su tía Camila Manzanares, quien se lo llevaba a las marchas contra el toreo y contra la sistemática persecución hacia los líderes sociales y quien lo motivó a convertirse en animalista y en feminista y en defensor de la Tierra y de los derechos humanos desde que tenía cinco años. Una tía que le regaló un gato y que cumple un papel fundamental en su historia. 

(Lea también: El fenómeno Thunberg: el mundo necesita más Gretas)

Hablar sobre los más grandes pensadores de la humanidad es algo cotidiano en su casa. Ha crecido oyendo hablar sobre ellos y leyendo sus biografías y obras y escuchando los discursos de Jorge Eliécer Gaitán en YouTube y viendo las plenarias del Congreso y los debates de la campaña a la Presidencia de la República. Pero también se entretiene con videojuegos. Francisco tiene muchos juguetes, entre esos, un telescopio, un microscopio y una biblioteca tupida de libros.

Por estos días lee: ‘Todos deberíamos ser feministas’, de la nigeriana Chimamanda Ngozi y ‘Pa’ que se acabe la vaina’, del escritor tolimense William Ospina.
“Lo que más ha influido en mi activismo por la defensa de la vida y el medio ambiente es poder vivir en el contexto verde y rural en el que vivo. He crecido en medio de patos, piscos, cabras, cultivos de yuca, plátano y tomate”, dice.

Basta escribir su nombre en Google para hacerse una idea sobre él: ‘Ni comemos dinero ni bebemos petróleo: niño ambientalista’, ‘El niño que enfrentó al Senado por sus daños al medio ambiente’, dicen algunos titulares de prensa de medios colombianos.

Sí le digo al columnista que no use a los niños para deslegitimar una causa que es válida

Aunque también ha salido en medios internacionales como Reuters, RT, Univisión y Al Jazeera. Todos, sorprendidos por la historia de ese niño de 1,30 metros de estatura que se desenvuelve como el más virtuoso de los oradores —con léxico de profesor de biología o de experto ambientalista— aterrado porque el plazo para salvar al planeta en el que vive se está acabando.

“Y tú, ¿qué estabas haciendo a los 10 años?”, preguntó en Twitter la periodista María Camila González al compartir uno de sus videos en el que responde a las críticas que le hicieron en redes por hablar sobre fracking en un noticiero de La W el pasado 13 de julio:

“Dijeron que yo era una persona instrumentalizada, adoctrinada. El llamado es a que no menosprecien ni menoscaben el conocimiento de los jóvenes. Unos tienen habilidades para hacer TikToks, para ser youtubers o para jugar videojuegos. Pero yo tengo la capacidad de ser un niño que le gusta defender esta causa”.

Francisco empezó a volverse famoso el 17 de diciembre del 2019 cuando intervino ante el Congreso de la República. ¿Cómo entró al Congreso y le abrieron los micrófonos?. Ese es uno de los cuestionamientos que hizo, en su columna en este diario, el columnista Adolfo Zableh el 18 de julio. Precisamente, el día en el que Francisco estaba cumpliendo 11 años.

‘Los niños predicadores’ fue un texto dedicado a él y a Greta Thunberg, la adolescente sueca de 17 años que ha movilizado al mundo entero con sus reclamos por el grave estado del planeta y quien intervino, en septiembre del 2019, en la cumbre de la ONU sobre Acción Climática en Nueva York. El personaje del año para muchos diarios y revistas del mundo.

“Hay algo raro, casi antinatural, en esos niños carismáticos y precoces. No digo que no existan genios que demuestren sus capacidades a temprana edad, pero no creo que Thunberg y Francisco Javier sean exactamente lo que vemos”.

Y dijo muchas cosas más que coinciden con la horda de contradictores de un niño de clase media, hijo de una trabajadora social y un abogado y estudiante de quinto grado de primaria en un colegio de monjas de Villeta: que parece estar repitiendo un discurso escrito para él, que parece un vocero de alguien. “Yo quiero un niño normal, uno que haga travesuras y se porte peor que Chucky, el muñeco diabólico, no un mini-Petro”, termina Zableh.

