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jueves, octubre 29, 2020

‘Oreste Sindici era un artista mediocre’: Matías Godoy

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Cuando uno investiga al escritor bogotano Matías Godoy duda de su existencia. En internet se puede encontrar una biografía falsa, casi no da entrevistas y desde hace diez años vive fuera de Colombia. Es así que la realidad y la ficción se funden en el autor y su obra.

Desde Egipto, en medio de una dictadura, censura y restricciones en las comunicaciones, lo primero que le pregunto es: ¿Existe Matías Godoy? “Mi personalidad es tan ficcional, ni hablar de las historias que se cuentan sobre mí. Así que no hizo falta que me creara heterónimos como Pessoa, sin heterónimos soy ya una figura muy borrosa”.

Por eso prefiere comunicarse a través de sus libros. Hasta la fecha, Godoy ha publicado Las Glorias (Destiempo libros, 2011), El írbol de los álbores (Destiempo libros, 2012), Sueños de Raspachín (Ed. Salvaje, 2019) y Pintura Fresca. En esta última relata –a través de un juego literario que mezcla el género epistolar, los diarios de viajes, la autoficción, la crónica y fotografías– el interés del profesor Alexander Klein de investigar las razones que impulsaron al músico italiano Oreste Sindici, compositor de la música del himno nacional, a emigrar a Colombia. Para ello, lo ayuda un amigo traductor y escritor, quien viaje al noreste de Portugal en busca de pistas documentales sobre el compositor.

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Algo que caracteriza su estilo narrativo es romper con los esquemas tradicionales…

Mi primera novela, Las Glorias, es muy tradicional; pero de ahí en adelante he tratado de experimentar con la narración, con la forma, los formatos, las ilustraciones y los textos. Otra parte importante es experimentar también con las editoriales porque las más grandes suelen tener unas colecciones muy estrictas y el escritor tiene muy poca libertad. En mi caso, he podido trabajar con Animal Extinto y Salvaje, que son editoriales más abiertas y arriesgadas. Lo que está pasando con las editoriales independientes en Colombia es interesante, desde el punto de vista de cómo se está haciendo hoy literatura en el país.

Otro elemento característico de sus obras es el humor…

El humor te permite distancia. La literatura es un oficio muy conservador, me refiero a la manera en que se practica, mucho más que otras artes. Eso me da miedo, es decir creerme ese papel de escritor en vez de escribir lo que realmente quiero, aunque a la gente le parezca raro, le guste o no.

Hablemos de ‘Pintura fresa’. ¿Cuál fue su interés por Oreste Sindici?

Mientras realizaba la investigación se volvió un personaje interesante para mí porque había migrado a Colombia, además mi padre es un argentino también migrante en Colombia, así que siento muy cercana las historias de los artistas que hacen su vida en un país diferente y de alguna forma verme a mí mismo reflejado.

‘Pintura fresca’ es una publicación de Editorial Animal Extinto.

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Claro, al igual que Sindici, usted también es un artista migrante…

Yo no siento que haya emigrado del todo, a pesar que llevo una década fuera. Cuando emigré fue por la necesidad de estar en países extraños donde no hablo el idioma y desconozco las costumbres, digamos que de alguna manera la literatura es una forma de estar y de ser colombiano, sin tener nostalgias, sin sentirme perdido, estoy muy amarrado a un lugar, como un cometa a la cuerda, y ese lugar es mi país.

¿Por qué un personaje tan relevante en la cultura colombiana como Sindice termina en el abandono y la miseria?

Es muy común en la historia de los extranjeros que llegan a Colombia. Se vuelven el juguete favorito de la clase alta porque están de moda, son exóticos, se hacen amigos de los presidentes, de los empresarios y después de veinte años la gente se aburre. También hubo un asunto político, ya que él se asoció al partido conservador, mientras estos estuvieron en el poder Sindici tuvo cierto apoyo. Después llegaron los liberales que nos les gustaba ese himno ni Rafael Núñez.

Otro personaje que aparece en ‘Pintura fresca’ es el escritor portugués Camilo Castelo Branco. ¿Quién fue?

Mi investigación la estaba haciendo en una región muy rara y pobre de Portugal, de donde era Castelo Branco. Cuando este se hizo viejo, se quejó de las novelas que había escrito por ser historias muy románticas, sólo lo hizo por seguir las modas de la época y tener fama; es decir era mejor escritor de lo que se permitió ser. Con esta figura, que si era escritor y no un mediocre, quería contraponer a Oreste Sindici que sí era un artista mediocre, pero hizo la música del himno nacional. En mi caso, no quiero que me pase lo de Castelo Branco.

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Usted también ha incursionado en la literatura infantil. ¿Cómo se siente en ese género?

Es algo que disfruto mucho, especialmente cuando visito los colegios. La lectura de los niños es súper honesta, además se dan más permiso para jugar. Por otra parte, tienen tendencia a creerse cosas muy absurdas, pero a veces hay detalles que no. Por ejemplo, recuerdo que en un colegio un niño me preguntó si hablaba francés, cuando le contesté que no, me dijo que ya no creía en el personaje que vivía con dos moscas suizas. La literatura infantil requiere por parte del escritor un mayor ejercicio creativo, además no puede ser moralizante o tratar de subestimar a los niños; al contrario es un público más riguroso y si un libro le aburre, simplemente lo cierran.

Lleva varios años en Egipto aprendiendo árabe, precisamente para traducir la literatura de ese idioma. ¿Cómo nació la fascinación por esa cultura?

Mi curiosidad llegó con Borges y los cuentos de Las mil y una noches. Después, cuando viví en El Raval, Barcelona, mis vecinos principalmente eran migrantes marroquíes y sirios. Por ende, el árabe era la lengua del día a día. Ahí nació mi intento de comunicarme y estudiar el idioma que es muy largo de aprender. Luego en Inglaterra estudié sobre la historia del Medio Oriente y decidí irme a Egipto para hacer un curso intensivo de árabe. Me gustó tanto que ya llevo aquí cuatro años.

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¿Cómo ha sido la experiencia de vivir allá?

Es un país con una larga historia y una calidad altísima en la música, el cine y las artes, más allá de su premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz. Como colombiano, uno no siente ese peso y esa sombra de la historia que sí lo siente el egipcio. Por otra parte, está el tema de la dictadura. Cuando estuve en Europa tuve la experiencia de vivir en una democracia real o más o menos funcional; en cambio en Colombia la democracia es muy teórica. Ahora en Egipto, que todo está tan mal y es más violento y desigual que Colombia, aprecié la poca democracia que tenemos. Al menos hay elecciones o esa ilusión aunque todavía como sociedad nos queda mucho trabajo.

Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Matías Godoy?

Miro desde una ventana lejana. No es una ventana grande ni en primera fila porque el mundo me apabulla un poco, es demasiado complejo y mientras más idiomas aprendo me doy cuenta de que es más grande e inabarcable. La distancia de esa ventana me da seguridad y por eso estoy en Colombia, pero no vivo en Colombia; soy escritor, pero no participo en los círculos literarios; soy novelista, pero escribo novelas extrañas; me dedico a la literatura, pero estudié historia.

DULCE MARÍA RAMOS*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
En Twitter: @dulcemramosr

* Periodista literaria hispano-venezolana



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