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viernes, septiembre 18, 2020

El obispo que les dedicó su vida a los pobres de la Amazonia

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Al igual que Alonso Quijano, el protagonista de la obra cumbre de Cervantes, el obispo Casaldáliga dedicó su vida a ayudar a los más pobres y desfavorecidos, pero su lucha no fue contra gigantes ni ejércitos imaginarios, sino contra depredadores reales de la vida y de la naturaleza. Contra los señores de la codicia y la explotación.

Su campo de batalla fue Mato Grosso, uno de los 9 estados de la Amazonia de Brasil, y su centro de operaciones, São Félix do Araguaia, un polvoriento caserío, más que una pequeña población, cerca al río del mismo nombre, que no pasaba de 700 habitantes cuando Casaldáliga llegó en 1968, antes de que fuera declarado municipio y del que terminó siendo obispo titular a los 3 años y emérito, hasta su muerte por una afección respiratoria el pasado 8 de agosto.

Autor de más de 50 libros en prosa y verso, merecedor de una decena de premios nacionales e internacionales por su trabajo a favor de los derechos humanos y en defensa de la naturaleza, y varias veces nominado al Nobel de la Paz, se lo recordará también como uno de los religiosos católicos más influyentes de América Latina, como uno de los últimos exponentes regionales de la teología de la liberación y como artífice en Brasil de la Comisión Pastoral de la Tierra y fundador del Consejo Misionero Indígena.

La Comisión, que se creó en 1975, ha trabajado desde entonces en defensa de los derechos de trabajadores de la tierra, especialmente de los que no la tienen y a favor de la reforma agraria.

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El Consejo Misionero Indígena, vinculado a la poderosa Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), le dio un nuevo significado a la obra de la Iglesia católica con los pueblos indígenas. Se creó con la misión de buscar la reconciliación entre los mismos y para trabajar por el reconocimiento de sus derechos en el marco de la diversidad cultural.

Su actividad como obispo la destacó la propia Iglesia católica al reconocer su evangelización, vinculada a la promoción humana y a la defensa de los derechos humanos de los más pobres; a la creación de comunidades eclesiásticas de base con líderes que fueran como levadura para los más necesitados; a su compromiso con las luchas y esperanzas de la comunidad y la estructura participativa y corresponsable en la diócesis.

Se lo recordará como alguien que “marcó su vida con la solidaridad por los más pobres y sufridos, haciendo de su ministerio, de su vida y de su poesía un canto solidario”, dijo la CNBB.

Casaldáliga, que desde niño soñó con ser poeta y sacerdote, y de joven, misionero, vivió con gran austeridad y no quiso tener nada, ni pedir nada, ni callar nada ni matar nada, “solamente el evangelio, como un cuchillo afilado” y “la mano extendida y apretada”, como lo escribió en su poema ‘Pobreza evangélica’.

En el 2000 fue galardonado con el título de doctor ‘honoris causa’ por la Universidad Estatal de Campinas y en 2012 recibió la misma distinción de la Pontificia Universidad Católica de Goiás.

Aquello que me hace es
lo que doy y no lo que yo tengo. Cuanto más doy, más tengo, porque soy más. Como más tengo y menos doy, tengo menos, porque soy menos

Su vida no fue, sin embargo, “la de alguien sin pecado y sin errores”, sino la “de un discípulo que dejó que el amor de Cristo y la pasión por el Reino y sus causas fueran el centro de una vida como la suya, que habla sola”, afirmó en una carta tras su muerte Pedro Belderrain, el superior provincial de los Misioneros Claretianos, y no se equivocó pues el propio Casaldáliga lo tenía muy claro:

“Al final de la vida me dirán: ¿has vivido? ¿Has amado? Y, sin decir nada, abriré mi corazón lleno de nombres”, escribió en otro de sus poemas.

Los comienzos

Hijo de campesinos de la pequeña localidad Balsareny, provincia de Barcelona, que contaba con apenas 3.500 habitantes en el 2008, Casaldáliga había sido ordenado sacerdote en España en 1952, en el Congreso Eucarístico de Barcelona bajo el pontificado de Pío XII.

A Brasil llegó como misionero 16 años después, huyendo de la violencia y atropellos de la España franquista. Sin embargo, al llegar a allí y a São Félix el panorama que encontró no fue el más alentador.

En Brasil se iniciaba el periodo más represivo de la dictadura militar, conocido como los años de plomo, que comenzó en 1968, con la emisión del acto constitucional n.º 5, que dio poderes extraordinarios al entonces presidente, general Emilio Garrastazu Médici, suspendió las garantías constitucionales y que solo terminó, tras muertes, desapariciones y torturas, al finalizar su gobierno en 1974.

Encontró, además, que en São Félix, la paz también estaba atrincherada. Entonces la localidad era punto de gran tensión social y, además, las condiciones de vida eran paupérrimas: no había acueducto, comercio, médicos ni escuelas y reinaba ‘la ley del 38’, en referencia al sometimiento por las armas Smith & Wesson, que imponían los feroces terratenientes y los llamados ‘coroneles’ contra los desvalidos campesinos e indígenas.



El obispo Pedro Casaldáliga oficia misa en un altar improvisado en la mitad de la noche y en medio de la selva.

