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jueves, octubre 29, 2020

La asombrosa historia del beato paisa de cadáver incorrupto

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El muchacho parece que estuviera durmiendo, pero está muerto hace 14 años.
Murió el 12 de octubre de 2006.
Pero hoy se ve como si descansara plácidamente: la piel de porcelana, los ojos cerrados, las cejas gruesas y delineadas, el pelo negro abundante, las manos entrelazadas por una camándula sobre el estómago y vestido con una sudadera y unos tenis azules marca Nike. Su cuerpo, aparentemente incorrupto, es exhibido para el culto público dentro de una tumba con una ventana de cristal.

(Le recomendamos: Cinco cuerpos incorruptos de santos de la Iglesia Católica)

El muchacho se llamaba Carlo Acutis y fue beatificado el pasado sábado 10 de octubre en la ciudad italiana de Asís. Nació en Londres el 3 de mayo de 1991, aunque sus padres, que estaban de visita en esa ciudad, son de la región de Lombardía. Aficionado a la programación de computadores, falleció a los 15 años a causa de una leucemia mieloide. Desde pequeño demostró ser muy creyente. Rezaba y ayudaba en obras sociales con refugiados y migrantes. Decía que la Virgen María era la única mujer de su vida.

Muy pocas veces los temas religiosos acaparan la atención de los medios de comunicación. Pero su caso aterró al mundo. ¿Un cuerpo que nunca se descompuso después de haber sido enterrado? ¿Una señal divina o una historia de terror?
No sería la primera vez. No sería el primer beato o santo al que descubren en condiciones similares después de que lo desentierran. Una señal de santidad valoradísima a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia católica.
Para no ir muy lejos, en Colombia también tenemos –o tuvimos, mejor– nuestro propio beato incorrupto. Se llama Mariano de Jesús Euse, más conocido como el padre Marianito.

(Además: Carlo Acutis, el adolescente católico, fue beatificado en Italia)

Era paisa. Nació el 14 de octubre de 1845 en la población antioqueña de Yarumal y murió el 13 de julio de 1926, a los 81 años, en la vecina Angostura, donde vivió la mayor parte de su vida y donde se hizo santo. Dicen que hablaba con Dios y que sanaba a los enfermos con solo tocarlos. Y aunque su cuerpo fue descubierto en un estado casi perfecto cuando lo desenterraron, más adelante se pudrió. 

En el santuario donde reposa su cuerpo hay miles de placas de agradecimiento por favores recibidos. Sobre todo de sanaciones de enfermedades terminales. Mariano y Mariana se cuentan entre los nombres más comunes en el pueblo.

En el santuario donde reposa su cuerpo hay miles de placas de agradecimiento por favores recibidos

El padre Ignacio Yepes, en su libro Vida del beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, incluyó el acta de exhumación, al que asistieron autoridades eclesiásticas y civiles, y notario público: “La madera del cofre mortuorio estaba reducida a polvo, y lo mismo la sotana y los ornamentos. Ese polvo, en capa bien gruesa, lo cubría de la cabeza a los pies. Lo primero que apareció fue el rostro, completo, con el color de la piel casi natural. Aparentaba dormir. Luego apareció el cuerpo, todo. Los músculos de la pantorrilla y el muslo derechos estaban blandos, pero no exhalaban mal olor. El resto del cuerpo estaba intacto”.

(Le puede interesar: Así era Carlo Acutis, cuyo cuerpo se conserva tras 14 años de muerto)

Existen muchos casos de beatos y santos que fallecieron hace cientos de años y que hoy se ven como el primer día. Y esto se puede deber a un origen divino

En el relato se aclara que la conservación del cuerpo “nada tenía de natural”, sino que obedecía a una “intervención divina” porque el cadáver no fue embalsamado cuando murió. “En esa época (1926) no existía esa costumbre y no había médico en la población ni quien supiera de eso. Lo que precipitó la muerte del padre fue una fuerte diarrea, y el estómago no estaba descompuesto. El día de la muerte hubo que apresurar el entierro porque pronto empezó la descomposición, lo que pudo notarse por el mal olor”.

