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viernes, septiembre 18, 2020

Novela completa 'Ni tú ni aquella gente', sobre la pandemia

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1

Como en los tiempos de la peste

No es la primera vez que al despertar debo tomarme un tiempo para reconocer si vengo de una pesadilla o si me muevo hacia una verdad que parece inspirada en las películas de terror, probablemente en un ejercicio de invertir el orden de las cosas: la realidad como fruto de la imaginación. Los hechos ciertos y probados como una consecuencia de la fantasía.

La ficción como ama y señora de la existencia. Aunque solo haya durado unos cuantos segundos, esta mañana estuve convencido de que todas las barbaridades que desfilaban de prisa y de manera desordenada por mi cabeza no eran más que los estertores de un sueño. Me senté en la cama, como si pretendiera alejar el aturdimiento y alcanzar la conciencia, y empecé a reírme tímida y silenciosamente de las entelequias que es capaz de crear el cerebro: aunque corría el año 2020, andábamos todos confinados en las casas. Todos: los sanos y los enfermos, los jóvenes y los ancianos, los creyentes y los descreídos, los juiciosos y los necios. Todos. Como en los tiempos de la peste. Todos. Y no solo en esta Bogotá que era difícil de imaginar vacía de puertas para afuera –vacía en las calles, en los teatros, en los parques, en los cafés– sino en la suma de las ciudades del mundo: vacía la Roma que siempre anda saturada de turistas, vacío el Madrid en el que adoro caminar por la calle de Manuela Malasaña al lado de centenares de paseantes, vacíos los cafés de Buenos Aires en los que la algarabía habla de una multitud que necesita contar sus historias. Vacíos los restaurantes de Nueva York, las plazas de Lisboa, los templos de Estambul, los burdeles de Manizales, los estrechos callejones de Sevilla, las parrillas de Montevideo y las librerías de viejo de Barcelona. Me puse de pie cuando aún se dibujaba una sonrisa en la palidez de mi cara, una sonrisa que se burlaba de las fantasías que somos capaces de producir mientras dormimos… una sonrisa que se fue perdiendo a medida que avanzaba hacia la ventana. Cuando corrí la cortina, allí estaba el silencio que imaginé como la banda sonora de un sueño que no fue.

2

Asomarse al balcón

Enorme, así es el balcón de mi casa. Enorme, aunque tenga menos de un metro de fondo. Enorme, de verdad. Jamás lo había pensado. Por el contrario, algunas veces había lamentado en silencio su estrechez y la imposibilidad de ubicar allí, por ejemplo, una parrilla que permitiera realizar en los domingos de sol un asado a lo argentino. Es decir, un asadito: aunque lo único que se pronuncie en diminutivo sea el nombre de esta costumbre que compromete varias horas. Y varias botellas de vino, dicho sea de paso, que acompañan desde los primeros chorizos que salen de la parrilla hasta los cortes que se asan a la brasa sin más prisa que la de estar seguros de tener siempre algo para ofrecer, algo para comer, en el largo ritual que reúne a las familias en torno al más sagrado de los animales argentinos: la vaca. Es cierto que el balcón de mi casa no alcanza a contener una parrilla, pero es enorme a todas luces. Me ha permitido asomarme al mundo como antes me lo permitían los aviones. Salir a las ocho en punto, cada noche, para aplaudir a aquellos que probablemente serán testigos de nuestra agonía. Respirar el aire que, antes de llegar, se carga del aroma de los saucos y de los urapanes. Tomar el sol sin más restricciones que las que impone el movimiento de rotación de esta tierra que seguirá en pie cuando los seres que la poblamos nos hayamos extinguido: a la vuelta de los meses o en millones de años. Y, al caer en la cuenta de nuestro carácter efímero, admirar las montañas enormes que se levantan en frente, ajenas al tiempo y a la estupidez humana. Admirarlas desde el balcón e inclinar la cabeza por un instante.

3

El mundo

Extraño el mundo. Sí, el puente de Austerlitz y El Cuartito de la porteña calle de Talcahuano. Los viveros de Coyoacán. Aquel inolvidable bar de blues de Chicago, cuyo nombre no recuerdo. Pero extraño, sobre todo, mi mundo. Extraño al señor Platz, que atiende ese almacén atiborrado de copas, de sartenes y de platos de mil formas: suelo visitarlo en diciembre, cuando empiezo a planear la mesa navideña, e intercambiamos algunas frases sin mayor sustancia en torno a la actualidad. Lleva sobre la camisa –y no debajo de ella– un crucifijo enorme que siempre me ha sorprendido, no solo por lo grande sino también por su apariencia de descreído. Extraño el cerezo deforme y frondoso que está a la vuelta del parque en el que mean los perros. Extraño el local de empanadas de un argentino que huyó de la dictadura, se instaló en Bogotá y sobrevivió durante mucho tiempo por cuenta de las proyecciones que programaba de clásicos del cine independiente que no eran fáciles de conseguir. Vendía en la pequeña sala vinos y empanadas de su tierra que con el tiempo desplazaron a las películas como su principal fuente de ingresos. Extraño el ritual de la cancha: la cerveza previa, el himno al que le cambiamos el final para incluir el nombre de nuestro equipo –¡Santa Fe, Santa Fe, Santa Fe!–, la vecina octogenaria que cada vez sube con más dificultad las graderías, la lechona del intermedio, los balones que se estrellan contra el travesaño. Extraño el camino cubierto de urapanes y chicalás en donde solía correr tres o cuatro veces por semana. Extraño el sonido de la vieja máquina de café de aquel local estrecho, que sigue estrecho a pesar de que lo han tenido que ampliar dos veces. Extraño el aroma del perejil en el mercado del Siete de Agosto. Extraño a mi hijo. No hacía muchos meses que se había independizado cuando se decretó la pandemia. La supervivencia le ha alborotado las ganas de aprender a cocinar, que había manifestado de tiempo atrás. Hablamos a diario, y las consultas culinarias suelen ponerle sabor a nuestras conversaciones. Es curioso esto de enseñar a cocinar por teléfono, pero ha sido una maravillosa forma de sentarnos de nuevo a la mesa. Extraño otras mesas, por cierto. Y el bosque de pinos que está a pocos pasos de la que fue mi casa de infancia.

4

Volver a barajar

Algo de mí pretende asumir el riesgo de contagio –y la pandemia con todas sus arandelas– como una suerte de desafío. Quiero ser preciso: no como el desafío que se ejerce con desdén desde la superioridad y que en últimas pretende desconocer la gravedad de aquello que sucede, la imposibilidad de que algo así –bajo, mundano, sucio y de dudosa procedencia– logre tocar a aquel que se ha puesto unos escalones arriba. No. Por supuesto que no. Me refiero, más bien, a que a una parte de mí le atrae la incertidumbre que lleva implícita la pandemia: tanto como a otra parte de este único yo que soy, pero que se despliega de mil formas y exhibe infinidad de caras, le aterra la ausencia de certezas. De fechas exactas. De secuencias establecidas. Pero a ese jugador que soy –que también he sido–, al que aprendió de niño a apostarle al diecisiete negro, al que adora las largas noches de toruro, al que le gusta más el póker que los seguros de vida, le resulta fascinante apostar por las cartas tapadas y esperar el veredicto. No hay juego en el que todos ganen, no hay juego en el que todos pierdan. Y cada vez que se baraja, el naipe trae nuevas verdades. Nadie les garantiza a aquellos que tenían el as, el deseado, que de nuevo les corresponda en suerte al volver a barajar. No elegí este juego que trajo consigo la pandemia ni tampoco pedí jugar. Pero acá estoy, sentado en la mesa, esperando que el crupier mezcle las cartas con esos malabares que siempre he admirado y reparta suerte. Acá estoy.

5

Terminar el viaje

Viajo en el último vagón de un tren que se abre camino en medio de la selva. Lento, como aquellos que me hicieron enamorar de los trenes en esa España modesta que todavía sumaba en pesetas. Suenan, de repente, unas guitarras festivas que pretenden darle forma a un vals. Por momentos, el tren corre paralelo a un río de aguas cristalinas pero escasas. El corazón se acelera cuando creo confirmar que avanzamos en dirección a Aguas Calientes. Espero con emoción el paisaje que se abre después de cada curva: con emoción y con curiosidad, aunque cada postal es muy parecida a la anterior. Pero sé que de un momento a otro aparecerá la montaña que justifica todas las esperas, todas las ilusiones, todas las curvas. Sin embargo, a punto de entrar en la recta final, despierto. Me demoro en aterrizar en la dolorosa realidad de aquellos días. Cierro los ojos con la ilusión infantil de terminar el viaje, pero de nada vale. Me pregunto si algún día volveré a subir a aquella montaña vieja de la que siempre se regresa renovado, y asumo mi propio silencio como respuesta.

6

Vargas y García
(Personajes de novela)

Había logrado, por fin, caracterizar a los personajes de mi próxima novela, cuando empezó esta locura colectiva llamada Covid19. O coronavirus, como impropiamente se le conoce. Pero, a fin de cuentas, ¿quién se fija ahora en precisiones si no hay lugar para la confusión? ¿Acaso existe un ser sobre la faz de la tierra al que, por estos días, se le ocurra algo distinto a la pandemia que se nos vino encima cuando le mencionan la palabra virus? Les contaba, sin más consideraciones, que tenía clara la fisonomía y claros los rasgos de la personalidad de Vargas y de García, que son los protagonistas de esa novela a la que llevo tanto tiempo dándole vueltas en la cabeza y de la cual tantas notas sueltas he tomado en libretas y en cuadernos. También en el reverso de esas facturas que me acompañan cuando se me ocurre una idea que considero definitiva para la historia, aunque muchas veces, al llegar a casa, lo aparentemente definitivo se diluya pronto y se sume al listado de las iniciativas imposibles. Vargas era, como habría dicho mi madre, de notable estatura y buena presencia. García, en cambio, no llamaba la atención por su aspecto físico, pero muy pocos se resistían a la tentación de acercarse a él una vez lo oían hablar. Vargas y García eran narradores natos. Dominaban el lenguaje. Eran precisos en sus descripciones. Tenían el don de la palabra. Sabían contar historias como pocos. Ellos son los protagonistas de la novela que aún no aterriza en el papel, pero en la cual pretendo avanzar si el virus y el ánimo y las noticias y los vecinos me lo permiten.

7

La hierba entre mis dedos

Hoy han sido unas lentejas. Me he pasado un par de horas picando las cebollas: la larga y la cabezona. Pelando los tomates. Cortando los tomates. Triturando el ajo, y sintiendo cómo su aroma se apodera del ambiente. Y volviendo a pensar, a sentir, a confirmar, que ese olor me gusta. Que ese olor siempre ha sido un buen presagio. Un par de horas arrancando las delgadas hojas del tomillo. Agregando el orégano a un caldo que empieza a adquirir gracia. Y restregando la hierba entre mis dedos, que luego llevo a la nariz y respiro hondo, como perro, como catador de caldos de uva, como adicto. Hoy han sido unas lentejas. Ayer, un pernil que se cocinó a fuego lento. Hasta que la piel se hizo crujiente. Sin prisa. Con una ilusión que no es nueva, pero que en estos tiempos de encierro cobra más valor. Se multiplica. Se prolonga. Una ilusión que reemplaza viejas ilusiones: la de seguir descubriendo un mundo viejo y conocido en el que siempre había esquinas que aún no habíamos cruzado y a la vuelta de las cuales estaban las historias. La vida de los otros. El cine sin pantallas. Los titulares. Hoy han sido unas lentejas. Y sentí, con el primer bocado, que devoraba mundos y secretos y tradiciones aprendidas al lado del fuego. Y tomé fuerzas para resistir un poco más.