Foto:

Cortesía Gloria Helena Rey

Don Pedro comenzó su historia allí enterrando, en poco tiempo, a más de mil peones “muchas veces sin ataúd y a menudo sin nombre”, como me confesó en una entrevista que le hice para el diario La Vanguardia de Barcelona, del que yo era corresponsal hace 20 años.

Entonces, São Félix continuaba siendo el mismo foco de tensión social y escenario permanente de violencia que Casaldáliga había encontrado 40 años atrás. Persistían las amenazas contra su vida y continuaba sepultando peones, campesinos e indígenas, sin ataúd y sin nombre.

Sus primeros años en São Félix fueron de aprendizaje sobre la dura realidad local, de largos viajes en barco o por senderos destapados hasta llegar a las comunidades apartadas. Fueron años de dolor e indignación por las condiciones miserables en las que vivía la gente, en su mayoría paupérrimos desplazados del nordeste, que eran sometidos y explotados por los terratenientes respaldados por la dictadura militar.

De ahí salió ‘Feudalismo y esclavitud en el norte de Mato Grosso’, su primer libro, que describía la situación de servidumbre feudal en la que vivían los campesinos de la región y que despertó las primeras críticas y el basilisco de la persecución en contra suya.

Amenazas

El obispo del pueblo, como lo llamaban, vivió intensamente y lo entregó todo por los suyos. Pasó por 10 malarias, sobrevivió a decenas de amenazas de muerte y a fallidos intentos de asesinato, a siete tiroteos y a 5 intentos de expulsión de Brasil. Vio torturar a compañeros, enterró a miles de campesinos e indígenas y les salvó la vida a otros tantos.

El papa Pablo VI siempre lo defendió de las amenazas de expulsión durante la dictadura brasileña (1964-1985) y es conocida su frase de advertencia: “Quien toca a Pedro toca a Pablo”.

Pero Casaldáliga no corrió con la misma suerte con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, entonces cardenal Joseph Ratzinger, que lo amonestaron y lo sometieron a diferentes procesos de ortodoxia, que no terminaron en condena por el apoyo que recibió de arzobispos como Helder Cámara, y de cardenales como Paulo Evaristo Arns y Aloisius Lorscheider.

En el 2012, a los 84 años, por ejemplo, tuvo que abandonar São Félix por amenazas de muerte y ser resguardado en un lugar secreto para proteger su vida. El Consejo Indigenista Misionero (CMI) dijo entonces que las amenazas contra su vida se habían redoblado debido, al parecer, a la inminente decisión de un tribunal a favor de los indios xavantes en un proceso por la propiedad de unas tierras en las cercanías.
Los xavantes, que en su lengua autóctona significa ‘gente verdadera’, es una etnia amerindia que habita la región del Araguaia y que vive de la agricultura, la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres.

Don Pedro amaba la justicia y luchaba por la de sus pobres, sus indígenas y sus campesinos. São Félix era él y el pueblo no existía sin él. Lo amaban y respetaban. En los muchos diálogos que sostuvimos solo se quejó una vez, cuando recordó con amargura el asesinato de varios de sus colaboradores, en especial el del sacerdote jesuita João Bosco Penido Burnier, ultimado en su lugar por sicarios que lo confundieron con él en 1976.

De estatura mediana, delgado, observador, curioso y muy inteligente, don Pedro, como lo llamaban aunque fuera obispo, escritor, poeta y candidato eterno al Premio Nobel de la Paz, Casaldáliga prefería que lo llamaran Pedro, a secas.

Cuando lo visité, vivía en una casa humilde, decorada con las cosas que Dios le había mandado por las manos de terceros, como justificaba. Lucía unos tenis viejos, una ropa de mezclilla muy barata y una pacífica sonrisa de maestro de provincia. Olía a bosque y a tierra fresca y resplandecía en humildad.

“Un regalo de Dios”, pensé cuando empezamos a conversar y lo confirmé después de varios días de convivencia. Lo acompañé a llevar comida y asistencia a los lugares más recónditos para auxiliar a gente donde la necesidad me dejaba de rodillas. Asistí a una misa de precepto, en medio de la selva, en un altar que don Pedro improvisó sobre un viejo y herrumbroso tanque de metal cubierto por un trozo de madera.

Me deslumbró su concepción de la vida, la libertad y la pobreza, y me sentí pequeña y comenzando a gatear por esa autopista que él había abierto, diseñado y pavimentado con su existencia enorme.

Aprendí que el desapego te hace libre, que la generosidad te enriquece, que los valores sólidos te fortalecen. También, que “el amor es solo una eternidad que no se alcanza”. Era un hombre grande. Les dejo algunas de sus frases:

“Aquello que me hace es lo que doy y no lo que yo tengo. Cuanto más doy, más tengo, porque soy más. Como más tengo y menos doy, tengo menos, porque soy menos”.
“No existe un mundo desarrollado y uno subdesarrollado sino un mundo mal desarrollado”.

“Si nos ponemos al lado de los indígenas y de los peones, nos ponemos en contra del sistema político imperante”.

“Ser lo que se es / hablar lo que se cree / creer lo que se predica y vivir lo que se proclama / hasta las últimas consecuencias”.

A eso llamó vida.

GLORIA HELENA REY
Para EL TIEMPO

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