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domingo, octubre 25, 2020

"Seguiré hasta encontrar la última falange de mi hijo": Luz M. Bernal

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Estaba por atardecer cuando Luz Marina Bernal, su esposo y su hijo mayor salieron de Bogotá en un automóvil rumbo a Ocaña, Norte de Santander. Dejaron la ciudad el 23 de septiembre del 2008 con la esperanza y la angustia de encontrar, al fin, las respuestas que no habían encontrado en ocho meses de buscar hasta por debajo de las piedras.

En la mañana, después de 680 kilómetros y doce horas de viaje, estaban frente a dos fiscales en la sede de la Fiscalía de Ocaña.

Luz Marina supo de ese municipio por primera vez en la vida una semana antes, en una oficina del Instituto de Medicina Legal de Bogotá. Una funcionaria se lo mencionó después de leer el nombre de su hijo Fair Leonardo Porras Bernal en una lista que dejó a Luz Marina con el mundo desvanecido, como en un televisor con estática. Su hijo desaparecido en Soacha estaba en una fosa común en Ocaña.

Al entrar al lugar, uno de los fiscales de Ocaña le preguntó que por quién iba. Ella respondió que por Fair Leonardo Porras Bernal. Entonces, los dos funcionarios que atendían la diligencia se echaron a reír. “Ah, ¿o sea que usted es la madre del jefe de la organización narcoterrorista?”. Ella, una madre de Soacha, les respondió de frente y sin titubear que su hijo tenía la mentalidad de un niño de ocho, que no sabía leer ni escribir y que casi no movía su pierna y brazo derechos. Les devolvió la pregunta. “¿Será que alguien así puede ser un líder criminal?”.

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La diligencia forense de ese 24 de septiembre del 2008, que parecía sencilla, empezó a tornarse en un cuadro de horror. “Bueno, al fin y al cabo, ese es el informe del Ejército”, se defendió uno de ellos. Al escucharlo, John Smith, el hijo mayor de Luz Marina, cayó en seco sobre una silla, con la cabeza sujetada entre sus dos manos.

Señalándolo, su madre se dirigió a los fiscales. “Mi hijo prestó su servicio militar 24 meses. Me sentía la madre más orgullosa de que le hubiese servido a la patria, pero hoy estoy muy triste sabiendo que esos héroes de la patria asesinaron a mi otro hijo”.

Fair Leonardo fue el segundo de los cuatro hijos de la familia Porras Bernal. Vivía en la vivienda familiar que tenían en el municipio de Soacha, al sur de Bogotá. Era un joven de ojos azules intensos como los de Luz Marina y por eso, además de su cabello castaño, en el barrio le decían ‘Gringo’. Era zurdo y un niño, mentalmente no creció. Tenía 26 años cuando desapareció el ocho de enero del 2008, al mediodía.

Antes de que John Smith, su hermano, lo viera por última vez doblando la esquina, Fair Leonardo se despidió. “Cuídese, perrito”. Se dedicaba a hacer trabajos de albañilería y mandados en el barrio y esa tarde había dicho que se encontraría con un ‘patroncito’. Desde entonces, no volvió a contestar su celular ni a aparecer por la esquina. Se lo tragó la tierra.

Mi hijo necesita ser recuperado totalmente; yo tengo un cadáver incompleto, no tiene brazos ni piernas. Sé que mi lucha continúa hasta que encuentre su última falange

Lo que pasó después todavía es casi un misterio para Luz Marina, que lleva doce años buscando la verdad pese a amenazas y dilaciones judiciales. Lo que sabe, por su persistencia con el proceso judicial que puso en marcha en el 2009, fue que ese ocho de enero del 2008, Fair Leonardo fue desaparecido por Alexander Carretero, un reclutador que militares de la Brigada 15 del Batallón Santander habían contratado para llevar jóvenes desde Soacha hasta Ocaña con falsas promesas de trabajo.

Que el nueve de enero, a las 10:15 de la noche, Carretero se subió con Fair Leonardo a una flota, en la terminal de Bogotá, y se lo llevó hasta Aguas Claras, en Ocaña. Que el 11 de enero, a las 7:30 de la noche, a su hijo le quitaron sus documentos y lo montaron en una moto blanca hacia una zona rural. Que al llegar a la vereda El Tabaco, en un municipio a 23 kilómetros de Ocaña, Carretero se lo entregó a unos militares en un retén ficticio cuando estos increparon a Fair Leonardo: “¿Documentos?”.

