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Septiembre 20, 2020 – 11:40 p. m.
Por:
Víctor Diusabá Rojas

Por supuesto que es un paso adelante el hecho de que las antiguas Farc empiecen a admitir su responsabilidad en diferentes violaciones a todo tipo de derechos en las que incurrieron en la guerra que libraron contra el Estado. Aunque falta mucho más que eso.

Es de agradecer pues que Rodrigo Londoño (antes, ‘Timochenko’) diga que “el secuestro fue un gravísimo error del que no podemos sino arrepentirnos”. Y ojalá él mismo y Julián Gallo (antes, ‘Carlos Antonio Lozada’) reconozcan, de manera más clara y contundente, que el reclutamiento forzado de menores existió. Y que fue una práctica común, como indican muchas evidencias y testimonios.

A este último tema, el del reclutamiento forzado, le esperan, como al secuestro, quién sabe cuántas peticiones de verdad de parte de las víctimas. De hecho, las cifras son inciertas. Y cada caso es una tragedia por aparte.

Por eso, recuerdo el siguiente caso que El País de Cali publicó en sus páginas hace casi dos años: ‘La búsqueda incansable de una madre para hallar a su hijo reclutado por las Farc hace 17 años’.

La nota, de Mateo Uribe Sáenz, parte entonces de un semillero de la Universidad Autónoma de Occidente bajo la orientación de mi amigo y maestro Gerardo Quintero, obtuvo hace pocos días el primer puesto en categoría de prensa en el concurso departamental del Putumayo ‘Narrando justicia desde el territorio’, organizado por la Fundación Makikuna, con el programa Programa de Justicia para una Paz Sostenible de Usaid.

Es la historia de María Dilsa Espinoza y de su hijo Didier a quienes (junto a toda la familia) la vida se les partió en dos el 13 de julio de 2000 cuando hombres de la entonces guerrilla de las Farc llegaron a un billar en El Sábalo, cerca al municipio de San Miguel, Putumayo, y se llevaron a quien entonces tenía casi quince años de edad. Eran hombres del frente 48 al mando de ‘Lucho’.

A partir de ese momento, María Dilsa (con una carta que firmaron unos 300 vecinos de San Miguel, exigiendo la liberación del joven), se aventuró al monte, hasta dar con el tal ‘Lucho’ y su tropa.

– Buenas tardes compañera. ¿Cómo está?

– Pues, muy mal, muy mal. Porque yo necesito a mi hijo.

– ¿Esas hojas para qué? Eso no le sirve de nada. Si en verdad la gente quiere ayudarle, ¿por qué no vienen personalmente ellos? Toda esa gente que usted tiene ahí son comerciantes y ellos nos deben vacunas a nosotros.

María Dilsa no se rindió. Meses después logró que el jefe guerrillero le concediera una cita con su hijo, allá, en la selva. Ya Didier había dejado de ser Didier y se llamaba ‘Nelson’, aunque no era el único en llevar ese nombre de combate, cuenta Uribe Sáenz en su historia.

Didier le pidió entonces a su madre algo en concreto: que sacara a sus cuatro hermanos del lugar donde vivían con ella, ya puede uno imaginar por qué. Y le dijo que si algún día podía, se iba a fugar para reencontrarse con ellos.

Pasaron 14 años hasta que un allegado le dijo a la familia que había visto a Didier en algún lugar del departamento del Huila. Seguía en la guerrilla y mandaba saludes.

Vino luego el Acuerdo de Paz en La Habana, pero hasta 2018 Didier (de 34 años entonces) seguía sin aparecer. Y hasta lo que se sabe, eso aún no ha sucedido. Igual, quienes conocen de su suerte son sus excompañeros levantados en armas, obligados ahora a contar qué pasó con él y con tantos otros menores de edad que se llevaron y sobre los que jamás se supo de su destino.

Ese es el paso siguiente al que están obligados ustedes, Londoño y Gallo, y muchos más de las viejas Farc. Como también esperamos golpes de pecho, pero sobre todo la verdad de quienes, desde una u otra extrema, han sumido a este país a lo largo de tantos años en este pozo de dolor y sangre en el que seguimos sin salir. Sólo así llegarán el perdón y la reconciliación. Y la sencilla convivencia, aquella que tanto nos cuesta.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR



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