8

Lágrimas y ríos

Supongo que los merengues que quedan en el punto ideal se deshacen cuando los tocan. Se rompen con extrema facilidad en mil pedazos. Se vuelven harina. Por eso será que en algunos lugares los llaman suspiros: efímeros, inabarcables. Y así andaba yo, en palabras de mi mujer –como un merengue– uno de estos días. Días tan parecidos que muchos de ellos se confunden con la víspera. Así andaba uno o dos o diez días de estos que se repiten, que se alargan como si no tuvieran vencimiento. Como un merengue: me deshacía si me rozaba un recuerdo, si me tocaba una reflexión, si la imaginación me llevaba a emprender ciertos ejercicios que a toda costa debía evitar. Si dudaba de la posibilidad de salir con vida de este extraño e impredecible capítulo que la historia parecía querer escribir con prisa. Si revisaba las cifras de contagios y de muertes y comprobaba en el mapa que la flecha del virus había dado en blancos en realidad muy cercanos. Si pensaba que tal vez no volvería a ver a estos o a aquellos. Y, de repente, lo que parecía apenas un llamado de la nostalgia, si acaso capaz de sacar de cauce una lágrima, se convertía en un río. Un río impúdico que algunas veces se desbordaba mientras me detenía en alguna de las postales que guarda el álbum de mi memoria: una caminata rumbo al cabo San Juan, por ejemplo. O una medalla en Buenos Aires.

9

La ingenuidad, la fantasía

Quizás allá está el remedio para el ánimo y para el espíritu: en esa infancia a la que viajé sin saber a dónde iba, cuando mi pequeña hija me invitó a armar casas con ladrillos de colores, a encontrar las piezas de ese rompecabezas en el que reinan los mares, a empujar la primera de las casi treinta fichas que iban cayendo en el tablero una detrás de la otra. Allá está la inmortalidad. La ingenuidad –la bella ingenuidad: no la del tonto sino la de aquel que no conoce la malicia–, la fantasía –la que permite ver este mundo como si fuera un paraíso–, la ilusión. Allá está la imaginación, capaz de transformar la realidad cuando nos resulta adversa. Está el presente, y solo importa el momento en que se vive, en que se juega, en que se avanza tomados de la mano de quien nos guía siempre hacia un puerto seguro… pero ni siquiera importa el puerto, sino el camino que conduce a él. Sí, en la infancia está el remedio. En la infancia vuelta a visitar. En la infancia recobrada, a la cual queremos aferrarnos con un ancla poderosa si somos capaces de despojarnos del maquillaje de los años, de las muchas capas de estupidez que nos han ido cubriendo. Allá, en el piso en el que nos tiramos sin prevenciones para mover las fichas del mundo que creamos. Allá, al otro lado del agujero que nos lleva al país de las maravillas. Un país al que tal vez jamás pueda llegar el maldito virus.

10

No será a través de las pantallas

Hay dos o tres amigos a los que me he negado a ver a través de las pantallas. Nos hemos reunido cientos de veces, aquí y allá, para celebrar la vida. Hemos establecido rituales privados que con el tiempo dejaron de ser caprichos y casualidades para convertirse en costumbres. La última vez que vinieron a casa comprobé que llevamos varios años sentándonos en los mismos lugares. De eso no me había dado cuenta. Lo que sí tengo claro desde hace mucho tiempo es que con descarada frecuencia le pido a uno de ellos que repita esa historia que me fascina del día en que se subió al escenario para suplantar a uno de los integrantes de Les Luthiers con el que tenía un evidente parecido. Y él la repite siempre como si fuera la primera vez que la cuenta. Con el mismo entusiasmo. Como si hubiera sucedido la víspera. De alguna manera es como si siguiéramos una partitura: no solo sabemos lo que va a pasar sino que conocemos los puntos de giro de la historia, los momentos en los que el suspenso se convierte en una fuente de risas incontenible. Y esperamos para reírnos en el momento preciso, aunque conocemos ese momento y podríamos anticiparlo. Pero sería tanto como violar unas reglas que nadie ha propuesto, que nadie ha promulgado, pero que se han ido estableciendo con una naturalidad de la que solo el tiempo es capaz: como el musgo que se va adhiriendo a las cortezas de los árboles hasta que forman parte de la corteza misma. Otras veces les pedimos a este amigo y a su mujer –inseparables, como el musgo de las cortezas– que repitan aquella interpretación célebre del ventrilocuo. Pero suelen negarse. También aquella negación forma parte de los rituales que se han ido estableciendo. Como el “no” de los cortejos, que tantas veces anticipa un “sí”. Y sabemos que otra vez veremos aquel acto que estuvo a punto de hacernos explotar de la risa cuando lo presenciamos por primera vez. Volverá. Pero no será a través de las pantallas. Hemos decidido darle la voz al extrañamiento mientras podemos volver a reunirnos. Quizás la próxima vez les prepare ese estofado que tanto les gusta.

11

Distraer las ganas

Hay días, como este que agoniza, en los que no me hallo cómodo en ningún lugar de la casa, en ninguna actividad. Concentrarme es un desafío mayor, y terminar tareas, un propósito imposible. Me asomo al balcón con cualquier disculpa: el trino de un pájaro, la sombra de una nube negra, el aroma de los eucaliptos que se alborota de repente, y a veces creo inventar sonidos en medio del silencio de la cuarentena como si sacara conejos blancos del sombrero negro del mago. Los invento para levantarme de la silla, para distraerme a la fuerza, para escapar del encierro sin salir de las cuatro paredes de mi apartamento. Concibo sonidos así como multiplico la necesidad de consultar el diccionario en busca de las palabras que me ofrezcan el significado preciso para aquello que escribo o aquello que pienso. Alimento la manía de volver a enfrentarme con las primeras frases de novelas leídas tiempo atrás, para concluir, por ejemplo, que “¿Encontraría a la Maga?” es un comienzo genial. El hambre no tengo que inventarla: la conozco desde siempre, la llevo en la sangre y habla de mi raza. En busca de un puñado de marañones o de una pastilla de chocolate amargo me levanto de la silla decenas de veces. Hay días, como este que agoniza, en los que busco con ansiedad palabras y marañones y nubes negras para tratar de distraer las muchas ganas que tengo de lanzarme a la calle.

12

Ni tú ni aquella gente

Yo soy la muerte, yo soy la muerte… la muerte soy. El hombre del corbatín ha puesto a sonar a El Gran Combo de Puerto Rico. Me refiero al vecino del edificio naranja, cuarto piso, interior, derecha. Desde que paso tantas horas al día en esta habitación que me hace recordar a Hitchcock, sé unas cuantas cosas de la vida de este hombre y de otros vecinos de los que nos ocuparemos en su momento. Sé que vive solo, que acompaña sus almuerzos con una copa de vino tinto, que duerme siestas de treinta o cuarenta minutos, que es fanático de Beethoven, que los martes repite la camisa de los lunes, que usa corbatín casi todos los días… incluso, algunos sábados en los que no lo veo conectarse a ese computador desde el cual parecería asesorar a aquellos a quienes les pesa sobremanera la incertidumbre de esta pandemia. Hoy se ha permitido mucho más que una copa de vino y ha reemplazado la música clásica por salsa. Primero Willie Colón: empezó con Oh, ¿qué será? y terminó con Todo tiene su final. No sé si la puso a rodar a propósito o si cayó en la cuenta de la brutal coincidencia con los tiempos que vivimos cuando la oyó sonar, y decidió subirle el volumen y repetirla un par de veces. Antes de El Gran Combo se animó a bailar con el Grupo Niche. Y ni siquiera cuando me descubrió mirando hacia su ventana decidió bajar la cortina o suspender sus movimientos. Siguió dando vueltas y tomando vino hasta cuando llegó la muerte y le dijo que “no se salva nadie, ni tú ni aquella gente”.

13

Útero

Hay días en los que la incertidumbre amenaza con ganar la partida. Días en los que no aparecen las respuestas, y las reservas de entusiasmo y de optimismo no alcanzan para calmar la inquietud de un alma en vilo: ¡de mi alma en vilo! Reviso un par de estantes de la biblioteca, abro la nevera para dejarme tentar, miro de reojo las botellas del bar, consulto las sugerencias de Netflix… paso el índice sobre los lomos de algunos clásicos pero sigo de largo, cierro la nevera con las manos vacías, dejo las botellas en su sitio, apago el televisor. Salgo al balcón y dejo pasar el tiempo mientras reconozco en el viento que baja de los cerros a un viejo amigo. Pero no es al viento a quien busco. Es uno de esos días en los que quisiera llamar a mi madre –necesitaría llamar a mi madre– para que me diga que todo va a estar bien. Eso es… nada más. Volver al útero por un buen rato sería el único remedio posible.

14

Vargas y García
(Pacífico y Caribe)

Lo tenía claro. Tal y como les enseñaba a mis alumnos de literatura, había construido la hoja de vida de los personajes de mi novela. Los conocía a la perfección antes de escribir la primera línea. Sabía de ellos muchas más cosas de las que contaría en la narración, porque necesitaba estar seguro de cómo reaccionarían ante determinadas circunstancias. Había aprendido desde muy joven que los personajes de papel, al igual que las personas de carne y hueso, responden a los estímulos, a las adversidades y a las tentaciones según como hayan vivido su infancia, como hayan sido criados y de acuerdo con las constantes de su estirpe. Por eso, por ejemplo, conocer a los padres de los personajes resulta relevante, aunque jamás aparezcan en el texto. Y las coincidencias que uno logre o decida establecer entre protagonista y antagonista puede explicar sucesos determinados o incluso el rumbo de la historia. Y había decidido, como una apuesta caprichosa, que tanto en la infancia de Vargas como en la de García resultarían más importantes sus abuelos que sus padres. Hasta ahí las similitudes, porque Vargas era el hijo único de un matrimonio de clase media que se separó poco antes de su nacimiento, mientras que García era el mayor de los dieciséis hijos de un telegrafista de pueblo y de la hija de un coronel del Ejército. Sabía también que Vargas y García habían nacido con ocho años de diferencia, muy cerca de océanos distantes y distintos. El primero, que era menor y confeso admirador del segundo, junto al Pacífico imponente, y García muy cerca del Caribe ruidoso y festivo que definió el carácter de los protagonistas de su obra literaria. Eso sabía, entre otros muchos detalles, antes de sentarme a escribir el comienzo de esa novela en la cual, tristemente, la pandemia me ha impedido concentrarme.

15

Ni siquiera el aire

Los miro como sospechosos, y sé que también yo lo soy para ellos. Los miro con desconfianza, con temor. Los miro de reojo, reviso si tienen bien puesto el tapabocas –me gusta como lo llaman en la Argentina: barbijo–, si llevan guantes, si un rubor en su cara o un brillo en sus ojos podría ser indicio de fiebre. Mido con la mente el par de metros que recomiendan como barrera, cruzo de prisa frente a ellos y pongo atención para establecer si conversan. Aterrizan en un restaurante que despacha sopas y ensaladas. Serán cocineros, imagino. Mientras me alejo, pienso si habrán atravesado la ciudad a bordo de uno de esos buses rojos que casi siempre llevan gente en exceso, si se habrán aferrado a los tubos a los que otros cientos de pasajeros se aferraron antes, si se habrán lavado las manos con suficiente jabón… y pienso, con asco ofensivo, que no quisiera una ensalada de aquel lugar. No termino mis preguntas sin respuesta ni mis suposiciones inútiles cuando calculo que tendré que pasar al lado de la mujer encargada de la seguridad en la tienda a la que he elegido ir y a la cual estoy por llegar. ¡Maldición! Creo advertir que su tapabocas no es más que una tela porosa por donde podrían desfilar sin incomodarse los camellos bíblicos que pasaban por los ojos de las agujas. Paso de prisa y llego sin escalas a la góndola del arroz –¡cuánta falta me hace un buen basmati!–, y encuentro a un hombre con bata blanca que revisa diversas referencias, hasta que opta por un paquete de arroz bomba. Doy media vuelta, aterrado, salgo del lugar y camino tres calles más en busca del arroz que allí no pude comprar, como si la nueva tienda a la que voy pudiera ofrecer granos impolutos, jamás tocados por las manos del hombre. Como si mis propias manos no pudieran llevar el temido virus, acaso adquirido apenas unos minutos atrás, acaso multiplicándose en mi organismo, silencioso, durante la última semana. Fueron tres calles de ida y otras tres de vuelta sintiendo como sospechoso a todo aquel con el que me cruzaba. Tomando distancia. Aguantando la respiración para no compartir ni siquiera el aire… Me aterra la idea de pensar que así será durante mucho tiempo este mundo que hasta hace poco fue de manos entrelazadas, de abrazos apretados, de uno o dos besos, y en el que ahora todos somos sospechosos. También yo.