Que dispararon trece veces contra su hijo entre las dos y las tres de la mañana del 12 de enero. Que miembros del Ejército colombiano lo asesinaron y que lo quisieron hacer pasar por un guerrillero dado de baja en combate hasta que ella, su madre, se interpuso en el camino para demostrar que todo era un montaje infame. Que lo de su hijo fue una ejecución extrajudicial.

Luz Marina no sabe ni quiere olvidar. Recuerda al detalle una de las fotografías del levantamiento de su hijo, en la que aparece con una pistola nueve milímetros a treinta centímetros de su mano derecha, botado sobre la tierra de un cultivo de tomates húmedo por las lluvias de la región, y en la que paradójicamente ningún tomate quedó
perforado luego del intenso combate que, supuestamente, tuvo lugar en esa zona.

“Lo que no sabían ellos era que mi hijo no podría haber disparado con la mano derecha porque tenía una discapacidad en el brazo y la pierna derechos, aunque sí sabían que tenía algún tipo de discapacidad. El expediente dice que un militar le preguntó a otro: ‘¿Usted dónde tiene la mercancía?’, y que el otro le respondió: ‘Ah, ¿el bobito? Al bobito lo tengo aquí sentado’”.

Lleva doce años buscando insistentemente la verdad sobre la muerte de su hijo. Esa determinación la ha llevado a estrados judiciales, a Europa y a haber estado nominada al Premio Nobel de Paz.

¿Cómo se dio cuenta de que su hijo había desaparecido?

El 8 de enero, mi esposo y yo salimos muy temprano a sacar unos documentos y volví a la casa en la tarde. Cuando John Smith llegó de trabajar a la una de la mañana del 9 de enero le pregunté por Leonardo, porque pensé que estaba con él. Me dijo que no, que Leonardo había recibido una llamada a las doce del día de un ‘patroncito’ y que le había dicho que almorzaba y salía. John dice que Leonardo y él salieron juntos de la casa a la una y media de la tarde. Cuando mi hijo mayor regresó del primer viaje de su ruta de bus le marcó a Leonardo al celular, pero él ya lo tenía apagado. A partir de ese momento, no se supo nada de él.

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¿Cuánto tiempo lo buscó?

Empezamos a recorrer el barrio por todo lado al otro día y no fue posible que alguien me diera razón de él. Entonces, a las 72 horas de estar desaparecido fui a la Fiscalía de Soacha. Me atendió una fiscal mala gente. Me dijo: “Déjelo que eso debe estar en Girardot con la novia. Yo no sé ustedes las madres por qué no dejan que sus hijos se defiendan por sí solos. Venga después”. Yo no comía ni dormía porque pensaba: yo comiendo y de pronto mi hijo aguantando hambre. Yo durmiendo en una cama limpia y mi hijo en qué condiciones estará durmiendo. Era una zozobra diaria.

¿Cuándo se enteró de que a su hijo lo habían asesinado?

Yo iba todos los lunes a Medicina Legal y miraba las fotos de las personas que ingresaban, pero salía en la tarde satisfecha porque no veía el rostro de mi hijo. Hasta que el 16 de septiembre del 2008, la doctora Diana Ramírez llamó a la casa y preguntó por mí. Cuando mi hija Dolly me dijo que era de parte de Medicina Legal, yo sentí un frío terrible que me recorrió el cuerpo y que se me concentró en el vientre. Mi hija se quedó mirándome y le dije: ‘Se acabó la búsqueda’.

Cuando mi hija Dolly me dijo que era de parte de Medicina Legal, yo sentí un frío terrible que me recorrió el cuerpo. Mi hija se quedó mirándome y le dije: ‘Se acabó la búsqueda’

¿Es cierto que usted fue hasta la finca donde asesinaron a su hijo, en Ocaña?

Sí. Fui el año pasado.

¿Qué quería encontrar?

Mi hijo me lo mostró en un sueño. Yo siempre le he dicho que quiero saber qué fue lo que realmente pasó y que solo él puede decirme, que yo tengo el derecho a saber la verdad. En el sueño empecé a sentir aire en mi cara, no era ni un bus, ni un carro, entonces intuí que íbamos en una moto. Me mostró todo el recorrido que le hicieron.

¿Y qué fue lo que encontró cuando estuvo allá?

Pude confirmar lo que él me mostró. Para mí, fue un viaje muy fuerte, pero lo necesitaba. La señora de la finca dice que el espíritu de él está ahí porque lo ve. Mi hijo necesita ser recuperado totalmente; yo tengo un cadáver incompleto, no tiene brazos ni piernas. Sé que mi lucha continúa hasta que encuentre su última falange.