Lo que más ha influido en mi activismo por la defensa de la vida y el medio ambiente es poder vivir en el contexto verde y rural en el que vivo.

Sí, Petro. Habrá que hablar sobre Gustavo Petro.

“Me parece peligrosa tu columna. Bastante se ha mutilado en la historia las habilidades en los niños”, le respondió, en su cuenta de Twitter, Mari Vergara (@Psicomari18). Zableh publicó su texto en una cuenta donde suma cerca de 315 mil seguidores.

Francisco también tiene Twitter. En su cuenta (@franciscoactiv2), donde tiene cerca de 9.000 seguidores, publicó un video en respuesta a Zableh, y de paso, a toda la gente que le sugiere que dedique su tiempo a ver muñequitos en Cartoon Network y no a hablar sobre fracking y otras amenazas ambientales.

“La columna se pregunta por qué Greta y yo hemos tenido un alcance y tanta visibilidad en los medios de comunicación aunque decimos obviedades. Y en esto concuerdo con el columnista: decimos obviedades que al parecer muchas personas no entienden. Por ejemplo: no cuesta tener tanto conocimiento ni un doctorado para entender que no hay planeta b. El columnista se pregunta si queremos dinero, poder o votos. Yo no puedo ejercer un cargo público ni ser candidato porque soy menor de edad. Y yo no cobro por recoger basura ni por hacer plantones. Pero sí le digo al columnista que no use a los niños para deslegitimar una causa que es válida: la defensa de la vida y del medio ambiente”, le respondió en un video que ya suma más de 160 mil visualizaciones.

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Francisco nació en Bogotá pero a los dos años se lo llevaron a vivir a Villeta porque allá les salió trabajo a los papás. A los cuatro años entró a kínder. Pero ya sabía leer porque en la casa le enseñaron y él también aprendió solo porque desde muy pequeño los libros fueron parte de sus juguetes y encontró, en el conocimiento, la mejor diversión. Y desde primero de primaria ha estudiado en el mismo colegio: el Madre del Divino Pastor.

Francisco muestra su cuarto a través de una videollamada: la biblioteca con libros de cuentos y dinosaurios y del astrofísico Stephen Hawking: uno de sus máximos ídolos. Porque, cuando sea grande, Francisco quiere ser astrofísico. Y presidente de Colombia.
“Un día salimos con mi abuela y con seis amigos y marchamos hasta la alcaldía gritando: ‘Justicia climática ya’. En el camino íbamos recogiendo la basura”, recuerda el niño. Para entonces, en marzo del 2019, ya había conformado el movimiento ‘Guardianes por la vida’, que hoy cuenta con varios miles de simpatizantes en Colombia, España, México y Argentina.

(Columna de opinión: Los niños predicadores)

“Si yo pudiera, sería vegano. Pero el pediatra les recomendó a mis papás que me den carne al menos dos veces a la semana porque estoy en crecimiento. Me gustan los fríjoles, las lentejas y la pasta, el plátano y el arroz”.

—¿Y qué es ser vegano?

—No consumir ninguna otra especie, pensándose como otra especie más. Es una postura contraria a esa idea patriarcal que posiciona al hombre por encima de la vida.

—¿Y qué es el patriarcado?

—Es un sistema de ideas que genera muchas expresiones como el machismo, el clasismo y el racismo—, responde con todos los argumentos, pues su mamá siempre le ha dicho que si quiere ser activista debe estar siempre muy bien informado. Una mamá que milita en el feminismo.



Francisco preside la fundación Guardianes por la vida, que ya tiene miles de simpatizantes en varios países.

Foto:

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Ana María Manzanares es trabajadora social. Nació en Facatativá (Cundinamarca). Trabaja en la Secretaría de Desarrollo Social de Villeta y allí vive muy feliz porque odia ese caos que es Bogotá, donde vive y trabaja su marido abogado.

Son un par de padres estudiosos que prometieron amar y educar sin violencia a su único hijo. Nunca, asegura, le han puesto una mano encima. Lo corrigen desde el respeto.

