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jueves, octubre 22, 2020

Maye, la escudera de víctimas de explotación sexual premiada por ONU

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Era una caminata amena de domingo por la avenida Santander: a un lado, las murallas imponentes de la ciudad antigua de Cartagena; al otro, el mar Caribe, con una brisa que aliviaba el calor. Pero unos pasos más adelante, Mayerlín Vergara Pérez –o Maye, como la conocen– vio a una pareja de niños, de apenas 4 o 5 años, consumiendo pegante bóxer para calmar el hambre.

No era la primera vez que se encontraba con escenas de ese tipo. Poco antes, cuando trabajaba como maestra de primaria en el distrito de Aguablanca, en Cali, leyó la carta de Navidad de uno de sus estudiantes: le pedía al Niño Dios una nevera y comida para llenarla, porque en su casa no había.

De eso ya pasaron más de dos décadas, pero, para Maye, esas escenas fueron el detonante para que su vida cambiara: “Esas situaciones venían haciendo mella. Yo quería hacer algo por esos niños y niñas, algo más que enseñar en un salón de clase”.

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Por el centro de atención donde trabaja Maye han pasado más de 75 víctimas de explotación sexual en el último año.

Foto:

Nicolo Filippo Rosso

Maye ya ha dedicado más de 20 años, casi la mitad de su vida (tiene 45 años), a erradicar la explotación y el abuso sexual de niños, niñas y adolescentes desde la fundación Renacer, una organización sin ánimo de lucro que busca erradicar en Colombia la explotación y el abuso sexual de niños, niñas y adolescentes desde 1988, y su labor ha sido tan significativa que recibió el máximo galardón anual de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur): el premio Nansen.

Una ‘misión de vida’

Maye Vergara nació en Sahagún, Córdoba, y fue trescientos kilómetros al norte de su pueblo, en Barranquilla, donde comenzó a trabajar con Renacer, después de ver un anuncio clasificado en el cual solicitaban a un psicopedagogo para trabajar de noche en una oenegé con menores de edad. Aunque ella era socióloga y había trabajado como profesora desde los 18 años, decidió averiguar sobre el cargo.

“Eso fue hace veinte años. Yo no sabía qué era una oenegé ni que habían empleos de noche aparte de los bares y en vigilancia, pero cuando me enteré del trabajo que hacía Renacer supe que era a lo que me quería dedicar”, cuenta Maye, ahora convertida en coordinadora regional para el Caribe de esta fundación. Desde este cargo trabaja en el Centro de Atención en Riohacha, que empezó labores en abril de 2019 y es liderado por Maye, quien lo llama “el hogar”.

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Hay niñas que se levantan con lágrimas en los ojos y nos dicen que no quieren vivir más

Desde entonces, por este sitio han pasado al menos 75 niños, niñas y adolescentes (de los cuales el 49 por ciento son refugiados o migrantes) que han sido víctimas de explotación sexual comercial o son sobrevivientes de violencia sexual. Que esta población haya llegado al hogar es reflejo de una tarea que arranca en las calles. Se trata de reconocer los lugares donde explotan a los menores, desde un parque, asentamiento o playa hasta un aula de clases.

Los días de Maye comienzan a las cinco de la mañana y terminan cuando así tenga que ser. “Hacemos recorridos, conversamos con los niños, establecemos un diálogo que permita generar confianza, pero no es fácil. Eso implica que nosotros tengamos un afecto e interés genuino por ese ser humano que está al frente”, explica, y recalca que en el caso de esta

Maye Vergara

Un alto porcentaje de la población de esta zona fronteriza está en condiciones de vulnerabilidad.

Foto:

Nicolo Filippo Rosso

Un problema enorme

De acuerdo con el Informe Global de Trata de Personas 2018, de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc), en las Américas se encuentra el mayor número de niños y niñas víctimas de trata con fines de explotación sexual en el mundo. Y en regiones fronterizas como La Guajira, que han sentido con rigor el impacto de la crisis migratoria –el 16 por ciento de la población del departamento es venezolana–, se han intensificado los escenarios para que los victimarios se aprovechen de los menores de edad.

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“Hay niñas que se levantan con lágrimas en los ojos y nos dicen que no quieren vivir más. Sobre todo acá, que hay niñas refugiadas y migrantes, hay un doble dolor. No es solo el impacto de la violencia sexual, sino el que genera la migración: lo que dejan en Venezuela, ese tránsito, lo que encuentran acá. Hay muchas niñas con afectaciones mentales graves”, dice Maye, quien ha acompañado a cientos de los más de 22.000 niños y niñas que han pasado por Renacer.

No es solo el impacto de la violencia sexual, sino el que genera la migración: lo que dejan en Venezuela, ese tránsito, lo que encuentran acá

Desde que la fundación se estableció en La Guajira ha documentado historias de niñas raptadas en Venezuela y trasladadas a Colombia para ser explotadas, otras a quienes les ofrecen falsas oportunidades laborales para cruzar la frontera, o muchas que llegan a la región por su cuenta, pero se encuentran “con un panorama hostil y son presas fáciles de los explotadores”.