Usted es de Turmequé, Boyacá. ¿Cómo era su vida antes, en su tierra?

Soy una mujer descendiente de campesinos. Mi abuelo era comerciante, traía a Bogotá lo que cultivaba en la finca para venderlo. Un día, se paró en una cáscara de plátano, se resbaló y se desnucó con uno de los andenes de la Plaza de Bolívar. Mi abuela quedó viuda y se fue a trabajar a un trapiche en Girardot, y cuando fue a meter una caña en el trapiche se le enredó la falda y el trapiche la molió. Después mi madre se casó y tiempo después mi padre la abandonó. Recuerdo que ella cultivaba en la finca, tenía obreros; sembraba maíz, papa, arveja, fríjol y era una finca muy productiva. Cuando niños nos gustaba mucho ir porque había una cañada; nos gustaba llevar costales y cartones y desde la lomita tirarnos hasta la cañada.

¿Cuándo conoció a Carlos Faustino Porras, su exesposo?

Cuando estaba haciendo tercero de primaria él me propuso matrimonio. Yo estaba muy niña, tenía trece años. Cuando le dije que no me casaba, me dijo que volvería dentro de ocho años. Y volvió. Yo ya tenía 21 años. En esa época mi madre insistía mucho, soñaba que su hija saliera casada de una iglesia. Me casé el 18 de febrero de 1980.

Luz Marina Bernal - BOCAS

El asesinato de su hijo Fair Leonardo Porras Bernal se convirtió en un caso emblemático de las ejecuciones extrajudiciales en Colombia, en especial del período llamado ‘falsos positivos’.

Pensaron que por ser un municipio receptor de familias desplazadas podían llevarse unos cuantos jóvenes y que no íbamos a tener el valor para buscarlos y señalarlos a ellos directamente como hicimos

¿Cómo llegó a vivir a Soacha?

Yo vivía en Bogotá y un día una amiga de una vecina llegó a la casa y dijo que en el Campín iban a repartir formularios para vivienda en Soacha. Yo no estaba interesada, pero ella me pidió que la acompañara. Nos fuimos como a las dos de la tarde y nos quedamos toda la tarde y la noche con un frío terrible. A las seis de la mañana empezaron a repartir los formularios y me dieron dos, yo los dejé en mi casa dentro de un libro de peinados. Dos meses después, limpiando el polvo, me dio por mirar el libro y los encontré. Los llené y me fui a dejarlos en la constructora. Luego me llamaron a decirme que había salido favorecida con un apartamento. Le conté a mi esposo y me preguntó que dónde quedaba el apartamento, cuando le dije que en Soacha dijo: “¿y quién se va a ir para ese moridero?”

¿Cómo era la vida allá?

Vine a vivir a Soacha el tres de octubre de 1987. Esto no estaba pavimentado, entregaron todo en obra negra. Ya después, como todos los vecinos teníamos hijos, llegamos a un acuerdo de que tendríamos que pavimentar entre todos el frente de las casas para que los niños pudieran jugar y no se embarraran.

Ha contado en entrevistas que Fair Leonardo nació prematuro porque a usted la atropelló un carro. ¿Qué pasó?

Cuando yo cumplí cinco meses de embarazo, el 22 de noviembre de 1981, salí de la casa a una cita prenatal y un carro me atropelló y desprendió el cerebro de mi bebé. Me llevaron de urgencias para el Hospital La Victoria y allá los médicos me dijeron que el feto se había muerto. Me dijeron que me fuera para la casa y que mi organismo lo expulsaría. Y resulta que me dieron las contracciones común y corriente el 22 de diciembre, al mes. Fui al hospital y nació vivo. A los tres meses le diagnosticaron una meningitis que lo dejó siete meses en estado vegetal. Un doctor me dijo que le podía colocar una válvula cerebral, pero que la cirugía valía 250.000 pesos. Como no tenía ese dinero, le dije: “Bueno, déjenme a mi hijo así; el único que tiene que decidir si mi hijo va a ser para este mundo o no es Dios”.

Fue entonces cuando llevó a su hijo a Villavicencio y consultó con una parapsicóloga, ella le dijo que su hijo tenía una misión importante que cumplir. ¿Cuál cree que fue esa misión?

Ahora que lo pienso con cabeza fría, creo que su misión era detener las muertes de otras personas en este país, descubrir toda una política sistemática que había en Colombia y a quiénes eran los responsables.

¿Cómo era la relación de su hijo con la gente del barrio?