La exhumación de Marianito ocurrió en 1936, diez años después de su muerte. Hay una leyenda digna de una película de terror. El rumor sobre el cuerpo incorrupto habría llegado hasta su pueblo natal, Yarumal, donde sus devotos paisanos emprendieron camino hacia Angostura para reclamar lo que era suyo. Porque él nació en Yarumal y no en Angostura. Una turba de feligreses habría llegado, armada con cuchillos, tijeras y navajas. Ya que no podían tener al difunto en sus dominios, querían arrancarle, así fuera a pellizcos o a cuchilladas, al menos un pedazo de esa carne rancia y rejuda que era su santa momia.

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El padre Ignacio Yepes documentó parte de esa historia en su libro, y el padre Alberto Elías Palacio, entonces párroco de Angostura, reconoce que le arrancaron la nariz. “De un día para otro fueron a mirar el cuerpo, y le faltaba. No sabemos quién fue el causante de esa profanación”, ha dicho el sacerdote, quien recuerda que en Angostura casi todo el mundo lloró porque el cuerpo incorrupto terminó descompuesto.

Lo dejaron podrir

La momia de Marianito estuvo expuesta a la veneración pública desde que la hallaron en 1936, hasta 1988. La gente podía observarlo dentro de un ataúd con cofre de vidrio, pegado a una tapia, de pie. Pero tuvieron que tapar el sepulcro ese año, porque así lo exigía el proceso de beatificación, para que no tuviera culto público.

En 1999 fue necesario destapar la tumba para extraer algunas reliquias que pedía la Santa Sede, y fue ahí cuando encontraron el cuerpo corrompido como consecuencia de un incendio en una edificación vecina al templo –por el agua con el que apagaron las llamas– o por un vendaval muy fuerte que cayó cerca de la tumba. No hay certeza. Las paredes de la iglesia se habían llenado de humedad, y la santa momia terminó podrida.

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Recuerda el padre Palacio que solo quedaron los huesos, que fueron acomodados para armar de nuevo la figura. Mandaron a hacerle una máscara de cera, al igual que las manos. Pero antes le arrancaron varias falanges de la mano izquierda, que enviaron al Vaticano como parte de los requisitos de beatificación.

Desde los principios de la Iglesia católica ha existido la –escabrosa– tradición de atesorar, para la posteridad, restos de los santos: cuerpos enteros, extremidades, dedos, huesos, cenizas, el pelo; o pertenencias: sus ropajes, los libros, la cama, la camándula.

El 6 de mayo de 2009, en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI defendió la devoción –calificada de fetichismo por muchos– hacia esos despojos coleccionados como si fueran piezas de arte religioso. “A propósito de las reliquias de los santos cristianos, hay que aclarar que ellos, al haber participado en la resurrección de Cristo, no pueden ser considerados simplemente como muertos”, sentenció el pontífice.

La religiosa y educadora antioqueña Laura Montoya, la primera santa colombiana (1874-1949) fue descubierta como cualquier mortal cuando la exhumaron. Las lauritas –como les dicen a sus discípulas– tenían la esperanza de que su cuerpo se conservara incorrupto. Pero estaba en los meros huesos, revueltos en la tierra. Sin embargo, las constituciones de su obra –las normas–, que ella misma escribió y que ubicaron en el ataúd a la altura del cuello, aparecieron perfectas. Un cuadernito tostado, intacto, en medio de la tierra y los huesos. Una señal de su santidad, dirán.

A la santa Laura, canonizada por el papa Francisco el 12 de mayo de 2013 en el Vaticano, no la desbarataron tanto como a otros santos a los que les han arrancado la cabeza, los ojos o el corazón. Apenas le quitaron dos falanges del segundo dedo del pie derecho y una costilla izquierda, la número once. Esas reliquias son conservadas con devoción en su Jericó natal y en distintas iglesias y templos en los 21 países donde las lauritas tienen misiones con comunidades pobres y víctimas de las guerras. Un mechón de pelo se ostenta con discreción en un cofre, encima de un cuadro con su imagen, en la catedral de Nuestra Señora del Carmen del Líbano, Tolima.