16

El mismo atajo

La vida nunca volverá a ser igual, dicen por ahí. Y yo añado que ojalá sea así. Para algo ha de servir esta peste, pienso. ¿Seguirle sumando ejemplares a la colección de relojes? ¿Volver a pagar cuatro o cinco dólares por unas papas fritas que a los campesinos les pagan con unos pocos centavos? ¿Pensar que lo importante está en la marquilla? ¿Pagar por una etiqueta? De repente nos damos cuenta de todos los esfuerzos inútiles que hemos emprendido, de todas las ilusiones vanas que habrá que echar en el olvido. Acumular, sumar, multiplicar, exhibir, lucir. Si logramos caer en la cuenta de que estos han sido los verbos que más hemos conjugado –los que nos gusta conjugar, los que nos hacen sentir bien, los que nos llenan, los que nos nutren– la pandemia habrá valido la pena. Solo con eso –que no es poco– habrá valido la pena con creces, aunque hayamos corrido el riesgo de perder la vida… y aunque aún lo estemos corriendo. Una vida que nunca volverá a ser igual. Y si así fuera –si todo pretendiera seguir como antes, como siempre; si nosotros, que hemos caído en la cuenta, insistimos en seguir transitando por el mismo atajo– más habría valido que el riesgo ganara definitivamente el juego.

17

La trece

Cierro los ojos y visito algunos de los lugares prohibidos. Anoche caminaba por una calle comercial de Chapinero –la trece– cuando me quedé dormido. ¿Por qué caminaba precisamente por allí? ¿Por qué esa calle en la cual el tiempo y el mal gusto han hecho tantos estragos? ¿Por qué elegí uno de los lugares que menos me emocionan de Bogotá para visitar desde mi encierro? Aunque llegué a la trece aún despierto –no fue un capricho de los sueños, que suelen llevarlo a uno a destinos no buscados; a veces, incluso, a lugares que ni siquiera existen–, podría decir que aquello fue un aterrizaje forzoso. En realidad, no había acomodado las almohadas en el espaldar de la cama con la intención de caminar –caminar sin moverme, por supuesto, para estar en concordancia plena con la virtualidad que había ido tomando la vida: una vida en la cual, ahora, las reuniones de trabajo eran virtuales, los brindis eran virtuales, las clases de matemáticas eran virtuales, las visitas a los museos eran virtuales– sino para viajar a un momento específico del pasado: el día en que, luego de valerme de un artificio de dudosa pulcritud, había conseguido cuatro boletas para la final del campeonato de fútbol en la que mi equipo rompió una mala racha de casi treinta y siete años. Salí del expendio en el que logré burlar una fila de varias calles y caminé de prisa hacia una librería de textos usados y revistas viejas que había en la carrera trece, me dirigí hasta el fondo del salón y allí, al amparo de las estanterías, saqué del bolsillo secreto de la chaqueta las cuatro boletas que constituían mi tesoro. No había tenido tiempo de admirarlas, y eso fue lo que hice en aquel local: revisarlas, palparlas, asumirlas como un fetiche que aún conservo. Por eso llegué a la trece. Ayer, cuando salí de la librería tantos años después, recorrí sin prisa esa calle en la que mi madre solía comprarme zapatos y cuadernos en la infancia: entré a ese local con acento español en el que venden churros y pinchos, rechacé las tarjetas de masajistas y prestidigitadores que me ofrecieron en las esquinas, me divertí con el exceso de hormonas de algunos maniquíes que exhiben ropa interior, me detuve frente al local de dulces que con seguridad lleva al menos medio siglo en la misma esquina, esquivé a los loteros, pregunté por la miel de rosas, curioseé relojes falsificados, acepté la exposición sobre los beneficios de la sábila y evité los aromas del mondongo que despedía un restaurante estrecho e incómodo a punto de llegar a la esquina por la que siempre cruzaba para ir al estadio. El sueño me venció antes de que comenzará algún partido improbable. No logré ver las banderas rojas que animan a mi equipo. Tampoco alcancé a proponerme recorrer calles más agraciadas la próxima vez.

18

Extrañamiento y sopor

¡Qué más da!, pienso, y mando a la mierda las responsabilidades del día porque me han dado unas ganas inaplazables de continuar con la lectura de La nieve del almirante. Hoy no habrá conferencias a distancia ni cuentas por pagar. Las consultas urgentes tendrán que esperar, entre otras razones porque la pandemia ha alterado el orden de prioridades. Y hoy mi prioridad es la novela que empecé a leer anoche y en la cual avancé hasta que el sueño empezó a encender las alarmas. Quería seguir, pero los ojos se me cerraban. Cuando tuve que leer por tercera vez un párrafo para entender lo que allí decía, no obstante la maestría con la que está escrito, comprendí que era el momento de cerrar el libro. Aterrizo en el 13 de abril de esta historia escrita a manera de diario, y encuentro en las palabras de Álvaro Mutis una que otra similitud con la aterradora realidad de estos días: “Este contacto con un mundo que se había borrado de la memoria por obra del extrañamiento y del sopor…”. No volveré a las tareas pendientes hasta que alcance el punto final. Hoy, mi atención estará puesta en las aventuras de Maqroll el Gaviero. Lo demás puede esperar.

19

Casi la última fila

Habíamos dicho que esta historia del tal coronavirus sucedía en China y solo en China y no tenía por qué alarmar a quienes vivíamos a tantos miles de kilómetros de ese país que lo ha inventado casi todo –incluida la pasta, símbolo por excelencia de la Italia– y que lo fabrica casi todo: casi todo lo que exhiben las estanterías de los almacenes populares de las ciudades más insignificantes de occidente y buena parte de aquello de lo que se ufanan en los catálogos más exclusivos del primer mundo. Eso habíamos dicho. Y habíamos jurado que el tal coronavirus sería tan improbable –fuera de China– como las loterías, como las historias de amor sin fisuras, como la honestidad de quienes manejan los recursos públicos. Pero el virus escapó de China, conquistó a Europa de oriente a occidente, viajó a América, y cuando estaba a punto de llegar –la víspera, tal vez– andaba yo tosiendo una gripa mal cuidada, una gripa que se aprovechó de mi pasado de fumador empedernido, una gripa de esas que aprieta narices y explota gargantas, y así, pañuelo en mano, me tuve que subir a un avión en el que todos me dedicaban una mirada cada vez que tosía, y cada vez que tosía pensaban ellos y pensaba yo que tal vez el tal virus de la China había cruzado fronteras y me había elegido como su embajador en las Américas. Lo pensaba, lo creía. Y estoy convencido de que mis vecinos de silla –casi la última fila, casi el baño– contaron uno a uno los catorce días probables del contagio –como los conté yo y los fui tachando en el calendario– para volver a dormir tranquilos un par de noches más, hasta cuando estornudó la vecina o el mensajero llamó a la puerta.

20

Una suma de piezas que encajan

Será el silencio de un mundo que anda a media marcha y que, por momentos, más parece desconectado. Será la fuerza que han tomado los músculos de la lengua –son diecisiete… lo supe hace poco–, que son los que más se ejercitan por estos días y que sueltan con más ímpetu las palabras. Será la imaginación, alborotada como pocas veces, con ganas de encontrar significados, de maquillar gestos, de exagerar sonidos. Será lo uno, será lo otro, será una suma de piezas que encajan… A la postre, lo cierto es que lo dicho a veces retumba en las paredes, incomoda a quienes comparten con nosotros este encierro impensado, hiere a los que están sacando fuerzas del laberinto profundo de su ser para poner buena cara cuando no dan ganas ni siquiera de asomarla al mundo. Se repiten las preguntas, como el eco. Se agrandan las quejas. Se multiplican los lamentos. Por fortuna, he descubierto que también se multiplica la gratitud. Y que en esas ocasiones en las que es necesario pedir perdón –así son las relaciones humanas: a veces nos equivocamos, a veces lo reconocemos, a veces nos diculpamos– no hace falta decirlo más que una vez. En voz baja. Al oído. Al fin y al cabo, andamos muy cerca los pocos que podemos estar cerca, los que no tenemos que medir en metros las barreras y abstenernos de los abrazos. Andamos muy cerca los unos de los otros y todo suena un poco más fuerte. Para bien y para mal.

21

Carmín verdadero

Todo va a estar bien. Así decía, con hermosa caligrafía infantil, el cartel que me sorprendió esta mañana mientras caminaba rumbo al mercado buscando el cielo más allá de los edificios, mirando sin vergüenza a los que me espiaban desde sus ventanas porque no tenían nada más que hacer… o no se les había ocurrido. Estaba adornado con un arco iris en tonos pastel y dos o tres corazones más rojos que los atardeceres de la cuarentena, sin la niebla mentirosa del esmog. Corazones pintados con carmín verdadero, tan encendidos como el optimismo de aquel niño, de aquella niña, que no parecía hablar desde el deseo sino desde la anticipación. Era una premonición a la que quise aferrarme mientras veía pasar, como zombis, personajes de un mundo en liquidación. Lo agradecí con una sonrisa que se convirtió en un llanto callado, prudente, contenido. Sin embargo, de vuelta, al deshacer los pasos camino a casa y volver a leer el cartel, supe que aquella sentencia, como tantas frases con las que nos calmaban las abuelas, era cariñosamente mentirosa. No pude creerle esta vez, pero la agradecí desde un corazón tal vez menos rojo que los corazones de fantasía que la acompañaban.

22

Vargas y García
(Novelistas en calzoncillos)

Aunque los protagonistas del relato que intento escribir en medio de la incertidumbre de la pandemia y del desconcierto del aislamiento son personajes cultos y destacados novelistas, se trata en realidad de una historia intrascendente. Ojalá divertida. Pretendo soltar un rayo de humanidad sobre estos seres convertidos por muchos de sus lectores y algunos de sus críticos en una suerte de dioses con quienes la cultura tiene una deuda inmensa y a los cuales debe rendirles culto. Más que leer, he auscultado una que otra biografía y decenas de historias –supongo que casi todas reales– de escritores que han alcanzado el éxito. Algunos, la gloria. Pretendo verosimilitud en mi narración. Pero insisto en que, como no sea para ofrecer algo de contexto o establecer un contraste oportuno, no me interesa detenerme en las páginas ilustres ni en la grandeza de Vargas y de García: por el contrario, quiero presentarlos en situaciones en las cuales priman los instintos que los pensamientos, lo innato que lo aprendido, lo animal que la sabiduría… por momentos pienso, incluso, que me gustaría mostrarlos en condiciones de vulnerabilidad. Allí en donde no valen los pergaminos ni los títulos, los premios ni las distinciones. En calzoncillos, como habría dicho mi padre. Eso lo tengo claro. Ahora solo me falta un poco de calma –esperar que pase el chaparrón– para sentarme a jugar con las palabras.

23

Fin del mundo

Por un momento pienso que ha llegado el fin del mundo. Siento que recorro el túnel aquel del que hablaban, aunque aún no veo la luz ni el final del recorrido. Acepto por un instante que mi madre tenía razón, que el más allá sí existe e imagino que muy pronto seré castigado o premiado. Lo primero, supongo, porqué no acaté los preceptos en los que tanto me insistieron, me pasé los mandamientos por la faja, no reconocí a los representantes de dios en esta tierra que está a punto de quedar deshabitada. No sé si lo que oigo es un coro celestial o un lamento multitudinario de almas en pena. Me demoro en entender las palabras que me zumban en los oídos: ave maría, gratia plena, dominus tecum, benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui, iesus… Con un esfuerzo descomunal abro los ojos para resolver el misterio y noto que duermo –cosa rara en mí– con la cabeza bajo la almohada. Tardo en comprender que lo hago en un intento por aislarme de aquel sonido que me sacó del sueño y que proviene del piso de abajo, en donde la vecina se ha entregado a la oración. Al parecer ha sintonizado un canal religioso y repite las palabras que un grupo de mujeres en trance entona con emoción. Son las cuatro y media de una mañana que ha comenzado mal.