Él era una persona muy sociable. A los señores que lo llamaban para que les ayudara les decía ‘patroncitos’ y a las señoras que le pedían el favor de comprarles el mercado les decía ‘patroncitas’. Fue excelente hijo, muy, muy detallista, todos los días me regalaba una rosa roja con una chocolatina de cien pesos. Son detalles que en estos doce años me han hecho mucha falta.

¿Oír al expresidente Álvaro Uribe decir que los jóvenes de Soacha “no estarían recogiendo café”, determinó que usted decidiera buscar con más ganas la verdad?

Esas palabras me indignaron. Yo dije, pues a partir de este momento, voy a denunciar y voy a demostrar quién era realmente mi hijo.

¿Le dolió que lo llamaran un ‘falso positivo’?

Claro, para mí fue terrible. En el periódico salió cuando a Juan Manuel Santos le preguntaron: “Señor ministro de Defensa, ¿qué tiene que decir del caso Soacha?” Y dijo: “Espero que sean positivos y no falsos positivos”. Fue entonces cuando ampliamente la situación, señalando directa y ampliamente la responsabilidad de la Brigada Móvil 15.

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Luz Marina Bernal - Madre de Soacha

La pérdida violenta de su hijo la convirtió en una activista. Ahora, dice, es la ‘madre de Colombia’.

¿Sintió algún tipo de reparación cuando, en el 2013, el asesinato de su hijo fue declarado crimen de lesa humanidad?

No como una reparación, sino como un logro. La satisfacción mía era que los abogados representantes de todos los hechos similares ocurridos en el país podían utilizar el proceso de mi hijo como presión para que no hubiera duda de que no eran los “casitos aislados de manzanas podridas”, sino que eran crímenes de lesa humanidad cometidos por las fuerzas estatales de Colombia.

¿Cree que el Ejército y el Estado la subestimaron?

Creo que sí. Cuando esta política sistemática, que pasó a lo largo y ancho del país, llegó a Soacha, pensaron que por ser un municipio receptor de familias desplazadas podían llevarse unos cuantos jóvenes hijos de familias pobres y que no íbamos a tener el valor para buscarlos y, sobre todo, para señalarlos a ellos directamente como lo hicimos.

Siempre ha sido una férrea opositora de Uribe. ¿Cuál es el origen de su pelea con él?

Álvaro Uribe Vélez es el máximo responsable como presidente de la República de los hechos ocurridos, porque él creó la ministerial 029 el 17 de noviembre del 2005, donde se invita a los militares a presentar sus grandes resultados en combate, donde hay remuneraciones económicas, ascensos, medallas, cartas de felicitaciones, cursos en el exterior. Cuando tomó la presidencia juró proteger la vida del ciudadano colombiano y acabar con la pobreza; lo que no nos dijo era de qué forma iba a acabar con la pobreza. Parece que ser pobre en Colombia fuera un pecado.

Ha dicho en entrevistas que en el 2010, Uribe se reunió con las Madres de Soacha en la Casa de Nariño y que le ofreció 18 millones de pesos a cada una como indemnización. Usted se negó a recibirla, ¿por qué?

Como se lo dije a Uribe personalmente en la Corte Suprema de Justicia: ‘Señor, primero soy mujer, segundo soy madre, tercero yo no parí un hijo ni para una guerra, ni para venderle a nadie. Y ni todo el oro ni toda la plata del mundo me trae a mi hijo a la vida, pero déjeme decirle que la dignidad y el honor de un hijo una madre no lo puede vender. Pero si usted quiere negociar conmigo, usted me da a mí esa plata porque el mío era un hijo discapacitado y porque yo vivo en un estrato bajo, entonces véndame cualquiera de sus dos hijitos por 40 millones de pesos, yo veré si lo desaparezco, lo torturo, lo asesino y lo mando meter en una fosa común igual que usted mandó meter al mío’. Sé que es una respuesta fuerte, pero era el dolor que yo sentía en ese momento; además, porque a él nunca le ha importado realmente lo que pasó con nuestros hijos.

Álvaro Uribe Vélez es el máximo responsable como presidente de los hechos ocurridos, porque él creó la ministerial 029, donde se invita a los militares a presentar sus grandes resultados en combate

¿Por qué se distanció del colectivo de las Madres de Soacha?

Lo que hizo Uribe con las indemnizaciones fue dividir a las Madres de Soacha, por esa razón es que yo llevo siete años sin pertenecer al colectivo. Realmente, yo dije que era muy triste ver cómo él utilizó la necesidad que las madres tienen para comprarles a sus hijos como si fueran ganado. Y creo que las cosas no son así.

