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Huila

La pandemia de la mendicidad en Neiva

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DIARIO DEL HUILA, CIUDAD

Por: Hernán Galindo

Fotos: Tatiana Ramírez

Cada vez es más frecuente encontrar en calles, andenes, esquinas y semáforos de Neiva, a cualquier hora del día, a personas solitarias o en grupo, con carteles en la mano, limpiando vidrios o haciendo cualquier malabar que llame la atención del público, en busca de un peso, una limosna o algo para sobrevivir.

En realidad, no es una situación nueva en la ciudad, siempre ha existido el fenómeno social de la mendicidad, pero es visible el incremento, con nuevas formas, con la emergencia provocada por el Coronavirus.

“Calles y semáforos, los de mayor tránsito de carros y gente, son los lugares escogidos para pedir dinero o alimentos que los ayuden a soportar los efectos de la crisis. La ciudadanía lo vive con pesar todos los días”, afirmó Diógenes Solarte, transeúnte del microcentro de la ciudad, el espacio preferido.

mendicidad neiva

Los lugares para llamar la atención para conseguir una moneda son diversos.

Vivir de la calle

Unos lo entienden como consecuencia de la condición económica de Neiva, una de las ciudades más impactadas por el virus en materia de empleo, otros por la migración venezolana y otros por la pobreza generada en el campo y la falta de oportunidades en el país.

“La desesperación de no tener dinero para alimentar a sus hijos y familia ha obligado a muchas personas a dejar la vergüenza a un lado para dedicarse a pedir o a vivir de la caridad pública”, manifestó, condolida, Graciela Torres, que trabaja en una droguería.

El drama es complicado porque hay quienes se desesperan al no poder transitar libremente, comer en un restaurante sin que alguien se acerca a mendigar o detenerse en un semáforo sin que le caigan vendedores, limpia carros o indigentes, a pedir.

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“Molesta y da rabia a veces, pero también uno a veces hasta se siente culpable de tanta pobreza y busca encontrar responsables”, comenta Gloria Samacá, mientras se desplaza en un pequeño automóvil por la carrera séptima junto a la avenida La Toma.

Y es que no es una, sino varias veces al día que los neivanos son abordados por lo necesitados que los requieren de buena y hasta mala manera, en ocasiones, tal vez llevados por el desespero, el hambre y la miseria.

Es real que hay una carta de peticiones que se repiten aquí y allá: “cualquier cosita, una monedita, no he desayunado, para la medicina de mi hija, salí de la cárcel, no encuentro trabajo, para pagar el recibo…”.

En ocasiones, cuenta gente consultada por Diario del Huila, no provoca salir al centro porque no se sabe con qué se encontrarán porque la mendicidad es una bomba social que está creciendo, lejos de disminuir por efectos del virus y las consecuencias por establecer del paro nacional y los bloqueos de vías.

“Lo cierto es que es un escenario triste para quienes piden limosna a diario para conseguir lo necesario para comer y dormir, así sea en un ‘pagadiario’. Estar en una esquina bajo el sol o la lluvia, exponiendo la vida y a niños, en las difíciles condiciones de la calle por los carros o la inseguridad, no es para desearlo a nadie”, opina César Otalora, de un café internet en la carrera quinta.

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También están quienes piensan que muchos están siendo explotados por bandas o familiares, no quieren trabajar ni cumplir horarios ni tener jefes, se acostumbraron a suplicar o es para pagar vicios.

“La sospecha de la ciudadanía es por la forma sistemática en que llegan o se van de algunos lugares que transitamos casi a diario. Un día está otro no y así”, explica Hortensia Vargas, que labora en la gobernación.

El sociólogo Andrés Salinas considera lo que ocurre en Neiva es la realidad que vive el país porque en casi todas las calles de la ciudad se observa a personas en situación de mendicidad.

Coincide en que “el problema se incrementará en el corto y mediano por los efectos sociales y económicos que traerá la pandemia. No hay trabajo, no hay empleo y el Municipio no se puede hacer cargo”.

Un ejemplo es Zoila Minó, quien, acompañada de dos pequeños, de dos y ocho años, recorre las calles esperando que las personas le regalen dinero o algo para comer, aunque su objetivo es conseguir un empleo que, dice, le permita vivir con dignidad.

“Pero no hay nada. Muchos locales y negocios cerraron. Mi pareja me dejó por la pobreza y ahora a mí me tengo encargarme de los ‘guipas’ a todo momento. No los puedo dejar en la casa porque no hay quien me los cuide. Así se hace más ‘jodido’ conseguir un empleo”, se lamenta, no sin razón.

La mendicidad propia, explica Dagoberto Sánchez, es un fenómeno presente en los territorios que se explica por la alta vulnerabilidad socioeconómica de las familias.

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“En estos contextos, los derechos de los niños se ven amenazados, razón por la cual la protección integral de sus familias y la movilización de programas por parte de las entidades territoriales y agentes del Estado es fundamental pero no alcanza el presupuesto o no hay cómo atenderlos”.

Y es que para sacar tanta gente de las calles no es tarea fácil. Habría que crear o acondicionar muchos espacios donde les aseguren alojamiento, vestuario, aseo, alimentación, atención médica y psicológica.

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Muchos deambulan por el centro en busca de un bocado o una moneda.

Sin cifras

El Municipio no tiene un censo actualizado ni tampoco un cálculo claro de esta clase de habitantes. Porque muchos son transitorios, pasajeros, llegan y se van, mueren o desaparecen, encuentran algún oficio o un familiar se conduele y los recupera.

Tampoco hay información disponible sobre el número de habitantes de calle venezolanos o cuya principal actividad sea la mendicidad debido a que las cifras las tiene Migración Colombia.

“La Alcaldía, eso sí, promueve la oferta institucional para atender a los habitantes de la calle, pero esos esfuerzos no son suficientes. Hoy lo que más preocupa de este fenómeno es la explotación de niños, niñas y adolescentes”, nos cuenta un funcionario que no da el nombre porque no está autorizado.

En conclusión, ¿toda la mendicidad, pedir limosna en la calle, poner la mano para comer debe ser condenable? ¿Es una responsabilidad del Estado que no ha asumido y es parte de las desigualdades sociales de nuestra comunidad? ¿Hay trabajo o hay personas que no quieren trabajar? ¿Debemos ser más generosos con los desarraigados? La respuesta puede estar en cada uno de nosotros.

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