Francisco ha crecido rodeado de adultos. Es hijo único y nieto único. Ana María cuenta que siempre le ha permitido tomar decisiones, por supuesto, bajo su orientación. El niño maneja sus redes sociales pero ella las monitorea, sobre todo, desde el día que empezó a volverse famoso. Orgullosa de su hijo, ha sufrido mucho por todo lo que le dicen. Que se burlen de las gafas que debe usar porque desde chiquito ha padecido males de los ojos como ambliopía, astigmatismo y miopía. “Una vez le escribieron que mejor no siguiera hablando sobre esos temas porque podía aparecer con las botas al revés”.

En enero lo llevaron a Mundo Aventura y mucha gente lo paraba y le pedía fotos. “Uno no alcanza a dimensionar que el hijo de uno haga parte de la conversación nacional y que lo juzguen tan duramente. Le pregunto: Francisco: ¿te sientes mal? Y él responde: no, no me siento mal. Si uno se mete a defender la vida sabe a qué se expone”.

Pero lo que más la indigna es que muchas personas crean que está siendo manipulado por alguna corriente política, como si el pensamiento fuera un derecho prohibido para los niños.

Dijeron que yo era una persona instrumentalizada, adoctrinada. El llamado es a que no menosprecien ni menoscaben el conocimiento de los jóvenes

Javier Vera es el orgulloso papá. Un hombre tranquilo y de bajo perfil, dirá él, sin mayores intereses políticos. Todo lo contrario a la familia de su esposa. No tiene redes sociales.

“Francisco ha sido siempre un niño amado y deseado desde mucho antes de nacer”, dice el padre. Todo un privilegio, pues le tocó nacer en un país donde un poco más de la mitad de los niños (el 50,6 por ciento) es producto de embarazos no deseados según el Dane.

Javier no cree ni le importa si su hijo es un genio, como muchos sugieren. Pero reconoce que alguna vez lo llevaron al Instituto Alberto Merani, en Bogotá, que es el colegio donde estudian los ‘niños genios’. Pero el niño ya tenía diez años y no lo recibieron según los requisitos.

Tampoco ha querido que le midan el coeficiente intelectual. “¿Para qué? Es un niño fuera de serie, que se desmarca de cualquier cosa y que es más inteligente que cualquiera de nosotros. Y el activismo ambiental y sus otras sensibilidades no se miden en el coeficiente intelectual”.

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¿Y cómo entró al Congreso de la República?

Francisco cuenta que no solo acompañaba a su tía Camila a las marchas; también a distintos espacios políticos. Ella es militante del Partido Verde y edilesa de Teusaquillo, en Bogotá. El 16 de diciembre del 2019, debía ir al Capitolio y decidió llevarlo. Por segunda vez. En el 2016 lo llevó a una votación sobre la Justicia Especial para la Paz (JEP).

Estaba en algún pasillo cuando pasó Gustavo Petro: ese candidato a la Presidencia que él quería que ganara porque, asegura, tenía la propuesta más estructurada sobre políticas ambientales.

“Y yo le dije: senador Petro, ¿puedo hacerme una foto con usted? Nos tomamos la foto y rápidamente le hablé sobre el proceso de ‘Guardianes por la vida’ y le pregunté qué debía hacer para intervenir en el Congreso. Y me mandó a donde Alexander López, que era el segundo vicepresidente del Senado, y con Lidio García Turbay, que era el presidente del Senado, y me dijeron que volviera al otro día”.

Y así, asegura, se dieron las cosas para que al día siguiente le permitieran hablar durante 2 minutos y 39 segundos. Vestido muy elegante con una camisa azul clara y un blazer azul oscuro, tomó el micrófono y les pidió a los senadores que legislaran en contra de las campañas del fracking, del testeo animal, de los plásticos de un solo uso y del maltrato animal y los exhortó a votar en contra la Reforma Tributaria “porque es una falta de respeto al pueblo colombiano”. Al despedirse, le envió un saludo de gratitud a Gustavo Petro, afirma, por haberlo ayudado a cumplir su sueño de hablar en este recinto. Y asegura que nunca más han vuelto a hablar. Esa es la versión del niño, la misma que respalda su familia y que podría respaldar cualquiera de las personas aquí mencionadas.