¿Se considera una líder social?

No, porque siento que me falta mucho. Las personas que me conocen y creen definitivamente en mi trabajo son las que dicen que soy una lideresa social; lo han dicho tantas veces que de pronto algún día llegue a creérmelo [risas]

¿Es verdad que el embajador de Francia le dice ‘la peleona’?

[Risas] Sí. Una vez él vino a Soacha con el embajador de Alemania, entonces, el personero de Soacha estaba entregando el informe para las dos embajadas y decía que tenía un proyecto con las Madres de Soacha, que hacía muchas cosas. Después de que habló yo alcé la mano, me dirigí al personero de Soacha y le dije: “Discúlpeme, ¿quién es usted? Mi nombre es Luz Marina Bernal, soy una de las Madres de Soacha, es la primera vez que lo veo y no me acuerdo que haya hecho trabajos con usted, es más, me extraña que hoy no tenga su letrero en la puerta donde dice: ‘Se prohíbe recibir denuncias de derechos humanos’. ¿Por qué no lo dejó ahí para que los señores embajadores lo vieran?”. A partir de entonces, el embajador me puso ‘la peleona’ y dice que no hace una intervención si ‘la peleona’ no está.

¿Cómo se enteró de que estaba nominada al Nobel de Paz?

Un día, José Antequera nos llamó a reunión a Jineth Bedoya, Leyner Palacios, Constanza Turbay y a mi persona, ahí nos dijeron que habíamos sido nominados al Premio Nobel de Paz. Me negué desde un comienzo a ser partícipe del premio porque decía que no podíamos estar Juan Manuel Santos y yo en el mismo sitio, siendo él el ministro de Defensa responsable por los crímenes de Estado. Si Juan Manuel Santos hubiese tenido dignidad, debió rechazar ese reconocimiento. El huía si en un evento quedaba muy cerca de las Madres de Soacha. Una vez estuvimos en el salón rojo del Hotel Tequendama, nosotras estábamos en un atril y a él también le tocaba ahí, pero como veía que quedaba muy cerca, se fue para el otro. Creo que el pecado acobarda y siempre nos ha huido.

¿Cómo fue que usted se volvió tuitera?

Bueno, porque en el 2018 estuve lanzada al Senado. He sido una mujer muy crítica con lo que pasa, hay veces doy duro, pero pienso que es de la única manera en la que uno puede expresar lo que siente. Hay mucha gente que me sigue, como unas 40.000 personas.

En Colombia, van más de 50 masacres este año, la mayoría de las víctimas son jóvenes como su hijo. ¿Qué la mantiene luchando a pesar de que la violencia en el país se repite una y otra vez?

Me considero la mamá de un país, que tiene que aportar a que Colombia realmente cambie. Me duele a diario el atropello del Esmad, de la Policía, del Ejército, golpeando y quitándoles los sueños a los jóvenes. No están respetando la vida de las nuevas generaciones. Creo que aquellos miembros del Estado colombiano, como no han sido golpeados por sus familias, no entienden el dolor, pero mi pregunta es: ¿cómo actuarían si les violentaran a sus familiares, a sus hijos, hermanos, sobrinos? ¿Se quedarían quietos y no lucharían? Yo no tengo estudio, pero sé de Derechos Humanos. Aquellos que son profesionales, con carreras avanzadas y doctorado son los que están acabando con este país.

¿En algún momento le ha pesado tener tan buena memoria?

No. Más bien le doy gracias a Dios por permitirme tener una mente lúcida. Sería muy triste no recordar el paso a paso de estos doce años. La gente me dice: “Luz Marina, si entraras a internet y vieras lo que has hecho en doce años; ni las personas que llevan cuarenta años con sus familiares desaparecidos lo han hecho”.

Si pudiera volver al día en que desapareció su hijo, ¿qué le diría?

Yo hablo con Leonardo todos los días. Le digo: “Bueno, mi amor, vámonos a trabajar”, y yo siento que él va conmigo a todos lados. Cuando voy al cementerio le digo: “Mi amor, yo te amo tanto, que hago cuenta que estás en un país en el que todavía no nos podemos hablar, pero en el que algún día nos encontraremos”. Entonces, si tuviera que retroceder a ese pasado, solo le diría que lo extraño mucho, pero que sé que está presente.

Gracias por leer.
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POR: KAREN PARRADO BELTRÁN
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 99. SEPTIEMBRE – OCTUBRE 2020

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