24

Soñaban con salvar vidas

A algunos los despiden como si fueran para la guerra: con el temor de no volver a verlos. Pero, a diferencia de los adioses cinematográficos de aquellos que partían para el frente de batalla, sin besos y sin abrazos. Con llanto: eso sí. Y mil te quieros que se quedan resonando como el eco en los profundos cañones de los ríos. Y señales de la cruz que los creyentes les lanzan a los enfermos como si fuera incienso. Y medallas que les ponen al lado de la camilla, en el vientre de una ambulancia que huele a lejía. Y estampas a las que les han asignado poderes milagrosos y que meten con sigilo en los bolsillos de una camisa que pronto será reemplazada por una bata de enfermo. De alguna manera –de otra manera– van a la guerra. A pelear por la vida. A defenderse sin armas. Y a entregarse, porque no encontraron otra forma de salvar el pellejo. Van, como tantos heridos de guerra, a hospitales de campaña en donde no hay visita posible. No hay teléfono para llamar. Y, difícilmente, alguien que dé razón de ellos o que les lleve un recado. Van a engrosar las filas de los caídos –y de paso las estadísticas–. Serán uno más en las largas hileras de camas estrechas. A izquierda y derecha, moribundos que mañana quizás no estén. El ruido de los respiradores se confunde con los estertores de aquellos que están muy cerca de cruzar la verdadera barrera del tiempo. Médicos y enfermeras no demoran en pasar revista de nuevo: ordenarán un remedio más fuerte o firmarán de una vez por todas el certificado de defunción. Y volverán a casa con la desazón de haberle entregado otro paciente a la parca. Cuando eligieron la profesión, soñaban con salvar vidas.

25

El viejo que no morirá

Estas páginas no constituyen un diario. Mucho menos un informativo. Pero quería anunciar –con tantos meses de demora como aquellos que transcurran hasta la improbable lectura de estos párrafos– que acaba de morir el escritor Luis Sepúlveda.
Setenta años vividos en países distantes, después de que fue obligado a huir del suyo durante la dictadura criminal de Augusto Pinochet. Recorrió buena parte de este mundo ancho y diverso a bordo de barcos enormes que perseguían a los asesinos de ballenas. Y fue encontrando motivos para sus narraciones en lejanos poblados, en selvas inhóspitas, en desiertos poco explorados. A Sepúlveda lo mató el hijo de puta virus que está matando a tantos, pero que no podrá matar a Antonio José Bolívar Proaño, el viejo que leía novelas de amor en un caserío recóndito del Amazonas, y que el chileno convirtió en protagonista de ese relato que enloqueció a los lectores europeos que tanto extrañaban el boom latinoamericano.

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París sin gárgolas

Calculo que tiene mil piezas. Tal vez mil quinientas. El vecino le dedica poco menos de una hora al día, casi siempre después de la cena, a cumplir con el desafío de reconstruir la que parece, desde mi posición, la catedral de Notre Dame, en París, antes de que el incendio voraz de abril de 2019 derrumbara su empinada aguja. Hablo del vecino, en singular, porque su esposa ha dejado de colaborarle en el empeño. Los primeros días ayudó a encontrar las piezas del marco, que suele ser lo primero que casi todos arman, incluidos los vecinos del moderno edificio de ladrillo y concreto que contemplo desde mi habitación. Están un piso arriba de aquella señora cuya vida parece girar en torno a una gata llamada Matilda, a la que le abre la ventana de la pequeña sala –desde mi indiscreto mirador se advierte su estrechez– para que salga a dar una vuelta por los tejados vecinos, quizás a cazar alguna rata distraída o un murciélago como el culpable de esta tragedia que nos tiene encerrados. Pasa largas horas con la cabeza pegada al vidrio, y nunca la he visto en compañía de otra persona: ni siquiera antes de la cuarentena. A eso de las ocho, cada noche, deja libre a Matilda por última vez y, si es que a esa misma hora la señora se mete en la cama a buscar el sueño, puede tener la tranquilidad de que sus vecinos de arriba no la importunarán: la discreta pareja del quinto piso se concentrará en actividades silenciosas: ella en la lectura –quiero creer que lee La peste de Albert Camus– y él en la reconstrucción de Notre Dame. Está a punto de terminar la torre más cercana al boulevard Saint-Michel. Quisiera admirar desde mi lugar las fabulosas gárgolas que adornan la catedral, pero debo conformarme con saber que durante estos días de incertidumbre he podido contemplar una bella parte de París desde mi ventana.

27

Cantar la desgracia

Nos tendremos que incomodar: hay gente con hambre que ha salido a las calles en busca de comida. Prefirieron el riesgo del contagio que el de la inanición. Lo suyo era el rebusque, el día a día, los trabajos de ocasión, la caridad de los paseantes, el reciclaje de botellas vacías. Ahora se valen de su voz –voces de ópera que se oyen a un par de calles– para llamar la atención de los que hemos tenido la suerte de llenar la alacena. Más que plata, piden comida. Y a veces oímos sus voces cuando estamos a punto de terminar la sopa. Cuando acabamos de servirnos un poco más de aquello que tanto nos gustó. Y nos duele. Y por momentos es un dolor que incomoda, que nos impide el disfrute pleno de aquello que estuvo tantas horas a fuego lento. Cantan su desgracia y su necesidad desde la calle, y su lamento sube y se cuela por las mismas ventanas y los mismos balcones por donde escapan los aromas del romero y del azafrán. Y se estrellan en el vacío, mientras mis pensamientos le dan paso a una certeza: nos tendremos que incomodar.

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Vargas y García
(Los buenos vecinos)

Creo haber encontrado el suceso fundamental de la historia que quiero escribir: aunque Vargas y García se leen, se admiran, se apoyan, se recomiendan, se aprecian, un día se encuentran en el imponente Museo de Bellas Artes de la Ciudad de México y se van a los golpes. A la vista de no pocos asistentes a una gala cultural. Y jamás se sabe a ciencia cierta cuál es el motivo de aquella pelea. ¿Acaso la fama? ¿Acaso el alcohol? ¿Acaso una mujer? Me estoy aferrando a la idea de un final abierto. De una historia que jamás concluye, que jamás aclara lo sucedido. Quiero que la novela sea algo así como una suma de versiones encontradas de lo que pudo haber ocurrido para que esa noche Vargas le soltara con su fuerza de toro bravo y desde su altura de picador un puñetazo efectivo a García. Un golpe que lo lanza al piso, que lo lastima, que le colorea un ojo. Y que pone en grave riesgo una amistad que alcanzó su apogeo en Barcelona, en donde fueron vecinos… buenos vecinos. Y en donde, junto con sus mujeres, vivieron parrandas inolvidables.

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Un sueño placentero

Una endoscopia inaplazable –un espía que entraría por la boca y revisaría buena parte de mi interior sin pudor alguno– me llevó a la clínica en los primeros días de la pandemia. Ya lo sé: era el peor momento para ir a una institución de salud, pero no lo decidí yo. Me internaron la víspera del examen para realizar algunos estudios previos, y el día de la endoscopia fueron a buscarme a la habitación muy temprano en una silla de ruedas que no necesitaba pero que formaba parte del protocolo. Cuando llegué a la sala de procedimientos encontré a una mujer tan nerviosa como hacía un buen tiempo no veía. Ni siquiera en la sección de urgencias que recorrí la noche anterior de un extremo al otro y en donde es común encontrar madres desesperadas, ancianos temerosos, esposos desconsolados. La examiné tal vez sin la prudencia debida para confirmar que, en efecto, formaba parte del cuerpo médico y era una de las cuatro personas que estaría a mi lado durante el procedimiento. Se encargaría de inyectarme esa sustancia de la cual procuro no conocer su nombre, pues sus efectos poco antes de dormir al paciente son tan placenteros que podrían generar adicción. A diferencia de la gastroenteróloga, que había tomado las precauciones necesarias pero no se había permitido exageraciones, la anestesista parecía a punto de iniciar un viaje intergaláctico: en realidad, temía que el contagio del Covid-19 le anticipara un viaje al más allá para el que aún estaba joven. A las capas de protección que llevaba desde el comienzo le fue sumando otras cuantas que la engordaron, la disfrazaron y me hicieron preguntarme en silencio –esas preguntas inútiles de las que uno no conoce la respuesta y ni siquiera pronuncia en voz alta– si acaso el temido microorganismo ya habría visitado aquella clínica y el contagio anduviera a la vuelta del pasillo. Me río cada vez que me acuerdo de la pregunta que me hizo, unos minutos antes de inyectarme placer, aquella especialista en dormir a los enfermos: ¿no cree usted que debería traer un tapabocas? No supe qué decirle; al fin y al cabo necesitaba la boca despejada y bien abierta para que entrara el espía. Es probable que más adelante deba comerme la risa. Por lo pronto me divierte la escena de la doctora Escafandra.

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Como náufragos

Cuántas veces habíamos jugado en los años juveniles a imaginar que naufragábamos en una isla desierta con la mujer que llevábamos en el corazón. ¡Sucedió! Acá estamos, el uno para el otro las veinticuatro horas del día. Acá estamos, un día tras otro, un amanecer tras otro, una noticia tras otra, en esta isla de cemento, rodeados de virus por todas partes, guardadas las embarcaciones y cerrados los bares a donde solíamos ir después del cine, una ginebra con rodaja de pepino para ti y una copa de malbec para mí, a desentrañar la película y a medir qué tantas preguntas nos dejó flotando en la cabeza, como nos gusta, o a reírnos de nosotros mismos, con burla, con saña, por haber elegido tan mal… aunque nos gustaba correr el riesgo porque, en todo caso, siempre habría un malbec y una ginebra a la salida. Cerrados los bares, cerradas las salas de cine y cerrados los caminos que conducen a Roma, con los que no dejábamos de soñar, porque hicimos de los viajes una forma de vida. Ahora, veinticuatro horas al día juntos, hemos vuelto a muchas plazas, nos hemos sentado de nuevo en muchas barras, hemos alcanzado a subir al metro que estaba cerrando las puertas, hemos admirado las ballenas que viajan al lado, hemos vuelto a oír de viva voz las historias de don Margarito, a un par de calles del zócalo, algunos días con el optimismo de que volveremos y otros días con la incertidumbre convertida en la certeza del fin. Y hemos llorado en compañía, convencidos de que el llanto une tanto como la risa. Y hemos sentido el abrazo sin metros de distancia cuando debe reemplazar a las palabras porque no hay palabras para mentir, no hay palabras para inventar futuros, para componer ilusiones. Y le hemos dado alas a la nostalgia cuando queremos estar juntos, como ahora, pero quizás en otro lugar. Andando caminos. Descubriendo el mundo que jamás terminaremos de descubrir y que jamás será del todo descubierto. Veinticuatro horas de tantos días. Como náufragos. Esperando que baje la marea. Para seguir juntos, en todo caso. Y en todos los casos.

