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sábado, septiembre 19, 2020

Meluk le cuenta… (Egan, Nairo, James… ¡Dioses de carne y hueso!)

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No podía más. Apretó los labios y negó con la cabeza. Sus dos escoltas de equipo, uno a cada flanco, lo acompañaban y animaban en ese pedaleo lento y pesado, tortuoso, durante la subida final que, paradójicamente, fue su descenso a los infiernos.
Egan Bernal entregaba así su título de campeón del Tour de Francia. Lo sabía. Por más que lo intentó, sus piernas no levantaban los vatios que, adelante, sí marcaban los computadores de las bicicletas de Pogacar, Roglic, Porte, López, Más, Kuss, Landa, Yates, Urán, Valverde…

Egan, el primer campeón colombiano del Tour de Francia, el capo de escuadra del Ineos (que es exactamente igual a ser Messi en el Barcelona), el defensor del trono de hierro, sufrió como ninguno, padeció la tortura de querer y no poder y, entregado y resignado, cruzó la meta 7 minutos y 20 segundos después de Pogacar, el ganador de la etapa.

(Lea también: ‘Mi única presión era mantener a mi mamá y a mi suegra’: Urán)

Ya todo está consumado. Egan perdió su cetro. Abdicó. El año pasado ascendió a los cielos como dios del ciclismo mundial y fue coronado en los Campos Elíseos. Esta vez fue simplemente ese muchacho de Zipaquirá que luchó hasta reventarse queriendo ser el mejor. Como lo ha hecho toda su vida. Su tortura, repito, fue que su cerebro quería, pero sus piernas no podían.

“He pasado el peor día de mi vida encima de una bicicleta. Creo que en esta etapa perdí tres años de mi vida. Fui al máximo esperando el milagro que no llegó”, dijo el dios hecho hombre de nuevo. Hay que saber perder. Egan ofrece ahora esa lección de humildad y realismo. La moneda esta vez le cayó del otro lado…

Nairo Quintana, quien fuera el todopoderoso emperador del Giro de Italia y la Vuelta a España, quizás ya no pueda lograr ese sueño amarillo de ponerse la camisa dorada del campeón del Tour de Francia en lo más alto del podio. Repitió su historia reciente en la carrera. Antes fue el polen y las alergias, luego un malestar. Ayer, magullado por los golpes de sus caídas y con vendajes en el brazo, no pudo mantener el paso y se fue quedando y se fue alejando en una carretera que se empinaba y lo descolgaba.
Dios del deporte colombiano por siempre y para siempre, Nairo volvió a mostrarnos su realidad humana, sus dolores en el cuerpo, su deseo incumplido en el alma: “Intenté lo más que pude tras las caídas. Tenía mucho dolor. Intenté olvidarme de eso, pero no pude. Me duele hasta el alma…”, dijo quien padeció un nuevo viacrucis en el Tour.

Mientras tanto, al otro lado del canal de la Mancha, en Inglaterra, uno de los dioses del fútbol colombiano, James Rodríguez, empezó su esperada resurrección en el Everton de la Premier League, con victoria 0-1 contra el Tottenham.

Luego de pagar una larga condena en la suplencia del Real Madrid, se amarró los guayos de titular y volvió a mostrar toque de su magia, de su talento. En la derecha del ataque, tal y como lo quiere utilizar Carlos Queiroz en la Selección Colombia para que su zurda de seda quede de frente al arco, James fue desahogo de balón, ritmo y velocidad de juego, pase profundo, tenencia de pelota y retroceso y esfuerzo para cumplir con sus tareas defensivas. Tuvo un partido correcto con un remate cercano que olió a gol y otro chueco.

(En otras noticias: La curiosa respuesta de Ancelotti sobre el estado físico de James)

De lo terrenal de la banca y la suplencia, del desprecio y el olvido; James recibe ahora un nuevo milagro nada menos que en el fútbol inglés, en otro acto de fe de su técnico, Carlo Ancelotti, para que pueda volver a entrar al Olimpo del fútbol, como ya lo hizo una vez.

Egan, Nairo y James… ¡Dioses nuestros y de carne y hueso!

Gabriel Meluk
Editor de Deportes
@MelukLeCuenta

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