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jueves, octubre 22, 2020

‘Si no abandonamos las metáforas de la guerra, no vamos a dialogar’

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En Colombia, la discusión política y pública se caracteriza por las posiciones vehementes y, no pocas veces, extremas. Y el mayor ejemplo es el acuerdo de paz con las Farc, que, paradójicamente, llevó al país a uno de los mayores climas de polarización política que se hayan visto en los últimos tiempos y aún sigue generando acaloradas discusiones no solo en el ámbito político, sino también dentro de muchas familias. Y este es solo un ejemplo, porque pasa lo mismo con personajes públicos, temas sociales, urbanos, ambientales y hasta con los fallos de las Cortes.

(Lea también: Las alertas de la Procuraduría por fallas para cumplir acuerdo de paz).

Pero ¿qué hay detrás de todo esto? ¿Somos una cultura intolerante? ¿Tantos años de violencia nos han vuelto así o la violencia es precisamente la consecuencia de esta incapacidad de escuchar al otro y discutir las diferencias con cierto grado de civilidad?

Buscando respuestas a estas preguntas, EL TIEMPO conversó con el profesor Juan Gabriel Gómez Albarello, doctor en Ciencia Política de la Universidad de Washington en St. Louis, profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) de la Universidad Nacional, y quien lleva más de 25 años estudiando temas relacionados con la democracia y la discusión política.

(Le recomendamos: Los peligros de la polarización y la demagogia en Colombia).

Para Gómez, en la explicación de todo esto intervienen múltiples factores, que van desde “la disposición que tenemos los colombianos a imponer nuestro interés particular por encima del interés público”, hasta una muy débil o inexistente educación emocional. Y para el catedrático está claro que comenzar a superar este asunto es clave para la democracia, la paz y el desarrollo de un mejor país.

¿Cómo analiza que se está dando el diálogo político en Colombia?

Mi primera preocupación es la incivilidad, porque la aspereza con la cual se da la discusión hace muy difícil que la gente la continúe. La incivilidad se refiere a la disposición a invalidar y a atacar a los oponentes, a excluirlos de los debates y discusiones, así como a considerar justificado mentirles o manipularlos con información falsa y con falacias argumentativas. En la incivilidad está justificado ponerles etiquetas y apodos a los oponentes políticos, está justificado insultarlos.

Así como pasa con la polarización…

Esa es mi segunda preocupación. La polarización tiene que ver con el hecho de que las diferencias políticas (izquierda-derecha) tienden a agruparse. Cuando hay polarización tú empiezas a hablar de un tema, y cuando se agotan tus argumentos, te saltas a otro tema en el que hay un desacuerdo y se cree que se puede atacar mejor al oponente. No hay conversación, es simplemente una reiteración de mensajes que ya han sido fabricados: una respuesta casi que automática porque replicamos y repetimos discursos, afirmaciones y argumentos que han sido previamente definidos. Y no nos interesa escuchar nada.

(Puede leer: ‘Debatir solo sobre ciertas ideas nos garantiza la ignorancia’: Pinker).

¿Y eso por qué es preocupante?

Porque no volvemos a sentarnos a discutir. Es muy importante generar espacios en los cuales las personas de distintos sectores (y distintas opiniones) se reúnan a discutir de una forma muy discreta, de lo contrario vamos hacia una gran parálisis política en la que tendremos una gran dificultad para tramitar nuestros conflictos. Eso es a lo que estaríamos abocados si la incivilidad y la polarización continúan.

¿Cuáles son los factores que para usted producen estas conductas?

Primero: la calidad de nuestra educación es muy mala. Las pruebas Pisa muestran que nuestro desempeño es muy deficiente y que tenemos graves problemas en la educación. Necesitamos un sistema educativo mejor, que enseñe a la gente a razonar bien, que nos enseñe a reconocer nuestras emociones y a expresarnos de una forma no violenta, no destructiva. La educación emocional debería ser una de las metas de nuestro sistema educativo.

¿Hay otros factores?

La desigualdad contribuye a generar profundas divisiones en la sociedad, y esas divisiones dan lugar o permiten el surgimiento de líderes populistas como Petro o Gaitán. Cuando hay una gran división social se crea esta retórica del ‘nosotros y ellos’, con la consecuencia de una fuerte polarización.

(Le puede interesar: La sucia táctica de enlodar a las víctimas para justificar crímenes).

Es muy importante generar espacios en los cuales las personas de distintos sectores se reúnan a discutir de una forma muy discreta, de lo contrario vamos hacia una gran parálisis política

Colombia es un país que ha estado marcado por la violencia, ¿usted considera que el conflicto armado y nuestra historia violenta tienen alguna incidencia?

El conflicto armado hace que nuestro lenguaje moral se disloque, se trastorne. Esto lo notó el antiguo historiador griego Tucídides en la guerra civil de Córcira, él decía: “Lo que en el pasado se consideraba ominoso, funesto, resultó digno de aprobación y viceversa. Por ejemplo, a la agresión irreflexiva empezó a llamársela coraje; a la previsión y la cautela, cobardía; a la ecuanimidad, falta de resolución; al entusiasmo fanático, hombría”. Eso que ocurrió en Córcira es lo mismo que ocurrió en muchísimas guerras y conflictos armados.

¿Se puede decir que nuestra cultura se caracteriza por el individualismo?