31

Tabla de posiciones

Hacía mucho tiempo que había dejado de asistir a los oficios religiosos de los domingos cuando adopté un nuevo ritual: el de revisar los lunes en la mañana la tabla de posiciones del campeonato de fútbol. Todos los lunes, sin falta, aunque la costumbre se fue extendiendo a otros días de la semana: casi siempre quedaba algún partido pendiente y necesitaba revisar –había creado esa necesidad, la había convertido en adicción– si mi equipo conservaba la misma ubicación de la víspera. Si había descendido una o dos casillas o si, por el contrario, se había acercado a la punta. Los viernes me demoraba más en ella, mientras apostaba en silencio, mientras jugaba a las probabilidades: qué pasaba si mi equipo ganaba y tales otros perdían; qué pasaba si mi equipo empataba y tales otros ganaban. Sin duda, más que un rito era una obsesión. Y ahora que el fútbol andaba suspendido –congeladas las ligas y entumecidos los cuádriceps y los sóleos de los jugadores y desiertas las tribunas y arruinados los vendedores de camisetas y banderines y aburridos los integrantes de las barras y tranquilas las madres de los árbitros–, ahora que el fútbol andaba suspendido, decía, había reemplazado mi manía de revisar cuántos goles, cuántos tiros al arco y cuántos puntos por la de conocer cuántos más se habían contagiado y cuántos más habían muerto. Aquí y allá: en diversas canchas. Como si se tratara de tarjetas amarillas y de tarjetas rojas. Como si, en vez de enfermos, me estuvieran informando sobre los amonestados de la fecha. Sobre los expulsados. Sobre los suspendidos. Necesitaba revisar las cifras cada mañana para aterrizar en el día. Para establecer tendencias. Dibujar curvas. Comparar las primeras semanas de Italia con las primeras semanas de Nueva York. Ubicar en la tabla de posiciones a México y a Ecuador. Saber si los recuperados superaban a los que iban cayendo. Calcular cuánto tiempo duraba el paso de un enfermo por las unidades de ciudados intensivos. Segmentar la población enferma por edades. A veces pensaba que me estaba enloqueciendo… como cuando mi equipo andaba de capa caída y yo, fecha tras fecha, sumaba y restaba puntos en un intento por predecir si alcanzaría a llegar a la final. El coronavirus parecía mi nuevo deporte.

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El poder de quitar vidas

Me cuentan que no quiere hablar con nadie. Que está desolado. Que ha visto caer a muchos de sus compañeros, y está esperando que le llegue el turno. Que trabaja catorce o quince horas cada día. Que la sirena de las ambulancias está a punto de enloquecerlo. Que los enfermos se amontonan a lo largo del pasillo, y él camina de un extremo al otro mirando cuáles han dejado de respirar. Que ha lamentado haber escogido la medicina como su oficio. Que las lágrimas se le secaron de tanto llorar. Que ha tenido que elegir, entre dos o tres pacientes, a cuál de ellos le pone el respirador. Que ha tenido que elegir, por lo tanto, a cuáles de ellos entrega a la muerte. Que no soporta tener el poder de quitar vidas. Que algunos días olvida comer. Que varias noches ha despertado en medio de la oscuridad con sus propios alaridos. Que son tantas las veces que teme por su vida como las veces que desea la muerte.

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El lejano 2021

No era usual que permaneciera al frente de la pantalla durante los noventa minutos –o noventa y tres, como en este caso– de una película futurista, ruidosa, protagonizada por guerreros con exceso de hormonas que se enfrentan a vándalos con exceso de fuerza. Ni siquiera era normal que me tomara el trabajo de ir a la tienda y alquilar una película de este estilo –así eran las cosas entonces, y el Netflix de hoy primero fue un negocio de alquiler de cintas– y me metiera bajo las cobijas con la ilusión que me suele producir el buen cine. Pero lo hice. Alquilé una película australiana protagonizada por Mel Gibson llamada Mad Max y convertida en éxito mundial. La recordaba en estos días porque se trata de una historia apocalíptica, en un mundo señalado por la escasez, por la sed y por grupos humanos que recurren a la violencia para sobrevivir. Me sorprendió comprobar que el mundo imaginado por George Miller en aquella cinta es el del 2021, un año lejano entonces al que en todo caso le llegó su turno.

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No futuro

¿En qué momento cede el dique? ¿En qué momento las aguas contenidas, a las cuales se suman cada día nuevas aguas, derrumban el muro que las represa? Me lo pregunto en momentos como este, en los que siento que invierto muchas fuerzas y mucho ánimo en aguantar. Y aguantar es soportar, lo sé, pero también significa esperar que se cumpla un plazo: de manera que en buena medida se aguanta porque se tiene la ilusión de dar por finalizada una etapa difícil e iniciar otra, que deberá ser promisoria. Ahora aguanto –y en días como hoy hago más esfuerzo para aguantar– sin futuro a la vista. Por eso temo que el dique ceda. Aguanto, y a veces llega de repente esa presión en el pecho, similar a la que siento cuando estoy en la silla siempre incómoda de la odontóloga. Cuando la persona que me antecede en la larga fila del banco logra por fin conquistar la ventanilla y se extiende sin consideración de quienes vamos atrás. Cuando están a punto de iniciar la serie de tiros desde el punto de penalti. Siento esa presión que aparece en situaciones de larga e irritante espera. Una presión que me acosa para forzarme a salir pronto de ese trance. Como si estuviera en mis manos. Como si pudiera escapar. Una presión que parece un castigo, como si hubiera albergado el absurdo deseo de padecer aquellos momentos. Como si acaso me encontrara a gusto con la fresa que taladra mis muelas. Como si disfrutara entregarle mi dinero a los usureros. Como si no temiera perder la final. Cuando estoy en el estadio de la 57, al menos sé que en algún momento sonará el pitazo final. Para bien o para mal. Y las aguas contenidas se convertirán en euforia o en llanto. Incluso las consultas odontológicas tienen finales anunciados, y las sucursales bancarias, horas de cierre. Pero ¿quién conoce la hora final de esta pandemia?, ¿quién puede señalar a ciencia cierta el momento en el que podremos volver a ese mundo que tanto extrañamos? No hay respuestas. Solo una presión que por momentos parece incontenible. Una suerte de no futuro. Dichosos aquellos que han aprendido a vivir tan solo en el presente.

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Ciento veintitrés

Dice el periódico que en el último día han muerto ciento veintitrés. Apenas ciento veintitrés. Y en medio de esta debacle, la noticia hay que recibirla como buena. La acompaña una fotografía de un grupo de médicos que sonríe después de mucho tiempo de mostrar no más que caras largas. Celebran. No por los ciento veintitrés muertos, sino por aquellos que no engrosaron la cifra. Un muerto es mucho. Pero, algunas veces, ciento veintitrés muertos es poco.

36
Vargas y García
(Un amor que parecía imposible)

Una bailarina. O tal vez una actriz. Una diva, en todo caso. Una mujer más llamativa que hermosa. Con más fama que talento. Una mujer de este corte podría ser la protagonista del primer relato en torno a la pelea entre Vargas y García. Prendado de ella, más que realmente enamorado, pues no habría transcurrido el suficiente tiempo para un amor de hondura, Vargas se había propuesto acompañar a la diva a hurtadillas en la gira que apenas comenzaba. La había conocido en la fiesta que ofrecieron después de la función en Barcelona, en donde vivía el joven escritor. La había agasajado, primero con palabras y luego con flores y con cartas emocionadas, y la estrella había caído rendida a sus pies. Se habían jurado un amor que parecía imposible, como a la postre lo fue, y Vargas le había inventado a su mujer una repentina e inesperada invitación a un congreso literario al otro lado del planeta –una oportunidad que no podía desaprovechar– cuando en realidad había decidido seguir a su amante pueblo tras pueblo y país tras país. Tanto me gustaba la idea que, a pesar del desánimo en el que había caído por cuenta de la cuarentena, empezaba a sentir fuertes deseos de iniciar pronto la narración. Quería, sin embargo, antes de sentarme a escribir, tener muy claro por qué el romance entre Vargas y la diva sería motivo de conflicto con García. Algo se me ocurriría.

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Cuarenta y dos kilómetros

El último domingo de abril he debido correr la maratón de Madrid. Cuarenta y dos kilómetros por las calles de esa ciudad que adoro. Lo sabía: se me escurrirían las lágrimas cuando la calle O’Donnell se fuera acercando al Parque del Retiro, gritaría de la emoción al cruzar la glorieta de San Bernardo, saludaría a Picasso al pasar por el centro de arte Reina Sofía, en donde tengo siempre una cita con el Guernica, desde la primera vez que viajé a la capital española. Las dos semanas que completaría sin probar la carne llegarían a su fin, y esa misma tarde despacharía una ración de chuletas de cordero en Jai Alai, el restaurante de los Bustingorri que se acerca al centenario. Con unas copas de buen Rioja, por supuesto, porque también me habría abstenido de ciertas bebidas hasta el momento de cruzar la meta, muy cerca del Museo del Prado. Luego vendrían las celebraciones. Pero las celebraciones no llegaron porque la maratón fue cancelada –como fueron cancelados los conciertos, las olimpiadas, los desfiles, las marchas, las procesiones, los agasajos y las manifestaciones, con excepción de las clandestinas, que en todo caso siempre han sido más emocionantes– y el recinto ferial en donde estaba previsto que entregaran las camisetas la víspera de la carrera fue convertido en hospital de emergencia para atender a centenares de contagiados que no cabían en las clínicas ni en los centros de salud ni en los hoteles que dejaron de atender turistas para cederles las habitaciones a los moribundos a los que tratarían de salvarles la vida. Y supe que nada era realmente seguro en esta vida mientras no estuviera sucediendo, y tal vez solo mientras sucede. Ni siquiera después, cuando es un hecho cumplido y comprobable, pues los recuerdos mienten porque la memoria es caprichosa y acomoda los sucesos y los maquilla: al cabo de los años, dos personas que han vivido un mismo acontecimiento darán cuenta de este de manera distinta. Así como usted y yo les contaremos a los nietos con matices y variaciones la historia de esta pandemia que le enseñó al mundo que la vida puede cambiar de un día para otro sin previo aviso y sin consideraciones. Una lección que hemos debido aprender mucho tiempo atrás.

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Allí en donde ellos han pisado

Se entregan a ellos con fe ciega, se desnudan en su presencia, les revelan aquello de lo cual se avergonzarían ante cualquier otro, esperan con ansiedad su veredicto, atienden su consejo, agradecen al dios de sus creencias por haberlos puesto en su camino y muchas veces se convencen de que se trata de una extensión de los mismos dioses, capaces de eliminar el sufrimiento, de prolongar la vida y, en algunos casos, de resucitar a los muertos. Aman a los médicos, los veneran, los bendicen, los ofrendan con lo más selecto de los cultivos, con los mejores ejemplares de sus criaderos, con espumosos, con añejos, con curados. ¡Pueblo bipolar! Los eluden. Les huyen. Murmuran a su paso. Evitan poner los pies allí en donde ellos han pisado. Aguantan la respiración. Los miran como a enemigos. Los miran como enemigos. Les cierran el paso. Les bloquean los accesos. Los insultan. Los maltratan. Los escupen. Rayan sus automóviles. Escriben ofensas en las puertas de sus casas. Los excluyen. Los repudian. Los proscriben. ¡Pueblo canalla!

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Los otros

Era fácil –casi lógico– ser incrédulo al comienzo. Se lo explicaba a mi hija con una seguridad pasmosa: por estadística simple, las probabilidades de resultar contagiados son mínimas. Era fácil pensarlo. Era fácil decirlo. Era fácil equivocarse. Al fin y al cabo, parecía un mal de otro mundo. En nuestra geografía, los contagios eran esporádicos. Los casos, dispersos. Las muertes, excepcionales. Pero tuve que comerme mis palabras, aceptar que había hablado desde la ingenuidad y, sobre todo, desde la ignorancia –¡cuántas lecciones nos ha dado esta pandemia!– y aceptar que no estábamos fuera de peligro. Las cifras empezaron a crecer de manera galopante. Y la mancha en el mapa parecía una gota que cada vez ganaba terreno en el papel secante. ¿En qué momento “los otros” –esos seres desconocidos y distantes a los que les daba la enfermedad– dejarían de ser extraños? ¿En qué momento tendríamos que empezar a hablar de nosotros? ¿Cuándo comenzarían a morir los del barrio, los de la calle, los del edificio?