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Intacto, pero no incorrupto

Carlo Acutis

Desde su fallecimiento, en 2006, el cuerpo del joven
Carlo Acutis no ha sido afectado por la descomposición.

Manuel Sánchez, experto en temas vaticanos y profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, aclara lo que ya han aclarado desde Asís: que el cuerpo del joven Carlos Acutis no estaba incorrupto. Estaba íntegro, que es distinto, con todos sus órganos, pero ya había pasado por parte del proceso de descomposición. Lo que hicieron fue reconstruirle la cara y las manos con silicona, algo similar a lo que le hicieron a Marianito. “Pero claro que existen muchos casos de beatos y santos que fallecieron hace cientos de años y que hoy se ven como el primer día. Y esto se puede deber a un origen divino que impide que algunos cuerpos comiencen los procesos normales de descomposición”.

(Vea también: ¡Asombroso! Así está el cuerpo del joven que será beatificado)

Y sobre las partes de los cuerpos de santos y beatos –reliquias de primer orden–, el experto aclara que siempre han sido empleados como motivo de veneración por parte de sus fieles. Una práctica milenaria pero también reciente, pues del hoy santo Juan Pablo II –que beatificó al padre Marianito el 9 de abril de 2000– se conservan ampollas con gotas de su sangre. De hecho, las trajeron a Colombia en el 2012 y las expusieron en la catedral Primada de Bogotá.

El cuerpo del joven Carlos Acutis no estaba incorrupto. Estaba íntegro, que es distinto, con todos sus órganos, pero ya había pasado por parte del proceso de descomposición.

El vaticanista colombiano Hernán Olano explica que la incorruptibilidad es la propiedad de un cadáver de no descomponerse después de la muerte, a pesar de no haber sido embalsamado o preservado de alguna forma. También significa que está sin corromperse, lo cual es distinto a la momificación, que también ha ocurrido con cadáveres de santos».

«Aunque se puede considerar que es una intervención divina, en la Iglesia solo se recuerdan pocos casos en los cuales el cuerpo de un santo está en condición de incorruptibilidad, e incluso, generando emanación de olores florales o agradables». añade el experto.

Al beato adolescente italiano lo beatificaron gracias a un milagro en el que, según se estableció en su causa en el Vaticano, intervino en la sanación de un niño brasileño llamado Matheus, quien padecía una enfermedad terminal en el páncreas. “Ya no quiero vomitar más”, le pidió el niño a una estampita de Carlo Acutis. Y más adelante se sanó, sin ninguna explicación médica.

A Marianito lo beatificaron gracias al testimonio de sanación del cáncer linfático que padecía el cura Rafael Gildardo Vélez, de la Diócesis de Santa Rosa de Osos. Le falta un milagro para ser santo. Un milagro similar.

“Creo que nos hace falta tener a alguien, en el Vaticano, que se encargue de mover su proceso de santidad”, cuenta el padre Jorge Gaviria, párroco del santuario de Marianito en Angostura. Él, afirma, se ha encargado de documentar varios testimonios de sanaciones aparentemente milagrosas ocurridas por la intercesión del beato, que ha enviado a la Diócesis de Santa Rosa de Osos, que debe hacer todo el filtro para enviar la documentación a la Santa Sede.

En efecto, sí necesitan una buena palanca en el Vaticano. O un postulador. Todo un trabajo de relaciones públicas que se debe hacer en la curia romana para agilizar causas de canonización que pueden durar pocos años o varios siglos. Como la famosa santa francesa Juana de Arco, quemada en la hoguera en 1412, acusada de herejía, y canonizada en 1920: 508 años después.

La abogada argentina Silvia Correale fue la postuladora de la santa antioqueña Laura Montoya. Y en su exitoso portafolio cuenta con varios cientos de beatos y santos. Maneja el caso del famoso médico venezolano José Gregorio Hernández, fallecido en 1919 y cuya beatificación será en el primer trimestre del 2021.

Esas cosas tan mundanas del Vaticano. Y esas cosas de la fe o del fanatismo de las santas momias.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
EL TIEMPO
@JoseaMojicaP

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