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martes, octubre 20, 2020

Falleció uno de los arquitectos de la Manzana cultura del Banrepública

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El recordado arquitecto Enrique Triana, quien falleció ayer a los 91 años en Bogotá, formó parte de esa generación –la de Germán Samper y Rogelio Salmona– que le impuso a la arquitectura colombiana un sello particular. Los tres, en momentos diferentes, habían regresado a Colombia a mediados de los años 50, tras formarse en el extranjero.

Entre sus trabajos más representativos está el edificio Triana, ubicado en la calle 85, ejemplo de su estilo: juego de volúmenes cerrados, grandes ventanales, sombras y generosidad en los espacios.

Este sello creativo se reflejó luego, también, en otro de sus grandes legados: la Manzana Cultural del Banco de la República, que trabajó en conjunto con su amigo Juan Carlos Rojas Iragorri y que les significó el Premio Nacional de Arquitectura 2006.
Triana adelantó estudios en la Universidad de Michigan (Estados Unidos). Es de los pocos profesionales de los años 50 que no se dejaron influenciar por el maestro Le Corbusier, pero sí por arquitectos como Walter Gropius y Mies van der Rohe.

Precisamente, Rojas lo recuerda como un gran humanista, de una sensible generosidad con su conocimiento, como dan cuenta decenas de alumnos que pasaron por su famoso Taller VI de arquitectura y en la Cátedra Triana, sobre diseño interior, de la Universidad Nacional de Colombia.

En esas clases se dieron todo tipo de anécdotas. En una oportunidad, un estudiante, con el ánimo de ofenderlo y de recordarle –de paso– su abolengo, lo llamó burgués. Triana, en vez de enfadarse con el muchacho, le respondió irónicamente: “Burgués no, aristócrata”.

“Era una persona con unas convicciones y unos principios inquebrantables y un gran diseñador. Con sus diseños, él lo que buscaba era enaltecer la vida de las personas, a través de un lenguaje muy honesto, austero y directo”, anota Rojas.

Para el investigador y arquitecto Antonio Yemail, el legado de Triana sintetiza muy bien ese sentido de elegancia y confort del espacio doméstico, que se desarrolló en Bogotá en los años 60.

Fue esa transición de las clases medias altas que se mudaron de esas casas tradicionales de los barrios La Soledad o Teusaquillo a los edificios medianos del norte.

Yemail destaca que la forma de crear de Triana era la de una mano muy suelta, con espacios muy ordenados y fluidos, que se ve en su famoso Edificio Triana de la calle 85 de Bogotá.

Luego de la muerte de Salmona, de Samper y de Camacho Guerrero, “con Triana se despide una época, se cierra uno de los capítulos más lúcidos de la arquitectura moderna colombiana”, concluye Yemail.

Descubrimiento de un amigo, por Juan Caros Rojas Irragorri

Gracias a una polémica que se presentó por un edificio que diseñamos para el parque Nacional de Bogotá, y que se terminó de construir a principios de 1999, pude conocer a Enrique Triana Uribe, el arquitecto. Para tratar de zanjar diferencias aparentemente irreconciliables de concepto, Gloria Zea, en ese entonces la contradictora del proyecto, y Adelaida Nieto, la directora del Centro Interactuante para las Artes, entidad promotora de las instalaciones mencionadas, decidieron solicitar conceptos a profesionales más reconocidos, para lo cual la contraparte llamó a Rogelio Salmona, y nosotros, a Enrique Triana, quien además de su amplia trayectoria, lo respaldaba el hecho de ser miembro activo de la junta de patrimonio de la ciudad.

Enrique recorrió el proyecto y decidió visitar nuestra oficina. Allí estudió detenidamente los planos respectivos, observó otros diseños que estábamos elaborando y comentó, de manera implacable e impecable, las cualidades y defectos de lo que conoció. Algo debió ver en nosotros, pues tres meses después estábamos estructurando conjuntamente una propuesta para diseñar las salas de exposiciones temporales del Banco de la República.

Desde ese encuentro, y durante los últimos años, gracias a Enrique he podido entender que un edificio nunca se impone a un lugar, sino que se subordina a sus condiciones; que el contenido es mas importante que el contenedor, que la estética es contraria a la ostentación, que la esencia de lo elemental es mas contundente que la sobredosis de lo formal; que la profesión debe satisfacer el espíritu, no el ego, y que, por encima de todo lo anterior, integridad y vocación son condiciones imprescindibles para lograr una existencia realmente significativa.

La polémica del parque Nacional nunca se resolvió. Ese edificio estuvo varios años abandonado y su función social, perdida. Esas cosas pasan, lo que queda, y para siempre, son ejemplos, como el de Enrique Triana y su actitud ante la vida y la arquitectura.

Recuerdo del curador Luis Fernando Ramírez Celis

“A Enrique Triana lo conocí durante el proceso de diseño del Museo de Arte Miguel Urrutia, que en ese momento todavía no se llamaba así. Yo era museógrafo del área de artes y tuvimos varias reuniones con Triana y Rojas Iragorri para definir las necesidades de la Colección de arte y de las exposiciones, lo que finalmente resultó en un edificio, no solo funcional sino amablemente integrado al conjunto arquitectónico de la Manzana Cultural. No es gratuito que el edificio haya sido ganador del primer premio en la XIV Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito y en la XX Bienal Colombiana de Arquitectura. Unos volúmenes austeros logran espacios abiertos generosos, como la plazoleta exterior ocupada ahora por esculturas de la Colecciñon de arte y el patio interior, dominado por la fachada blanca del Museo y un muro de agua negro que precede el recorrido. Trabajar en este edificio y en sus salas de exposición de mas de 1000 metros cuadrados durante todos estos años ha sido realmente un placer que compartimos desde el Banco con todos los usuarios de este maravilloso espacio. Gracias Enrique Triana por su legado.”

Zandra Quintero Ovalle, editora revista Habitar

“Enrique Triana forma parte de esa generación –la de Germán Samper y Rogelio Salmona– que regresó a Colombia a mediados de los 50 luego de formarse en el extranjero. A diferencia de estos, que venían de Europa, Triana estudió en Michigan, donde estuvo en contacto con los grandes del movimiento moderno, como Walter Gropius y Mies van der Rohe. Triana se especializó en arquitectura doméstica y por suerte, aún quedan algunos de sus edificios de vivienda en Bogotá, como el de La Merced, que sobresale por su cuadricula entre las casas Tudor del Barrio, o los edificios Uribe y Triana por los alrededores de la calle 85. Su arquitectura es serena, atemporal y limpia; de esa que embellece a una ciudad. Además, fue autor –junto con Juan Carlos Rojas– de uno de los espacios que más queremos en Bogotá: las “nuevas” salas de exhibición del museo del Banco de la República, proyecto que integra a la manzana cultural, y que nos recibe con su gran atrio, abierto y generoso con el espacio público. Un gran arquitecto y, sobre todo, un gran maestro: enseñó durante cincuenta años en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional y siempre manifestó que ese fue el papel que más disfrutó en su vida”.

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