Yo no lo llamaría individualismo, sino más bien ‘particularismo’, que es la disposición que tenemos los colombianos para imponer nuestro interés particular por encima del interés público. También está la legitimación de la contracultura, por lo que hacer ciertas infracciones, como colarse en TransMilenio, se considera cool, bajo el argumento de que es un sistema injusto. Esto también se relaciona con el conflicto armado. La violencia política del conflicto armado, con toda la violencia hacia los líderes sociales, lo que hace es destruir la capacidad para la acción colectiva, y si se destruye esta capacidad, lo único que queda es la acción individual.

Hace poco, el abogado y profesor chileno Axel Kaiser publicó un libro en el que cuestionaba la ‘emocracia’, es decir, el debate político basado en las emociones…

El llamado que hace Kaiser es muy valioso, pero el problema no son las emociones como tal. El gran descubrimiento de la neurociencia en el siglo XXI es darse cuenta de que la razón es emocional. El tema no es solo de evidencia, de lógica, sino también de la base emocional que tenemos: nuestra base emocional es el resentimiento y el odio; tenemos la idea de que hay un ‘nosotros’ y un ‘ellos’.

(Puede leer: La neoinquisión que desató lo políticamente correcto).

Kaiser hace un llamado al debate basado en argumentos, en hechos…

Pero se necesita más. Primero, hay que bajarse del discurso ‘nosotros’ y ‘ellos’; si no abandonamos la mentalidad amigo-enemigo, si no abandonamos las metáforas de la guerra, no vamos a poder dialogar. Todos tenemos oponentes, personas con las cuales no estamos de acuerdo, pero eso no las hace enemigas. Lo segundo, es que hay que tener humildad: todos tenemos nuestros argumentos, nuestras razones y evidencias, pero todas estas creencias las enunciamos desde una perspectiva, lo que quiere decir que nuestro conocimiento es incompleto. Si entramos a dialogar con la idea de tener la razón, y de que la otra persona es inculta o tiene una ideología que no le deja ver la realidad, pues ahí no va a prosperar el diálogo. Tenemos que entrar a discutir con una disposición de mucha humildad. Esa actitud es decisiva para que el diálogo pueda prosperar.

El Centro Nacional de Consultoría hizo una encuesta en 2017 que encontró que el 61 % de la población colombiana tiene un perfil autoritario. El riesgo de un populismo es alto

Para usted, ¿cuál es el papel que tienen los líderes políticos en el debate público?

El ejemplo que nos están dando los políticos es muy malo. Los políticos deberían ser mucho más responsables en la forma en la cual participan en las discusiones públicas porque ellos son un referente para muchos ciudadanos, y si el ejemplo que dan es de un comportamiento incivil pues ese ejemplo se va a difundir, y ahí es donde entra el autoritarismo…

¿Autoritarismo?

La persona autoritaria es la que tiene una tendencia a la uniformidad, no acepta el disenso. El Centro Nacional de Consultoría hizo una encuesta en el 2017 que encontró que el 61 % de la población colombiana tiene un perfil autoritario. Entonces, el riesgo a un populismo de izquierda o de derecha es cada vez más alto.

¿Cómo podemos evitar ese escenario?

Necesitamos construir autoridades que respeten a las personas, que las reconozcan y den buenos ejemplos. Las personas que tienen posiciones de autoridad están llamadas a ser grandes pedagogos, grandes maestros, por eso es tan importante su ejemplo de motivar al ciudadano a respetar y a cumplir la ley, por eso es tan grave el desacato a las decisiones judiciales, sin importar cuáles sean. Debemos concebir otra forma de construir la autoridad que dé buenos ejemplos, que reconozca a la gente, antes de crear una regla se debe escuchar qué piensa la gente.

(Puede leer: ‘Los políticos colombianos han forjado un espíritu mafioso’: Valencia).

Lo que necesitamos acá es un poco más de respeto, y con esto conseguiremos un sentido de acatamiento y respeto a las reglas y a superar este ‘particularismo’ que nos hace tanto daño. Ese repertorio cultural lo tenemos que cambiar. Necesitamos un cambio político, una nueva forma de concebir la construcción de la autoridad y su relación con el ciudadano.

¿Y cuál es el papel de los líderes de opinión y los medios de comunicación?

La degradación del discurso público, la incivilidad que tenemos, es una especie de epidemia, es algo contagioso. Si de parte de las diferentes instituciones, como los medios de comunicación, no hacemos un esfuerzo por moderar la discusión, esto va muy mal. Hay que decirle a la gente: ‘Oiga, exprese sus puntos de vista de una manera más civil’. Y ahí los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad.

(Además: ‘Es un tiempo muy peligroso para las democracias’: Francis Fukuyama).

Si la incivilidad y la polarización continúan en Colombia, ¿cuáles pueden ser las consecuencias?

El paso previo a la violencia es la destrucción simbólica del otro. Si los colombianos continuamos por esta senda de la destrucción simbólica del otro, a donde vamos a ir es hacia más violencia. Eso ya ocurrió a finales de la llamada República Liberal en la que los conservadores empezaron a avivar los ataques y los liberales respondieron de la misma manera. Ellos se destruyeron simbólicamente, antes del periodo de la Violencia, con discursos incendiarios que eran publicados en los periódicos. La polarización hace más difícil la toma de decisiones y eso hace que este país se vuelva inviable. Para que Colombia sea un país viable, necesitamos un mínimo acuerdo, y el primer acuerdo que necesitamos es: civilidad en la conversación.

SERGIO A. DAZA
Redacción DOMINGO
EL TIEMPO
En Twitter: @sergiodazacev



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