Incluso, en los recorridos iniciales, encontraron “niños y familias viviendo debajo de los puentes, en las playas o parqueaderos, en una realidad deplorable e inhumana en la que, muchas veces, las niñas duermen al lado de un abusador y la mamá al otro lado”, relata Maye.

Muchas veces, todas esas historias se pierden en el silencio. Hay niñas que, al llegar al hogar, tardan hasta cinco meses en pronunciar palabra o mostrar una sonrisa, como aquella que, recuerda Maye, solo se comunicaba dándole golpes a la pared, o las muchas que intentan suicidarse. Por eso, para esta mujer, acompañar el proceso de las víctimas es también ser parte de su dolor y, más adelante, de su capacidad de sobreponerse a los hechos que las marcaron.

Maye Vergara

El trabajo de Maye y su equipo comienza en las calles, que son los principales escenarios de explotación, pero también llega a comunidades para prevenir los casos.

Foto:

Nicolo Filippo Rosso

Aunque gran parte del trabajo se hace en el interior del hogar, atendiendo a las víctimas, también adelantan una gran labor de puertas para afuera, intentando prevenir nuevos casos. En esas intervenciones han llegado a miembros del pueblo indígena wayú, profesores, servidores públicos, trabajadores del sector turístico y todo aquel al que puedan alertar y orientar para prevenir la explotación sexual.

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Otra de las apuestas fuertes de Renacer está en el trabajo y formación de personas en los barrios. “Los líderes son nuestros ojos en la comunidad. Un líder sensibilizado es un líder que ve pasar a una niña en riesgo y nos llama para que podamos intervenir”, cuenta.

Esa suerte de omnipresencia de esta mujer no la deja desconectarse de su misión en ningún momento del día. A todos les dice que su teléfono está abierto las 24 horas, porque sabe que en cualquier momento puede ocurrir algo: desde atender la crisis de una niña o una reunión con las directivas de la organización hasta mandar a reparar una mesa que se rompió.

Las niñas siempre necesitan hablar, eso es una constante: necesitan ser escuchadas

“Las niñas siempre necesitan hablar, eso es una constante: necesitan ser escuchadas. En ocasiones me buscan diciendo que se les perdió una blusa, pero detrás hay una razón más profunda, y a todo hay que prestarle atención”, relata Maye, y compara el proceso de las víctimas con la maternidad: “Es como cuando nace un bebé. Al principio, necesita todo el tiempo de su mamá, pero en la medida en que va creciendo y avanzando, la va necesitando menos”.

Es en parte por eso que, aunque Maye no se ha casado ni tiene hijos, asegura que le sobran. Es una mujer que ha hecho de los niños que rescata de la explotación sexual y su equipo de trabajo una familia. Tanto así que, según cuenta, no ha hecho muchos amigos en La Guajira. Dice que no recibe visitas en su casa porque intenta que sea un refugio de paz entre las emociones del día a día.

“Ya me ha pasado que me piden hablar de mí y resulto contando cosas de allá (el hogar). Es que es así: se convierte en tu vida, en una misión de vida”.

Maye Vergara

A diario, Maye y su equipo deben atender las crisis de las niñas y nos víctimas de explotación sexual o trata de personas que llegan al hogar.

Foto:

Nicolo Filippo Rosso

Ganar el premio

La labor de Maye y su equipo ahora es reconocida con el máximo galardón que entrega anualmente la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur): el premio Nansen. Este galardón rinde homenaje a quienes han prestado servicios excepcionales a las personas desplazadas por la fuerza. Maye se suma a la lista de más de 82 personas que han sido reconocidas desde 1954 por su labor en todo el mundo.

“Personas como Maye representan lo mejor de nosotros. Su valentía y entrega desinteresada para rescatar y proteger a algunos de los niños y niñas más vulnerables del mundo son nada menos que heroicas”, dijo Filippo Grandi, alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, y añadió: “Ella encarna la esencia de este premio. Su dedicación inquebrantable ha salvado la vida de cientos de niños y niñas refugiados y les ha devuelto la esperanza de un futuro mejor”.

Los explotadores y los tratantes les han destruido la vida, pero no se han podido robar su dignidad y su capacidad de salir adelante y soñar

Para ella, recibir el premio, más que un reconocimiento, “es una oportunidad para dar a conocer a Colombia y al mundo que los niños y niñas víctimas de explotación sexual existen, que la explotación duele, que ellos necesitan de nosotros, de las familias, de la sociedad, de las instituciones del Estado”, le dijo a EL TIEMPO.

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Maye prefiere quedarse en la sombra. Asegura que lo que en verdad reconoce el premio es la fuerza, valentía y resistencia que tienen los niños y niñas para superar la explotación: “Nosotros caminamos junto a ellos, pero si estas historias tienen un buen final, es porque ellos ponen de su parte. Los explotadores y los tratantes les han destruido la vida, y, de hecho, nosotros los recogemos en pedacitos y los volvemos a construir, pero lo que definitivamente no se han podido robar es su dignidad y su capacidad de salir adelante y soñar”.

JULIÁN RÍOS MONROY
@julianrios_m
EL TIEMPO



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