40

Amigos

Recién levantado, con el pelo alborotado y unos ojos enormes que no había abierto del todo, el hijo de mi amiga, de tan solo seis años, le hizo una confesión reveladora: “Soñé algo muy extraño: llamaban a la puerta y eran mis amigos.” No hay mucho más que decir. No se me ocurre una imagen más poderosa para describir lo que estamos viviendo de puertas para adentro.

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Suma de días calcados

Como si en algo me afectara, quedé realmente sorprendido con mi descubrimiento. Y debo aclarar –¡quiero aclarar!– que no es una sorpresa que surja del moralismo: lo advierto porque he luchado media vida contra esa manía, con la que fui criado, de buscar el pecado en casi todas las acciones propias y, sobre todo, ajenas. La evito cuando amenaza con aparecer: no le permito que me roce y mucho menos que me gobierne. Simplemente me causó sorpresa descubrir algunos cambios en el reparto de la película que sucede en el aparatamento del sexto piso, enfrente del mío, terraza de por medio. Me sorprendió el cambio de la actriz en el rol protagónico. Aquel vecino al que solo puedo ver desde mi posición cuando se sienta en la mesa que está al lado de la ventana –sí, es correcto decir “sentarse en la mesa”, aunque literalmente no apoye las nalgas sobre esta– tomó el desayuno esta mañana en compañía de una mujer en extremo delgada, de pelo largo y negro, cara afilada y piel muy blanca. Creo que prepararon unas tostadas francesas que comieron sin prisa. La risa solía demorar el siguiente bocado. Al terminar, él recogió los platos, y ella agradeció con un beso cariñoso y prolongado. Había visto exactamente la misma escena –o casi la misma, un día salpicón, otro día tortilla española– tres o cuatro veces desde el inicio del confinamiento. La misma escena, con diferente actriz. Lo sé, a veces los actores titulares enferman –un resfriado, una torcedura de tobillo– y deben ser reemplazados por aquellos que han aprendido el papel y ansían una oportunidad que casi nunca les llega. Imaginé, con el primer golpe de vista, un cambio premeditado en la apariencia, tal vez para sentir que algo cambiaba en la suma de días calcados. Pero bastaba con mirar con atención unos segundos para extrañar la piel canela, la cara redonda y el pelo corto y rojo de la intérprete de las primeras funciones. Una actriz quizás un poco más apasionada: de resto, casi todo igual. Sobre todo la lentitud para comer, por culpa de la risa.

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Vargas y García
(De la compasión a la complicidad)

Lo tenía. Aunque, en materia literaria, es mejor no cantar victoria hasta tanto no hayan pasado unos cuantos meses después de puesto el punto final y el manuscrito haya dormido, como olvidado por su autor, en el fondo de una gaveta. De manera que si el encanto de las palabras, la contundencia de la historia y el gusto por lo escrito sobreviven al encierro de tantas semanas en la oscuridad de un cajón, probablemente hay allí algo que merece ser puesto a consideración de un editor. Lo cierto es que bastante tiempo falta aún para pensar en puntos finales, cuando ni siquiera he puesto el de la primera frase, que, por cierto, es tal vez la más difícil de una novela. Sé de muchos que pasan meses enteros construyéndola, convencidos de que un escritor debe usar más el borrador que el lápiz. No obstante las consideraciones, las advertencias y las precauciones, creía tener el argumento de por qué el romance con la bailarina –al final había decidido que fuera bailarina– llegaría a indisponer al escritor del Pacífico con el narrador del Caribe. Era simple: en ausencia de Vargas, que andaba de pueblo en pueblo detrás de su amante reciente, García le ofrecería consuelo a la mujer de este, sumida en la tristeza al descubrir que su marido no estaba en congreso literario alguno, sino flirteando con una figura del escenario. Y aunque brotaba de un corazón sincero y desinteresado, la compasión se había convertido pronto en complicidad, y la complicidad había dado pie a que florecieran sentimientos de mayor calibre entre García y la mujer de Vargas.

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No es el perro, no es el viento

Para dejar de andar buscando culpables en donde no los hay, quizás deba reconocer de una vez por todas que hoy no me soporto ni a mí mismo. No es la vecina del cuatrocientos tres, que recorre los ciento veinte metros de su apartamento con la aspiradora encendida. No es el perro, que se asoma al balcón a fijar su posición cada vez que oye ladrar a sus pares desde el parque que está a los pies. No es la escoba que golpea las puertas. No es el viento que chilla en la ventana mal cerrada. No es Agustín Lara, que le canta a María Félix, y cuya voz ronca pero seductora sube desde el tercer piso, en donde anima a una pareja que lo ha convocado. No es la luz del comedor, que se toma unos segundos desesperantes para alcanzar la potencia deseada. No es la lluvia que golpea el marco de la ventana. No es el cuadro del hombre con cabeza de pera, ligeramente inclinado a la derecha. Soy yo, a punto de explotar por esta insoportable secuencia de días que parecen lunes, por las ganas reprimidas de ir al cine, por la sospecha de que una vez más prolongarán la cuarentena, por el temor a traer el virus adherido a las latas de cerveza que animarán el almuerzo del sábado, por la imposibilidad de sentarme en la barra de Koldo y ver cómo alistan el jarrete de ternera que pasó tantas horas a fuego lento. Hoy no hay que buscar culpables: soy yo, insoportable, y punto.

44

La boca abierta

Me pregunto si esperará esta muela hasta el final de la cuarentena. No ha sido nunca una situación desesperante. Apenas un dolor agudo pero pasajero cuando tomo bebidas muy frías, cuando insisto en el hielo, cuando la rozo con el cepillo de dientes. Aunque rara vez me incomoda al comer, procuro masticar del otro lado. Apenas unos meses atrás, a la primera molestia habría salido corriendo al consultorio de la odontóloga. De inmediato. Muerto del susto, pero sin dudarlo. Aprendí hace rato que de esos malos momentos es mejor salir pronto. Ahora, sin embargo, temo ir a cualquier lugar que tenga que ver con salud… es decir, con enfermedad. Temo abrir la boca mientras posiblemente los virus vuelen a mi alrededor. Temo descender las escaleras desde el tercer piso del consultorio y caer en la tentación de agarrarme a las barandas, aturdido por la anestesia. Quiero pensar que se trata de una molestia simple y que no despertaré en la madrugada por cuenta del dolor. Un par de aspirinas de vez en cuando pueden ayudarme a llegar hasta el final. Guardo la esperanza de que ese día, ojalá no muy lejano, la odontóloga no me abra esos ojos de sorpresa y regaño al mismo tiempo, poco antes de anunciarme que la extracción es indispensable.

45

Al volver la cabeza

No han sido pocos los votos que hemos refrendado sin necesidad de pronunciar palabra. Sin más ceremonia que esta de guarecerse del peligro en un intento por conservar la vida. Que no es poca cosa. El voto de no repetir con palabras lo que expresan los ojos con claridad suficiente. El voto de dirigirnos siempre al otro y no al juicio que en un momento dado tenemos del otro. El de darle un lugar al silencio. El de reconocer que la perfección, aún si fuera posible, sería el más aburrido y el último de los caminos que quisiéramos recorrer. Y sobre todos los votos –los dichos y los que jamás fue necesario convertir en palabras–, el de no caer al tiempo: saber que ambos tenemos el derecho de derrumbarnos, pero entender que la costumbre nos dio la certeza de que siempre que caigamos encontraremos la mano del otro al volver la cabeza. Y esa mirada que nos convence de que todo va a estar bien. Entender, por lo tanto, que un caído sobre otro caído es una ecuación imposible entre los dos. El final. Y, sin duda, el peor de los finales.

46

Una dimensión desconocida

Pensó que realmente los muertos van al cielo. Pero no al paraíso del que habla la biblia sino a alguno de los cuerpos celestes que han documentado los estudios científicos. Un asteroide, un satélite, tal vez un planeta. Eso pensó mi amigo, internado de urgencias en un pabellón reservado para quienes caen contagiados del Covid-19, pues todos los seres con los que interactuó durante una larga semana de agonía llevaban trajes similares a los que utilizan los astronautas. Por momentos ni siquiera sabía si quien se acercaba a reponer la bolsa de suero o a tomarle la temperatura era hombre o mujer. Caía en sueños interrumpidos por los dolores o por las alarmas que daban cuenta de la gravedad de sus vecinos, muchos de los cuales –como él mismo– transitaban por una delgada franja entre la vida y la muerte. Despertaba sobresaltado, sin saber si aún pertenecía a este mundo. Y muchas veces, antes de caer vencido de nuevo por el efecto narcótico de los medicamentos, se convencía de que cerraba los ojos por última vez. Durante los días en los que estuvo a punto de engordar las estadísticas fatales, en más de una ocasión pensó que avanzaba, de la mano de aquellos seres enfundados en sus trajes presurizados, hacia una suerte de dimensión desconocida. No le faltaba la razón: avanzaba hacia la comprensión de una de las verdades de la humanidad más difíciles de aceptar: que la vida y la muerte son, a la larga, una misma cosa.

47

Protección divina

Al parecer la cuarentena le ha alborotado temores que no le conocíamos, y ahora enfrenta con oraciones los desvelos que antes lidiaba con comedias románticas. Era fácil imaginar la escena: reconstruirla a partir de los sonidos que cruzaban la pared. Cansada de dar vueltas en la cama, ante la imposibilidad de conciliar el sueño, la mujer se levantaba, caminaba hasta la cocina, tomaba unos cuantos sorbos de agua, regresaba a su cama, encendía el televisor y buscaba alguna de esas películas que debía saber de memoria. Y que nosotros fuimos aprendiendo a identificar. Sus favoritas eran Un lugar llamado Notting Hill y El beso francés. Desde que se declaró la pandemia, la vecina se entregó a la oración, y repite las mismas plegarias que mis abuelos rezaban al regreso de la finca, cuando asomaban los abismos en la carretera, como una manera de implorar la protección divina. Extraño a Meg Ryan y a Julia Roberts. De arcángeles y querubines tuve bastante en la infancia.

48
Vargas y García
(De telenovela)

Había desistido de las versiones encontradas. Suponía que tarde o temprano lo iba a lamentar, pero me sentía incapaz de poner a funcionar la cabeza en tantas direcciones al mismo tiempo precisamente ahora que la pandemia me robaba tanta energía. Es cierto que hacía muchos años me había convencido de que la escritura requiere una disciplina a prueba de dudas, de desánimo, de gripas, de dolores, de cavilaciones. El mito de la inspiración estaba pasado de moda y había sido reemplazado por el de la constancia. Lo tenía claro. Pero la situación increíble que vivía el mundo me distraía sobremanera. Me impedía la concentración. Me quitaba el aliento. Por momentos, me acongojaba, me aturdía, me anulaba. Si bien había logrado sacar fuerzas, no eran en todo caso suficientes para pensar en sentarme a escribir una novela con tantos ángulos, con tantas posibilidades, con tantos escenarios. A duras penas lograría darle vueltas a una sola de las versiones sobre el porqué de la disputa entre Vargas y García. Y lo cierto era que encontraba poderosa y convincente la versión en torno a la diva, en la que había trabajado desde el silencio de mi cabeza en los últimos días. Estaba decidido a clavarme de cabeza en este argumento, a sacarle todo el jugo que pudiera ofrecerme, a cambiar la amplitud de posibilidades por la profundidad de una versión sólida y verosímil. Asunto decidido: aprovechando la ausencia de Vargas y el dolor profundo de su mujer, García se acercaría a ella y lograría establecer tal intimidad que, al regreso de sus aventuras amorosas, Vargas se quedaría con el más crudo de cuantos rumores llegaron a sus oídos. Sin duda, una historia de novela. Más aún, de telenovela.