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La persona más influyente de la política colombiana con la que Francisco tiene relación cercana es con su tía Camila Manzanares, que es edilesa del barrio Teusaquillo, en Bogotá. “Una edilesa con el poder que tiene una edilesa”, dice y afirma que no tiene patrones y que meterse a la política es la decisión más trascendental que ha tomado.

Por supuesto que se siente orgullosa de haber inspirado al niño para que enfocara su vida hacia sus mismas militancias, pero insiste en lo que han dicho sus padres: no hay nadie detrás, no hay una agenda política.

“Francisco es el resultado de todas las posibilidades que ha tenido, sobre todo, el acceso a la información y al conocimiento. Ha sido tratado siempre como un ciudadano. Y en la familia hemos sido facilitadores para que pueda acceder a información sobre sus intereses: la política, la física y la ciencia”, dice la tía Camila y suma que haber tenido un papá político —Miguel Manzanares, concejal de Facatativá cuando ella era una niña— ha sido crucial.

“Pero claro que la política se hereda, como cuando una familia está llena de músicos o de pintores. Francisco es un niño que se ha criado con una tía y un abuelo que aman la política y que tienen una confianza muy grande en la democracia”, dice la tía Camila, psicóloga de profesión.

Francisco ha crecido rodeado de personas estudiosas e inspiradoras. Como su profesor de ciencias naturales. Se llama Juan Carlos Padilla y nació en Quibdó hace 34 años. Un joven que no se resignó a la pobreza que tiene a su territorio en el más infame de los abandonos. Un joven que se ganó un cupo en la Universidad del Chocó, donde se graduó como licenciado en biología y física y que terminó dando clases en el colegio de monjas de Villeta donde estudia Francisco.

“Es un privilegio ser el profesor de un niño tan brillante. Es fabulosa la forma en la que él interpreta el planeta, el mundo. Su base está siempre en la investigación. Por eso maneja términos especializados de una manera clara”, dice.

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Francisco es un niño cuyos discursos están basados en las evidencias. Pero también en la fe. En las noches, antes de dormirse, ora con su mamá. “Siempre que oro, yo hablo como si Dios fuera un amigo y le cuento cómo me fue en el día. Le pido que me bendiga en mis estudios, le agradezco por la vida de mi familia”.

A Francisco también le han hecho memes con Sergio Fajardo y con otros políticos, pero sobre todo, con Petro.

“No entiendo por qué me relacionan con Petro. La lucha ambiental es una lucha política pero no es una lucha de partidos. Todos los de centro, izquierda y derecha se deberían juntar para luchar por la vida”, dice al reconocer que admira a Petro. “Pero más que a Petro, admiro sus ideas. Me gustan las ideas de muchos partidos: de la Alianza Verde, del Partido Liberal, de la Colombia Humana”.

La única figura pública a la que admira y sigue con devoción es Greta Thunberg. Y le parece exagerado que digan que él es su versión colombiana. “Vivimos en contextos muy diferentes: ella en Estocolmo y yo en Villeta. Mi trabajo es más territorial: desde las bases, desde las calles, donde se visibiliza la causa ambiental”.

Sobre Greta y Francisco Javier se han generado muchas expectativas y les han adjudicado ciertas responsabilidades. Pero no hay que olvidar lo que son: niños.
«Necesitamos liderazgos de niños, niñas y adolescentes porque son inspiracionales. Personifican esa idea de las ‘generaciones futuras’. Y claro, puede que sus mensajes sean simples, pero no tienen por qué ser más”, opina sobre ellos la periodista ambiental antioqueña Laura Betancur, quien hizo una maestría en Suecia, ese país tan evolucionado y que parece otro mundo. El país de Greta.

El problema es cuando los políticos los ridiculizan o los usan para hacer creer que están teniendo consideraciones políticas en sus programas«, sigue Betancur, magíster en Estudios Ambientales y Ciencias de la Sustentabilidad de Lund University.
Francisco, ya se ha visto, no juega a ser grande.

José Alberto Mojica Patiño
Editor de EL TIEMPO
@JoseaMojicaP

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