49

Woodstock sin música

Por fin sé lo que siento cuando los veo. Pasé por toda suerte de sentimientos, comenzando por el desprecio, y ahora –no me avergüenza decirlo– les tengo admiración. Los veo con frecuencia. Me los cruzo en su camino o ellos se cruzan en el mío. Me refiero a los rebeldes. No se me ocurre una mejor palabra para describirlos, aunque seguramente la hay. Me hacen recordar a aquellos que incendiaron París en mayo del 68. A los que se quedaron reviviendo para siempre los inolvidables días de Woodstock. A los que se tomaron en Bogotá la plazoleta de la calle 60, que en adelante recibió el nombre de Parque de los Hippies. Si me oyeran, probablemente reirían a carcajadas. ¿Hippies? Quizás no hay poesía ni música en su rebeldía: simplemente las ganas de desafiar las normas, de desafiar los acuerdos, de desafiar a las autoridades. Y de desafiar la probabilidad de la muerte, que se ha multiplicado con el tal coronavirus. Andan en manada, no utilizan tapabocas y no solo no mantienen entre ellos la distancia recomendada sino que comparten botellas de aguardiente y cigarrillos sin filtro. Pensaba que era simple coincidencia verlos tan a menudo, hasta que descubrí que llevaba varias semanas caminando en dirección a ese par de calles en donde suelen reunirse. Cuando salgo a darle una caminata al perro, que es una de las excepciones a las que me acojo para no perder del todo el contacto con el mundo externo, busco esas calles: es decir que los busco a ellos. Lo dije antes: les tengo admiración. Pero quizás deba explicar que es una admiración que surge de la envidia. Eso es: envidio esa actitud desafiante mientras me acomodo el tapabocas y pienso si será oportuno comprar un poco más de gel para llevar a casa. Lamentable. Sí, envidio su desenfado, su desinterés por las páginas de la historia que vengan a partir de mañana.

50

En el aire que respiramos

¿Y si anunciaran hoy el esperado fin de la cuarentena? Como en tiempos remotos, cuando se aguardaba con ansiedad la llegada de los barcos para saber qué sorpresas saldrían del cajón del correo que viajaba a bordo, qué noticias traería desde el lejano puerto en donde se había embarcado, esperamos la noche de los martes para conocer las nuevas medidas en relación con el confinamiento. Hubo semanas en las que era previsible que la orden de permanecer en casa se mantendría. Pero hoy, después de dos meses de aislamiento obligatorio, no pocos sueñan con el fin del encierro. Y casi todos están listos para celebrar. Por supuesto. Yo lo estuve otros martes: imaginé que los amigos venían a casa, que nos abrazábamos sin restricciones, que poníamos un cuenco con baba ganoush al centro de la mesa, que brindábamos por una vida que llegó a estar en entredicho. Ahora, sin embargo, se me han alborotado los temores: me aterra la idea de salir a la calle… a esa calle que tanto extraño. Me aterra la posibilidad de sentir que el mundo sea otro cuando vuelva a palparlo: que ha mudado de piel. Y quizás también de alma: que nos miremos a los ojos como enemigos, que los unos desconfiemos de los otros, que se haya perdido el brillo de la ilusión en la mirada de los soñadores de antaño. No sé si sería capaz de entrar a la sala de cine y buscar aquella silla del extremo en donde solía sentarme. No sé si podría apoyarme en la barra del bar de la ochenta y seis en donde recompusimos el mundo tantas veces con mi mujer. No sé si empiece a ver en todas partes a los enemigos microscópicos que pusieron en jaque al mundo: del otro lado de las vitrinas que contemplamos, acomodados en el asiento de al lado, asomados al borde de la taza en donde nos espera un café recién molido, adornando las servilletas que vamos a llevar a la boca, adheridos a los billetes que nos dan de cambio, dispersos en el papel que envuelve ese regalo que no sabemos si aceptar, flotando en el jugo que estamos a punto de beber… o de tirar. Y en el aire que respiramos y en las manos de aquel que pretende saludarnos y en el racimo de uvas que nos tienta y en la espalda del conductor que nos lleva a casa y en cuanta manija necesitamos agarrar. Llegará el día en que pueda salir sin prevenciones, sin el temor que hoy me despierta la simple idea de una noticia que no ha sido confirmada y que debería desear; el día en que las horas se agoten antes de pronunciar el nombre del virus, antes de haber pensado en él. Supongo que llegará, pero se ha de tomar su tiempo. En todo caso estaré pendiente del telediario. Es martes, al fin y al cabo. Y hay una botella de espumoso en el refrigerador.

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Los bares de dios

Sé de unos cuantos que habrían dicho que la pandemia se presentó porque le hemos dado la espalda a dios. Y sé de otros que, por el contrario, explicarían la no existencia de dios por el hecho de que este tipo de cosas ocurran: si existiera ese dios del que hablan –dirían– no habría permitido que esta desgracia sucediera. Lo habrían dicho los primeros y lo habrían refutado los segundos, y así sucesivamente, si hubieran encontrado las condiciones ideales para la polémica. La incomodidad los ha amilanado. Probablemente el mejor lugar para debatir sobre la existencia de dios sea un bar: allí en donde un whisky puro de malta tomado a lo sumo en dos sorbos puede animar por fin a aquellos que llevan años tratando de contradecir sobre este tema tan delicado a los que piensan diferente de ellos; allí en donde una copa generosa de tinto de la Ribera del Duero ordena las ideas del que ha acumulado razones para sustentar sus creencias. Difícil, realmente difícil, discutir del tema a través de las plataformas digitales que en estos días de reclusión han permitido mantener las clases de álgebra, explicarles a los miembros de una junta por qué es necesario bajar los intereses, votar por la portada más atractiva para un libro de ensayos o celebrar cumpleaños con aquellos que no podrán llegar a casa del homenajeado a darle un abrazo. Pero, ¿discutir sobre la existencia de dios? Además del whisky y del vino, hacen falta los silencios: incómodos y tensionantes cuando hay pantallas de por medio, y apenas naturales en un bar en el que hay que darle tiempo al contradictor para que mire al que acaba de entrar al salón, espíe a los vecinos de barra, se lleve el vaso a la boca sin prisa alguna o se detenga en la escena de un bartender que impregna las paredes de una copa de martini con la hoja recién arrancada de una rama de hierbabuena. Hace falta ver lo que rara vez queda al descubierto en las teleconferencias: la manera como nuestro interlocutor mueve los pies y cruza las piernas, que tantas veces ofrece señales inequívocas de duda o de ira que podemos usar a nuestro favor. Hace falta mirarse de frente y medir en el brillo de los ojos del otro la capacidad de mentir. Y hace falta otra copa para que no se pierda el tono de la discusión. No hay duda: dios acude más fácilmente a los bares que a las tertulias virtuales.

52

Aves peregrinas

Jueves, diez de la mañana. Aunque bien podría ser sábado. O lunes. De vez en cuando un automóvil que cruza sin prisa, y el ruido del motor se multiplica en este silencio que ha permitido volver a oír a las aves peregrinas. Paso revista desde el balcón hasta donde me alcanza la vista. O hasta donde se interponen los edificios que espío con especial interés desde que constituyen mi único paisaje. Advierto que en aquella construcción de ventanas enormes que está a la derecha, la cama barroca en la que solía ver a un joven que se recostaba sobre tres almohadas para leer durante un par de horas cada mañana, siempre en compañía de un perro que supongo suyo, permanece tendida, impecable, desde hace varios días. ¿Cambiaron de lugar de reclusión no obstante las prohibiciones? Dos pisos abajo, desapareció el aviso que anunciaba un apartamento en arriendo. Se habrá caído, simplemente, y quizás no haya misterio alguno en su desaparición. Pero no dejo de preguntarme si lograron una operación inmobiliaria en estos tiempos en los que todo parece detenido. Mientras lo pienso, se acerca la pareja que pasa a diario ofreciendo incienso y ramas de eucalipto. No han logrado distraer al viejo que lee el periódico en las mañanas al pie de la ventana de un sexto piso. Lo lee de la primera a la última página a lo largo de tres o cuatro tazas de café. Allí está, como de costumbre, perfectamente arreglado para un compromiso que probablemente sea el que lo mantiene con vida: el de estar al tanto de las noticias. ¡Salud! Hay movimiento en la terraza que se alcanza a asomar detrás del urapán enorme del parque de los perros: allí en donde solían organizar concurridas parrandas cuando el mundo aparentaba ser normal. La semana pasada la pareja que oficia de anfitriona, sin más compañía, asó en la parrilla una tentadora punta de anca… quiero creer que resultó tan gustosa –roja por dentro, casi sangrante– como las que prepara con maestría el tío Juancho. Probablemente hoy también encenderán el fuego. El hombre alto y delgado al que varias veces he visto haciendo ejercicio en el apartamento del tercer piso del edificio de la esquina hoy levanta pesas en el quinto piso. No me demoré en comprobar que era el mismo, pero me demoré, en cambio, en asimilarlo. Le he dado vueltas al tema y no logro descifrar el pequeño enigma. Me intriga sobremanera: como si fuera de mi competencia. En todo caso, cualquier hipótesis que se me ocurra es posible. El sol ha movido las sombras desde que empecé a espiar a los vecinos. Son las diez y veinte de la mañana, y en la cocina me espera una docena de tomates San Marzano que pienso convertir en salsa.

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Sin vendajes

A veces me planteo, en serio, la posibilidad de entregarme. De asomarme al mundo sin prevención. Y sin precaución. He rozado la muerte en un par de ocasiones: o quizás es la muerte la que me ha rozado, la que me ha buscado, la que me ha asustado, la que ha pretendido divertirse conmigo. No le temo. Pero no la busco ahora ni tengo interés alguno en que me encuentre sin mayor esfuerzo, si acaso le da por emprender una redada. La idea –una tentación simple– que me acosa algunos días, hastiado de la sensación de encierro más que del encierro mismo, es la de abrirle las puertas al contagio. Que venga si ha de venir y reclame lo suyo, y me permita dibujar un símbolo de misión cumplida en la lista de pendientes. Así, quizás, pueda poner fin a tantos temores –y básicamente al de llevar una vida real, sin aplicaciones ni aparatos de por medio para relacionarme con los otros– y pueda enfrentarme a la vida sin vendajes en la mente. Ni tapabocas, dicho sea de paso, que me tienen fastidiado en extremo.

54

En algún lugar del diccionario

Llevo un buen tiempo pensando en la palabra precisa, y no se me ocurre una mejor que “contradictorio”. Aunque sé que en algún lugar del diccionario ha de estar la palabra justa, esperando que un día, tal vez mucho tiempo después, me cruce con ella y diga “Ah, esta era”. Por lo pronto diré, simplemente, que me siento contradictorio: a fuerza de oír tantas veces repetida la palabra “oportunidad”, a veces me convenzo de que quiero amanecer a un mundo nuevo cuando cese la noche de la pandemia. Pero dura poco el entusiasmo y, al primer quiebre, me pierdo en la ensoñación de despertar a un mundo que no solo es el conocido, sino que ha permanecido intacto. Contradictorio, sí.

55

Sin pena de muerte

Me demoré en creerlo cuando oí por primera vez que hay presos que están buscando la manera de contagiarse de este virus que nos devolvió a épocas tan lejanas en la historia que creíamos irrepetibles. Superadas. Tal será el desespero de sus largos encierros. Y el tamaño de su desesperanza. No debería ser tan difícil de entender precisamente en estos días en los que tantas veces creemos que no podremos aguantar un día más, un segundo más: no obstante que han pasado no más que un par de meses y las paredes que nos retienen son las de nuestra propia casa: esa que añoramos cuando nos toca pasar una noche en la clínica o en la incomodidad de los vuelos intercontinentales. No debería ser tan difícil, en este preciso momento, ponerse en sus zapatos. Tal vez han visto en la nueva peste la posibilidad de acceder a esa pena de muerte que habrían preferido, sin dudarlo, a la cadena perpetua con la cual condenan a algunos para perdonarles la vida y a otros para no ahorrarles un instante de sufrimiento. Me demoré en creerlo. Me demoré en comprender que a veces la muerte es un alivio.

56

Imborrable

De vez en cuando aparece el naipe. De vez en cuando. Y el cubo de letras en el que buscamos palabras que rara vez saltan a la vista o el tablero en el que nos movemos de habitación en habitación mientras tratamos de adivinar quién fue el asesino y de qué arma se valió. Hemos jugado como si estuviéramos de vacaciones. O de fin de semana en alguna finca de clima templado. Sin embargo, preferimos los juegos en los que, al mismo tiempo, exprimimos la imaginación y alborotamos la nostalgia. Alguno de los tres lanza una pregunta que nos permite salir del encierro a través de la fantasía, y podemos darle la vuelta al mundo varias veces en la sobremesa. No nos han faltado los juegos. Tampoco las palabras. Hemos ido construyendo, sin proponérnoslo, una complicidad que extrañaremos cuando todo esto haya pasado… aunque parezca absurdo pensar en extrañamientos en medio de estos meses que quisiéramos olvidar para siempre: pero mientras más énfasis le ponemos al propósito de sepultar los tiempos de la pandemia, con más firmeza los estamos guardando en aquel cajón de la memoria en el que queda lo imborrable. Estoy convencido: extrañaré la fantasía como remedio y el calor de hogar como certeza. Extrañaré el ritual de crear platos largos de domingo mientras nos asomamos al mundo desde los recuerdos y desde la ilusión. Pero, sobre todo, extrañaré esa alegría de mi hija –convertida en cantos, en risas, en carreras, en propuestas, en sueños, en planes– que resultó ser el combustible más poderoso para transitar en la espesura de la cuarentena. Extrañaré las notas que salen de su piano y los argumentos que se le ocurren cada tanto para las mil historias que planea escribir. Extrañaré esta complicidad que se ha convertido en escudo.

57

Vargas y García
(De atrás hacia adelante)

No había tenido la oportunidad de ver a García en mucho tiempo, cuando se lo encontró en la Ciudad de México, en un evento que reunió grandes figuras de la escena cultural de América Latina y al cual estaban invitados los dos escritores. Lo ubicó desde lejos y fue por él con decisión. Atravesó el salón, se cruzó en medio de docenas de personalidades, interrumpió conversaciones, dejó a muchos con el saludo en la boca, empujó a unos, pisoteó a otros, y a medida que se acercaba a su objetivo, la ira de Vargas crecía, se multiplicaba. Llevaba mucho tiempo esperando el momento. No le importó que estuviera a la vista de tantos conocidos: mientras García abría los brazos, convencido de que su amigo de otros tiempos se acercaba para saludarlo con efusividad, Vargas tomaba impulso para asestarle un golpe que lo tumbó al suelo y le hizo perder el conocimiento. La escena era poderosa. Tanto así que estaba tentado a narrar la historia de atrás hacia adelante: primero el golpe y después la historia que lo había provocado.

58

La oscuridad, por fin

A veces solo pienso en dormir. En que llegue pronto la noche para volver a desconectarme. Como si acaso, luego de siete u ocho horas de sueño, pudiera amanecer a un mundo restaurado, libre de la peste, libre del miedo. Un mundo en el que estén permitidos los abrazos. Y, de vez en cuando, un beso en cada mejilla. Hay días en los que miro el reloj con una frecuencia que por momentos aumenta la ansiedad. Hago cuentas y calculo cuántas horas faltan para que pueda tirarme en la cama. Para que la oscuridad me acoja, como si necesitara huirle al enemigo que está causando tantos estragos. Como si pretendiera camuflarme. Como si el virus no adorara la oscuridad de nuestros propios órganos: y sobre todo la que proyecta el hollín de los pulmones ennegrecidos por la contaminación y por tantos años de cigarrillo. Reviso el andar lento de las manecillas y compruebo cuánto tiempo debo esperar para meterme, por fin, debajo de las cobijas: tal vez otra manera de esconderme, de sentirme a salvo. Otra manera de desaparecer.

59

Más cobardes que la inercia

No sé si me da más angustia que vergüenza reconocer que no sé cómo podría enfrentar la vida de otra manera. Me he acostumbrado a esa que llevaba hasta la víspera de la cuarentena, y a veces la nostalgia me sorprende imaginando que regreso a las mismas rutinas y recorro los mismos caminos y pronuncio las mismas palabras y saludo con las mismas fórmulas y sigo de largo frente a los mismos que han reclamado mi ayuda… como si nada hubiera pasado. Como si no nos hubiera dado la vida la oportunidad de poner a prueba nuestro ingenio, cambiar la moneda de curso legal, ver de qué somos capaces para sobrevivir, saber qué pensamientos se cruzan por una cabeza que de repente debe empezar a sugerir soluciones para moverse en el tablero de un juego diferente a aquel en el cual estaba acostumbrada a ganar. Quizás somos más cobardes que la inercia, que trata de reacomodar lo que se ha desordenado, que trata de dejarlo todo tal y como estaba: como los ríos que se empeñan en recuperar el cauce por el que corrían sus aguas hasta que el hombre –algún hombre, alguna empresa de hombres– decidió alterar el mapa. Cobarde, cuando quiero pensar en el futuro en realidad pienso en el pasado. En esa vida a la que le había arreglado el dobladillo a mi medida. Esa vida de la cual, a decir verdad, no me siento muy orgulloso.

60

Sin olores, sin tentaciones

Lo más parecido al síndrome de abstinencia. Con esa extraña sensación que en realidad uno no sabe si es dolor, si es un escalofrío como el que antecede a las fiebres, si son los músculos a punto de contraerse sin control, si es una dificultad para respirar, un ahogo, una falta de fuerzas, una necesidad de comerse las uñas: o de clavarlas en las propia piel, de sentir un poco de dolor, de distraer ese llamado al que no se sabe cómo responder. Extraño la calle. Necesito la calle. El aroma a cebollas hervidas de los puestos de perros calientes de la carrera 15. El loco que se disfraza de superhéroe. El cartel de la ruta 152. El anaquel con postales en colores exagerados por computador. El sonido de los granos de maíz cuando totean, uno tras otro, a la entrada de los cines. La voz ronca y la fastidiosa persistencia del vendedor de lotería al que siempre le digo que no, aun cuando tenga billetes terminados en trece. O en veintitrés. Los andenes tapizados de libros usados a la vuelta de la iglesia de San Francisco. Los santos de madera de la calle de los anticuarios. El envidiable equilibrio de los practicantes de tai chi. Extraño la calle. Necesito la calle. Y no se trata simplemente de cruzar la frontera que se ha dibujado entre la reclusión y el mundo del ruido en el que un día aprendí a moverme sin los temores heredados. Habría formas de lograrlo. A la vista de guardias y vecinos o en la clandestinidad. El problema es que allí, afuera, ya no está ese mundo que me reclama. Ni los olores que me distraen. Ni buena parte de las tentaciones que aprendí a evitar, ni aquellas en las que solía caer con descarada premeditación.

61

Laberintos

Más que aquellos libros que estaba convencido de que iba a releer y que tan solo esperaban su turno, más que las fotografías que le dan vida a los álbumes familiares y que llevaban tantos años sin ver la luz, más que las películas que en buena hora han iluminado tardes sombrías o han curado esos desvelos en los que a la cabeza le da casi siempre por repasar los pendientes o preguntar por los imposibles, ha sido la música la que realmente me ha permitido viajar, no obstante el encierro y las prohibiciones. Viajar en el espacio: a la Sainte Chapelle en la que sonaba aquella noche el Réquiem de Mozart, al bar de Corrientes en el que un grupo de jóvenes vestidos de negro le daba nueva vida a Ástor Piazzolla, al camino que se mete en las entrañas de la cordillera oriental y en donde repetimos siempre el Mediterráneo de Serrat, sin importar qué tan lejos esté el mar que inspiró la canción. Viajar en el espacio, sí, y también en el tiempo. A la adolescencia, por ejemplo. Pero no a la eternidad de esos dos o tres años en los que ocurrieron en el cuerpo más transformaciones que en el resto de la existencia, sino de manera específica y precisa a esas tardes en las que me preparé con dos o tres canciones que repetía sin descanso para vencer la inseguridad de hablarle desde el corazón por primera vez a una mujer. O viajar al día en el que tuve la certeza de que el invierno de Vivaldi me acompañaría hasta los últimos años de mi existencia. Lo confieso: aunque la admiraba de tiempo atrás, aunque la buscaba, aunque la repetía, aunque callaba para darle a ella y nada más que a ella la palabra, no deja de sorprenderme –porque lo ha refrendado con creces en estos días– lo hondo que puede llegar la música. Y lo lejos que nos puede llevar. La manera como puede propiciar los elementos para que reconstruyamos escenas que andaban refundidas. Para que volvamos a transitar ciertos laberintos de los que tal vez no quisimos encontrar la salida en su momento por cuenta del placer que nos proporcionaba el simple hecho de recorrerlos. A tantos lugares y a tantas épocas he viajado durante esta cuarentena que a veces no logro explicarme el porqué de la sensación de encierro que a veces me agobia. Y me pregunto, también a veces, cuál será la canción que dos décadas más tarde podría traerme de vuelta a estos días sombríos, inéditos y extraños.

62

A puerto seguro

El oficio de la escritura ha sido un bálsamo en estos días oscuros. Convertir en palabras la increíble y desordenada suma de reflexiones que se producen sin proponérselo y tantas sensaciones –tantas dudas, tantos temores, tantas ilusiones– que afloran sin control ha resultado sanador. Me ha hecho bien tratar de diferenciar un sentimiento de otro en esa maraña en la que conviven los que se aproximan al dolor y los que se acercan a la dicha, enredados, como los hilos de una madeja que ha pasado por las uñas del gato. Diferenciarlos, reconocerlos y luego ponerles nombre. El ejercicio ha ayudado a desactivar un campo minado de desesperanza. Es cierto que al tratar de encontrar las palabras precisas adentro, muy adentro, de vez en cuando se roza la nostalgia. O se hallan, tarde ya, las piezas sueltas de viejos rompecabezas que jamás logramos completar. Pero también aparece el recuerdo de dichas que no fueron pasajeras, que alcanzaron a tocar el corazón: a veces, incluso, a moldearlo ligeramente. A ayudarle a dar la forma que ha ido consolidando con el tiempo. Quizás no permita la escritura desentrañar los misterios a los cuales aún no les ha llegado la hora de ser revelados –¡cómo podría lograrlo!– pero ayuda a conducir a puerto seguro esta nave que por momentos alberga más dudas que certezas: aunque se trate nada más de una breve escala.

63

Mirarla a los ojos

No la tenían en sus planes. Ajena, lejana, acaso improbable. La muerte parecía asunto de otros. Un tema incómodo. Y en ciertos ámbitos, vedado. La simple mención de la palabra les producía escalofrío. Les despertaba una tristeza infinita. Un miedo absurdo. La muerte como castigo. La muerte como desgracia. La muerte como negación. La muerte como tragedia. Así la asumían. Así la veían. Así la sufrían. De repente apareció en boca de todos, pobló el calendario, se coló en los pensamientos. Y algunos, solo algunos –yo, entre ellos– entendimos que la muerte forma parte de la vida: no es su contraria, sino la mitad de su esencia. Quizás en la próxima pandemia hayamos dado un paso adelante y seamos capaces de sentarnos a conversar con la muerte. Y de mirarla a los ojos.

64
Vargas y García
(El más esquivo)

Después de darle muchas vueltas, de borrar mil veces lo escrito, de irme a la cama con la certeza de haber encontrado un comienzo y levantarme al día siguiente convencido de que por ahí no era la cosa, una madrugada de jueves desperté con la urgencia de anotar en la libreta las palabras que acababa de soñar. Allí estaba, por fin, el primer párrafo de la novela. El más esquivo. El más difícil. Decía así: “Cuando recobró la conciencia, García solo tuvo en claro que aquella amistad había terminado para siempre. Vargas acababa de tumbarlo de un puñetazo. Se demoró tanto en recuperarse que cuando levantó la cabeza ya tenía el ojo izquierdo morado. Rechazó las manos que se le ofrecían para ayudarlo a incorporarse y se quedó un rato sentado en el piso frío del museo, hasta que se le ocurrió lo que haría: mandarse tomar una foto que diera cuenta del agravio por los años de los años.”

FIN

*Cortesía del autor

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